domingo, 2 de enero de 2011

LA ESTACION PERDIDA de Mar Perdices

FINALISTAS del Certamen Literario

Aquel día había quedado con Mario. Nunca he sido puntual pero, por una vez en mi vida, aquella tarde salí de casa con tiempo de sobra. Según mis cálculos me sobraría más de media hora, pero era principio de verano y pensé que bajándome dos paradas antes del metro podría caminar un poco. Al llegar a mi estación, me bajé casi vomitada por un tren demasiado lleno. Miré mi reloj, eran las nueve y media, perfecto para pasear hasta el punto de encuentro; así que, entre las cuatro opciones de salida, elegí una al azar ya que dominaba perfectamente la zona. Tal vez debí ponerme en alerta al observar que, entre la masa humana que había salido conmigo del vagón, era la única en hacerlo por allí, pero aún así me dirigí a las escaleras mecánicas sin darle mayor importancia. Al salir, lo primero que me sorprendió fue la rapidez con la que había oscurecido para ser el mes de junio. Miré al cielo pensando que tal vez no fueran más que nubes anunciando una tormenta, pero mi sorpresa fue en aumento al descubrir un cielo plagado de estrellas en pleno corazón de La Castellana. Estaba tan absorta mirando el cielo, que apenas me di cuenta hasta pasadas dos manzanas que iba caminando sola. Nadie me rodeaba, no se veían coches… de hecho, aquella calle no era La Castellana. Me paré un momento para poder pensar mejor y miré a mí alrededor. Todos los edificios eran iguales: grises, uniformes, oscuros, ni siquiera una ventana iluminada en ellos. Sentí frío a pesar de los más de veinticinco grados que había al salir de mi casa y observé ahora que en la calle tampoco había mucha iluminación. Empecé a inquietarme y volví a iniciar la marcha. “Sin duda alguna – pensé – me equivoqué de parada de metro, o tal vez de línea”. No me preocupé demasiado, pero apreté el paso deseando encontrar algo que me resultara conocido. Como estaba realmente intrigada con aquella extraña calle, saqué una libreta y un boli de mi bolso y comencé a apuntar las manzanas recorridas desde el metro para consultar un callejero al llegar a casa. Anduve bastante rato sin conseguir ubicarme en aquella especie de vacío que me rodeaba. Consulté mi reloj, pero comprobé con asombro que, a pesar de que el segundero se movía, las agujas seguían marcando las nueve y media. A pesar de mi perplejidad, me auto convencí de que la pila estaba fallando. “Tal vez debería llamar a Mario y contarle lo que me ocurre…” - pensé. Saqué el móvil del bolso mirando a mí alrededor, para poder darle alguna referencia concreta, pero ni siquiera llegué a marcar ya que nada de lo que veía me parecía lejanamente familiar. De todas formas al mirar la pequeña pantalla del teléfono me di cuenta de que hubiera sido inútil ya que ni siquiera tenía cobertura. Empecé a angustiarme de verdad. No había árboles, ni tiendas, ni siquiera semáforos. Aquella anchísima y maldita avenida sólo tenía edificios cuadrados, impersonales, fríos… No había a mí alrededor ni la más mínima señal de humanidad, ni rótulos luminosos, ni nombres de calles, ni números en los portales. Nada. Sólo bloques de hormigón y cristal sin señales de vida. No podía más, sentí un terrible dolor de cabeza. Me senté en el suelo agotada y, al no oír ni mi propio sonido en el asfalto, me di cuenta de que lo que tenía no era un dolor de cabeza, era el peso del silencio más absoluto. Tenía que hacer algo para salir de allí, pero ¿Qué? Miré la libreta con las veinte marcas que había ido haciendo a lo largo de mi peculiar paseo. No era tanta la distancia, así que decidí volver sobre mis pasos. Algo más tranquila, empecé la vuelta, caminando bastante rápido al principio, casi corriendo a continuación y al final en una alocada carrera. Por fin, tras un camino que a mí se me hizo eterno, encontré un hueco que se internaba en el suelo anunciando las escaleras de acceso al metro. Por curiosidad, me paré un instante y miré hacia arriba, pero por más que miré a mí alrededor, no conseguí ver ningún cartel con el nombre de la estación. Aún así no dudé en bajar de tres en tres los escalones y tomar el primer tren que llegara. Llegué al andén justo a tiempo de montarme en un bullicioso vagón donde nadie parecía especialmente preocupado por nada. No sé bien muy bien las paradas que pasaron hasta que empecé a recuperar mi normalidad y, casi como una autómata, me bajé en Nuevos Ministerios. Por pura rutina, miré mi reloj… eran las nueve y media.

Al cabo de un rato charlaba con Mario en un bar. “Mira, en Madrid ya no existen calles sin coches, es más mira tu reloj, funciona perfectamente, son las diez, si incluso has llegado puntual. Sin duda alguna debiste quedarte dormida en el trayecto del metro” - comentaba escéptico. No le contesté de inmediato. Miré mi reloj y comprobé que efectivamente iba en hora. Le sonreí, y sacando del bolso mi libreta nerviosamente garabateada, le contesté: “Ya sé que todo esto sobrepasa con creces los márgenes razonables de cualquier mente, pero nunca, jamás, he escrito dormida… Aunque quizás en una cosa si que tengas razón, es muy posible que acabe de escapar de una pesadilla.”

martes, 28 de diciembre de 2010

Yo, Hijo de P...

No ha entrado dentro del concurso literario, es decir, fuera de...pero es un cuento que merece la pena, actual para algunos, para otros exajerado, otros dirían que mentira, y otros: ¡que hijo de p...!
Primavera, viernes, seis de la tarde: Hoy entreno haciendo cuestas. La tarea consiste en subir corriendo desde la zona que llaman recinto ferial hasta la torre del agua, en el Parque Central.
Llevo siete u ocho carreritas rampa arriba y me quedan otras tantas. Hay mucha concurrencia de adolescentes que pululan por los alrededores. Sudo como nunca, resoplo como nunca y de repente, en mitad de la subida, una voz aniñada me suelta lo que no pensé oír jamás: “¡Qué culitoo!”. Otra voz de chiquilla la reprende. Llego al pie de la torre del agua y cambio de rumbo. Mejor termino los deberes otro día.
Camino de casa me voy diciendo que la chica ha debido ingerir alguna sustancia que altera las percepciones y el comportamiento.

Verano, sábado, cuatro de la mañana: Voy corriendo por la mediana de la Avenida del Parque y al llegar a la plaza de Fuencaliente la cruzo por el camino mas corto.
En los medios, dos quinceañeros se entretienen pateando los pequeños cantos rodados que rellenan el círculo central, esparciéndolos por la calzada. A mi paso, oigo decir: "A ver si hay suerte y se mata alguno." 
De las entrañas me sale: "Eso, y si se tiene que matar alguien, mejor que sea tu padre."  Y sigo mi camino sin prestar atención a los comentarios que me dedican.
Llegando a la Plaza del Arco Iris los siento detrás de mi oreja. Me han seguido y alcanzado. Como un resorte me agacho y en una fracción de segundo estoy de pie frente a ellos y con una piedra  de dimensiones considerables en mi mano derecha. Son jovencitos pero el más alto me saca la cabeza, lo que no tiene ningún mérito. El guijarro en mi mano parece retenerles. El mas alto inicia una maniobra envolvente pero el otro se mantiene a distancia. Como me agarre el brazo de la piedra  -pienso- me revientan a coces.
Tras unos segundos cruzando comentarios del tipo de “tu te has metido con mi padre,” se me ocurre mandarles a dormir y afortunadamente me contestan mandándome a correr. Poco a poco nos separamos y reemprendo la carrera sin perderlos de vista. Según nos vamos separando voy prestando atención a las expresiones que me dedican: la mas suave es ¡Viejo! y la mas repetida ¡Hijo de P...!
Esta noche la piedra se viene conmigo los nueve kms que me faltan y aunque al pasar por la Plaza del Padre Llanos, otros jóvenes me animan elogiando que haga deporte a esas horas, sólo tengo agallas para soltarla cuando me veo sano y salvo en casita.   

Otoño, domingo, nueve de la mañana: Desciendo la cuesta del "Qué culito."  En la zona del ferial quedan unos cuantos rezagados.  Dos altavoces colocados sobre el techo de un coche arrojan música a todo trapo. Al pasar por el camino asfaltado entre el lago y el ferial, unos gritos, mas bien alaridos, me sacan de mis pensamientos: "Dominguero, Hijo de P..." Allí solo estamos ellos y yo, así que me doy por aludido. Me voy hacia la verja como el rayo y les grito que no son nadie, allí, en medio de la nada. No pueden oírme y bajan la música por si les doy mas pistas, o mas pie, o no sé muy bien qué. Reemprendo mi carrera cansina. Menos mal que les he puesto en su sitio - me digo- suerte han tenido de que estaba la verja y les ha salvado de una buena. Cincuenta metros mas adelante, me va pareciendo que mas bien la verja ha jugado a mi favor.    

Invierno, vacaciones de fin de año, ocho de la noche: Hace años que se cepillaron la mayor parte de las farolas pero la iluminación del campo de fútbol que hay detrás de la piscina cubierta, y la luna llena dejan en penumbra gran parte del Parque Central, lo que aprovecho para adentrarme en él. Otra vez la zona del "Qué culito". Jóvenes encapuchados, al menos tres, agitan botes de spray. A mi paso uno se aproxima y lanza: "Perdonee ¿Tiene cincuenta céntimos?"  Le suelto un escueto "No" y continúo bajando la cuesta. A los pocos metros siento caer una piedra a mi lado. Antes de medio segundo, estoy encarado a los cachorros blandiendo un canto en la mano. No ha transcurrido otro medio segundo y ya comprendo que mi situación no es precisamente ventajosa: Ellos arriba y yo abajo, son por lo menos tres y jóvenes y yo, además de venir cansado, soy un tarra. En fin que intento salir del trance con un "¿Pasa algo?"  No se amilanan y empiezan a soltar por la boca sus lindezas. Acierto a decir algo sobre llamar a la policía y reemprendo el camino mientras las piedras caen a mi alrededor. Una voz en falsete acompaña mi retirada: "Hijo de P..., Hijo de P..., Hijo de P..."  

Ahora, no encuentro mis libros de utopías en casa, (han debido arrojarlos al fuego) soy normal y, cabalmente, no entro al parque de noche.
Cuando paso cerca de un grupo de adolescentes y oigo decir "¡Hijo de P...!", instintivamente pienso que va por mí pero rápidamente caigo en que no, que es una exclamación de uso corriente entre nuestros vástagos, como en mis tiempos que decíamos ¡Macho!
velocidad cuando todos sabemos que en realidad son el tocino, que se autodenominan servidores del pueblo cuando lo que hacen es servirse de él. Digo que a veces me da por pensar que estos hijos del pueblo que no ven ninguna teta de la que chupar en el Parque Central, jamás van a arreglar el alumbrado ni a poner vigilancia ¿Para qué? -dirán- si nadie disfruta del Parque por la noche.
Nuestros jóvenes serán brillantes en sus estudios, respetuosos, tendrán sus cosas ordenadas... Pero algunos: el mío, el tuyo o el de la concejal, en algunas circunstancias que no alcanzo a explicar, se transforman en auténticos macarras.
Pasará alguna desgracia, pasarán desgracias y, como persona cabal que ya soy, prefiero que si le tiene que pasar a alguien, mejor que sea a uno de esos adolescentes, aunque esté en la flor de la vida, aunque le espere un futuro prometedor, aunque sea un auténtico Hijo del tocino.

Pako Galán

EN CCOO CEPSA no tenemos ABUELA...¿por?

Hemos salido en MADRID SINDICAL, el periodico en papel que saca Comisiones Obreas...Somos geniales, y NO TENEMOS ABUELA, no es que lo hagamos bien, lo hacemos GENIAL. Esto es lo que nos han publicado.

El blog de blogs:


www.ccoosfera.es

La muerte de Marcelino y la movilización

que continúa han llenado

los blogs que conforman la

CoCosfera. Pero también el 25

de Noviembre, Día contra la violencia

de género ha tenido espacio.

Por ejemplo, en «El Megáfono


», el blog de CCOO de Cepsa,

Miguel Gil escribía en un post:

Me he convertido por un día en

MUJER

He sido útero y vagina al mismo

tiempo

olido a rosas, esencia viva

He sido Madre y sufrido dolores

de parto

de ansiedad y de semilla, de futuro

y de retoños

He sentido también desprecio

miradas lascivas y también de

superioridad.

He sentido educación distinta o

«diferente» que dicen algunos,

restrictiva, diferenciadora...por

si contaminara

He sido niña, he sido muñeca,

he sido balón

he sido esperanza, he sido ganas,

he sido cariño,

he sido amor, he sido yo...MUJER

Y he despertado, he vuelto a ser

HOMBRE,

volver a ser y estar, mas fácil,

¡¡¡uf que susto!!!

Pero he entendido y comprendido,

Y he decidido:

Ver el mundo diferente pero si

fuese posible...con OJOS de

MUJER

http://www.ccoomadrid.es/webmadrid/menu.do?Informacion:Publicaciones:Periodicas:Periodico_Madrid_Sindical:Ultimos_numeros

martes, 21 de diciembre de 2010

LUCIA de Rosa María Gomez Esteban

Antes de empezar a presentaros los cuentos FINALISTAS del concurso literario Alberto Nestor (dia 2 de enero), vamos a colgar este cuento enviado por ROSA MARIA GOMEZ ESTEBAN y que por el motivo que sea no entró en el correo del baul de las letras, por lo que le fue imposible participar. El cuento es muy bonito y....pero mejor lo leais...¡lastima no haya concursado!


En la solemnidad de la noche, Lucía se estremece en su cama. Se agita en su lecho ardiente en un estado de sopor inquietante. Este letargo la eleva a entresueños indómitos, llevándola a su antojo a un mar de emociones, gobernadas por la efusión de un calor ávido de amor, de deseo, de placer…


El delirio la embriaga por completo, el anhelo anida entre sus muslos ardientes, ahí donde el fragor de la tempestad enviste estrépito. Su respiración es entrecortada y jadeante meciendo sus pechos turgentes como aquel barco en el vaivén de las olas. El rocío de su piel resbala por su cuerpo circunscribiendo su esbelta silueta al son del pálpito acelerado de su corazón. Lucía, en la inmensidad de la noche, arde de pasión.

La ventana está abierta, es una noche cálida de finales de agosto, la fragancia suave de las flores del jardín, invade la habitación y un hálito de brisa fresca acaricia la piel de Lucía.

Con la excitación del ensueño, Lucía busca con su mano a Bruno al otro lado de la cama. Entre la inconsciencia y la consciencia, se torna hacia él susurrándole palabras con deseo. Quiere su calor, su pasión, su fuerza. –Bruno, Bruno– balbucea. Remueve la sábana y se acerca a él con el movimiento torpe de un cachorro. Alarga sus brazos para abrazarle. Su piel ardiente se templa, sus ojos se entreabren mientras se desvanece el estado de zozobra. – Bruno, Bruno –. Se despierta. Durante unos segundos, se queda mirando hacia él, hacia su lado, no hay nada más que su mirada, no hay tiempo ni espacio, no hay consciencia, sólo su mirada. En ese tibio instante, un halo de verdad fragante golpea el corazón de Lucía. Ahí donde brotaba el fervor, ahí donde la pasión emanaba, se torna un gélido desierto. En la infinidad de la noche, Lucía se hace realidad. El lado frío de la cama, ahí donde Bruno había yacido con ella tantas veces, se vuelve soledad desde aquel invierno traidor que se llevó la vida de Bruno. En la quietud de la noche, Bruno no volverá.

domingo, 19 de diciembre de 2010

MERCEDES, compañera y mujer de ALBERTO, en su nombre, para todos nosotros y nosotras

GRACIAS, DE TODO CORAZON

Acaban de pasar tres años del fallecimiento de Alberto. El tiempo transcurrido no ha hecho sino afianzar un íntimo sentimiento de amor que conservo y conservaré toda mi vida. Pero evoco también un sentimiento de calidez, lealtad y generosidad, que transciende su persona: todos aquellos momentos intensos que vivimos compartiendo valores, objetivos, emociones y metas, cuando todo a nuestro alrededor cambiaba a gran velocidad y nos sentíamos protagonistas y un poco partícipes de los cambios. Con un profundo sentido de compromiso y solidaridad. Con el paso del tiempo todo se volvió más complejo, pero estos valores han seguido persistiendo.

He tardado tiempo en poder escribir estas frases para expresar mi agradecimiento, porque esta iniciativa, el recuerdo a Alberto, un compañero fallecido, como la que habéis plasmado, es un acto de cariño, pero también de compromiso y solidaridad.

Yo os agradezco profundamente este reconocimiento por él, porque al revivir su recuerdo se mantiene viva su memoria, por mi, porque me siento más acompañada y más cerca de todos vosotros, de los que nunca me he sentido alejada, por mis hijos porque tuvieron la fortuna de tener un padre como él, pero la desgracia de que se fuera pronto y no pudieran compartir ni aprender todo lo que el podía y sabía dar, El nombre de su padre en este premio les permite recuperar una imagen de él muy difícil de transmitir ahora. Además creo que este acto solidario de reconocimiento apoya y refuerza a los que piensan que merece la pena luchar para que este país y este mundo sea un lugar más justo y solidario.

En un momento como el actual en donde se está tentado en olvidar la historia y las historias de muchas personas, donde valores como la generosidad, la solidaridad y el compromiso son considerados ideas del pasado, frente a lo material y lo individual este recuerdo tiene mayor importancia y significación. Hellen Keller decía que todo lo que amamos se convierte en parte de nosotros mismos, gracias por haberos conocido.

Finalmente agradezco a todos aquellos compañeros de Cepsa que hayan participado con sus narraciones en este premio llenando de vida, contenido y sensibilidad una idea y manteniendo vivo el recuerdo de una persona con sus fortalezas y debilidades, que fue fundamentalmente generoso.

En nombre de Alberto García Prieto,

miércoles, 15 de diciembre de 2010

CONCURSANTES Y RELATOS PREMIADOS EN EL PRIMER CERTAMEN LITERARIO ALBERTO N GARCIA PRIETO

Os adjuntamos los tres relatos ganadores del certámen, ahora bien, en el momento tengamos un poquito de tiempo, publicaremos los 41 restantes. Por cierto sentimos mucho no poder contar con algunos cuentos que se han enviado al correo creado para el certámen pero que no han llegado a destino. Saludos literarios a todos y todas.

RELATO GANADOR: "RESTOS DE UN HABANO", de Beatriz Llueca

Me arrodillé en aquel oscuro callejón con olor a orín. Tenía los músculos entumecidos por el frío y la humedad tras un largo día defendiendo mi parcela, compitiendo contra la juventud, la belleza o el exotismo de una piel dorada. Hasta los clientes más fieles habían desertado de mí. Les había dejado poseerme durante años y habían envejecido conmigo, pero ellos tenían la llave que todavía les hacía deseables. Yo, sin embargo, a estas alturas de mi vida y con todo el camino recorrido, apenas tenía ya nada que ofrecer. Cada mañana, frente al espejo, tratando de disimular las huellas de los excesos, me sentía como la colilla de un habano. Cuánto placer obtiene un fumador de las hojas del tabaco, inspirando su aroma, exhibiendo su presencia y exprimiendo su sabor a cada intensa calada, para que sus restos acaben aplastados contra un cenicero compartido.

Mientras desabrochaba la cremallera de su pantalón, atrajo mi cabeza con brusquedad, enganchándome del pelo. Sin fiesta previa, sin un halago, sin que quisiera ver mis turgentes pechos operados; lo único que conservaba de mi época de esplendor. Lo había hecho mil veces antes pero, escondida en una habitación, no sentía mi dignidad amancillada.

Temblé por la violencia de sus actos y lloré por la crueldad de sus insultos. Palabras antes escuchadas que, envueltas en un talón, perdían su hiriente efecto.

Aguanté, deseando el rápido final. Porque mi cuerpo estaba lleno de cicatrices es paradójico que lo realmente humillante fue ver caer quince euros sobre el suelo. Una tarifa fija se convierte en negociable cuando ya no dispones de todo el poder para defenderla y la competencia invade tu terreno. Cuando asumí el arte del regateo no supe verlo como el principio del fin. Era el paso previo para que mis clientes comenzaran a saltarse los términos del contrato verbal y me despreciaran tanto como para reducir voluntariamente el precio del servicio prestado.

Me levanté y, sin mirarle a los ojos, me dí la vuelta y eché a andar dejando el dinero tirado en el suelo. Los gritos que escuché a mi espalda eran los cuchillos de su orgullo.

Mis curvas ya no eran objeto de finos deseos ni mi aspecto digno de exhibir. El tiempo y la vida me habían consumido hasta convertirme en el resto de un habano, y, como tal, no estaba dispuesta a compartir el cenicero.

RELATO PREMIADO EN SEGUNDO LUGAR: "ANGELA", de Pilar Ramirez Marquez

No quería abrir los ojos, tenía miedo. Apenas podía ver a mi alrededor y no sabía si estaría sola. ¿Dónde estaba mi familia, qué habría sido de todos ellos?, ¿qué habría pasado?. Una y mil veces vagué por aquella habitación desconocida e intenté identificar los objetos que me encontraba. Ni siquiera recordaba el año en que vivía. Había fotos en la pared y todas y cada una de las personas que allí estaban, me resultaban auténticos desconocidos. Seguro que alguien me habría dejado allí y ya no lo recordaba, ¿cómo saldría de aquel lugar?. Por un momento intenté concentrarme en lo sucedido pero ninguna imagen me aclaró nada. Me senté en un pequeño sofá, frente a un televisor donde salían imágenes indiferentes para mí. Al fin tuve valor y abrí la puerta. Me dolían las piernas y apenas podía caminar. Con pasos torpes fui hacia una escalera y finalmente me decidí a bajar. Aquellos peldaños me resultaron interminables, pensé que caería rodando hacia quien sabe qué lugar. No veía el final del trayecto, estaba tan cansada. Finalmente me encontré en una sala aún mayor, con más luz y aquello me gustó. Me acerqué a la ventana y noté un ligero bienestar. Volví a sentirme tan sola, no había nadie, ¿quién podría aclararme algo?. Esperé un largo rato intentando descifrar lo sucedido. Vagué de un sitio a otro sin saber muy bien qué hacer. De repente se abrió la puerta y alguien entró, no podía distinguirle con claridad pero se acercó hacia mí y con una voz suave me dijo: - hola mamá, ¿qué tal el día?. No supe qué contestarle, únicamente le miré un largo rato hasta que finalmente le dije: - ¿Quién eres tú, qué ha pasado?. Aquel hombre me miró dulcemente y me agarró la mano, se sentó en frente de mí y no dijo nada, únicamente lloró y aquella lágrima cayó sobre mis dedos, pero no la quité, me gustó, por un momento la sentí cercana e incluso él me pareció cercano.

RELATO PREMIADO EN TERCER LUGAR: "LOS PIES", de Jaime DML

El dolor era ahora tan fuerte que le costaba concentrarse en cualquier otra cosa: las sombras de los cascos puntiagudos que se movían en la trinchera de enfrente, los disparos de ametralladora que pasaban por encima de sus cabezas a cada rato, incluso el recuerdo de la imagen de Illiana bañándose casi desnuda en el arroyo; pensara lo que pensara siempre regresaban aquellos malditos pies: doloridos, congelados, con un dolor que desde hacía media hora se estaba haciendo insoportable. Si pudiera abandonar su puesto, acercarse al refugio, pensaba, aunque sólo fueran unos minutos; podría cambiarse los calcetines mojados y las hojas de papel con las que se había envuelto los pies esa mañana. Ahora cuando se movía miraba de reojo hacia abajo, arrastrando un poco de nieve y barro bajo las suelas, y podía ver las burbujas moviéndose entre las grietas de sus botas, y eran como agujas que se le clavaban hasta los huesos. Una nueva ráfaga de balas atravesó la tierra de nadie y pudo oír los impactos en el talud de barro delante a él. «¡A cubierto!» Escuchó el grito del teniente, ya innecesario. Se encogió por instinto y los pies volvieron a acuchillarle dentro de las botas, juró entre dientes, y casi con lágrimas en los ojos dio un puñetazo a la pared de la trinchera, las manos estaban secas, pensó cuando se pasó el dolor para animarse, si se hubiesen mojado los guantes también entonces sí que estaría desesperado, pero eran sólo los pies. Calculó nuevamente lo que tardaría en regresar al refugio, apenas veinte pasos; se secaría con la manta, rápidamente, y luego le cogería las botas a Misha, ese cadáver que les miraba desde el suelo con sus botas secas. Con unas camisetas dentro los pies cogerían temperatura, entonces no le importaría salir al asalto de la trinchera enemiga, con unos pies calientes un hombre puede saltar y correr por el barro helado sin miedo a la muerte. Volvió a pensar en cual sería el rancho de aquél día, aunque ya lo sabía: las mismas coles de ayer y de antes de ayer; y los pies le dolían, ya no sabía si más que antes o desde hacía un tiempo era igual, dudaba que a estas alturas realmente pudiese andar. Un grupo de soldados apareció y se apretaron junto a la pared de la trinchera. Uno que se quedó a su lado resoplaba y tosía con voz ronca; le miró: «¿Que tal niño? ¿Estás preparado? ». «¡Calen las bayonetas! » Cuando escuchó la voz de mando se dio cuenta de que todos los que habían llegado tenían ya las bayonetas caladas. Tomó la suya con las manos algo temblorosas y la enroscó en la boca del fusil; sintió la adrenalina recorriéndole el cuerpo dándole calor. «¿Vamos a cargar?» murmuró, sin apenas voz « Si, muchacho » Miró al hombre: tenía una barba descuidada manchada de barro y unos ojos oscuros rodeados de arrugas, pensó que quizás hubiese estado antes en otros asaltos, y que hubiese sobrevivido a ello. Dos ametralladoras comenzaron a disparar hacia la trinchera de enfrente, el sonido era tranquilizador: los otros estarían ahora escondidos. «¡Ahora! ¡A la carga! ». Los hombres comenzaron a escalar los dos peldaños que les permitirían asomar el cuerpo sobre la trinchera gritando «¡Hurra!» con todas sus fuerzas, quizás simplemente para darse ánimo en esa carrera suicida. El hombre de la barba gritaba también, con una voz ronca y baja, mientras se apoyaba en su fusil para saltar. Él le imitó y al impulsarse sintió dos nuevas cuchilladas dentro de sus pies, resbaló hacia atrás y volvió a sentir un dolor insufrible al caer donde estaba. «¡Soldado! ». Levantó la vista y vio al teniente mirándole con los ojos desorbitados mientras le apuntaba a la cabeza con su pistola. Él se arrimó nuevamente en la pared de la trinchera y volvió a impulsarse hacia arriba. Llorando por el dolor empezó a trepar apoyándose con los codos y el fusil. Cuando ya pensaba que no podría subir sintió que el teniente le sujetaba del cuello del abrigo y tiraba de él, entonces pudo arrastrar el cuerpo sobre el borde de la trinchera. Levantó la mirada desde el suelo y vio algunas figuras oscuras caídas sobre la nieve a unos pasos frente a él y una línea de hombres que avanzaban encogidos unos metros más adelante. Se incorporó a medias y comenzó a andar, no podía articular el movimiento de los pies y andaba como un grotesco muñeco sobre zancos, cerrando los ojos por el dolor y con un grito ronco continuo. Entonces sintió un empujón en un brazo y cayó de espaldas al suelo, se quedó inmóvil mirando hacia el cielo gris de aquel día de invierno. Unos segundos después pensó: me han herido en un brazo, no estoy muerto. Me secaré los pies, se dijo entonces, y podré ver nuevamente a Illiana, bañándose casi desnuda en nuestro arroyo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

FALLO DEL JURADO: certámen literario Alberto N. García Prieto

Hoy se han fallado los premios del 1er concurso literario ALBERTO N. GARCIA PRIETO
Vuestra participación ha sido muy importante. Finalmente se han presentado 43 cuentos y relatos. En lineas generales tenemos que deciros que con un muy buen nivel literario.

Los cinco miembros de un jurado de "reconocido prestigio", han valorado cada uno de los cuentos presentados, estableciendo dos categorías finales: cuentos premiados y cuentos finalistas.

Las ganadoras o ganadores (no queremos dar mas pistas) del presente certamen literario han sido ya avisados telefonicamente, aunque no se les ha comunicado en ningún momento en que lugar han quedado dentro de la escala establecida en las bases. Será el día 14 de diciembre en el local del Comité de Empresa de Cepsa - Avda Partenon 12- planta baja, cuando se les hará entrega de certificado y premio.

A las 14,00 horas. Quien quiera y pueda acudir, está invitado.

Los premiados o premiadas nos leerán sus laureados relatos, que, de acuerdo con las bases del certámen, serán publicados en este blog.

Se procederá igualmente a hacer una foto de familia para su posterior presentación en nuestra web del megáfono baúl de las letras http://megafonobauldelasletras.blogspot.com/

martes, 30 de noviembre de 2010

SE CIERRA EL CERTAMEN LITERARIO ALBERTO N. GARCIA PRIETO

¿Cuantos relatos hemos recibido?
¿Menos de 15?
¿20 serían un éxito?

Pues han sido: 42, un exitazo que queremos compartir con todos vosotros y vosotras porque realmente vuestro ha sido.

Ahora le toca reunirse al Jurado y emitir su veredicto, posiblemente el día 10 de Diciembre: cuáles han sido, desde su óptica, los mejores.

Tal vez el mismo dia 10 o como mucho el 13 los ganadores o ganadoras recibirán una llamada... la del éxito.

Ahora toca esperar, las primeras impresiones son...eso:

IMPRESIONANTES

domingo, 28 de noviembre de 2010

ULTIMOS MINUTOS para la FINALIZACION del periodo de entrega de CUENTOS para el CERTAMEN ALBERTO N. GARCIA PRIETO

Si Alberto N. García Prieto pudiese ver la cantidad de gente de CEPSA Madrid que escribe, y que lo hace tan bien, se llevaría una gran alegría.
QUEDAN DOS DIAS para finalizar la recepción de los relatos y el número de concursantes nos ha impresionado, ¿de la calidad literaria? la hay. Hasta que no se valoren no sabremos cuales son los mejores. Llegar casi hasta los cuarenta relatos (llevamos 38 a falta de dos días), nos da una idea de la gran imaginación que tiene la plantilla.
Visto lo visto, lo más seguro es que el próximo año realicemos otro certámen, porque esto es un auténtico EXITO.
Con quince relatos nos hubiesemos dado por satisfechos, pero leer cerca de 40 cuentos y valorarlo por los cinco jurados nombrados a tal efecto, se ha convertido en una auténtica ALEGRIA y satisfacción

jueves, 19 de agosto de 2010

CERTAMEN LITERARIO ALBERTO NESTOR GARCIA PRIETO

PATROCINADO POR LA SECCION SINDICAL DE CCOO DE CEPSA MADRID

El MEGAFONOBAUL de las letras convoca el primer Certamen Literario en la modalidad de RELATO CORTO "Alberto N. García Prieto", en homenaje de nuestro muy especial y entrañable amigo.


BASES de PARTICIPACIÓN:

Podéis concurrir como autores y autoras, todas las personas que trabajáis o hayáis trabajado en las empresas del Grupo CEPSA Madrid, salvo las que pertenezcan al Jurado que evalúe las obras.

Las obras deberán ser inéditas (no hayan sido ganadoras en otros certámenes), no pudiéndose presentar más de un ejemplar por persona, de tema libre.

El jurado valorará la originalidad del texto presentado, así como su calidad literaria.

Los textos han de estar escritos a doble espacio, con cuerpo de letra tipo times new roman, tamaño 12. La extensión máxima de los trabajos será de dos hojas (por una sola cara) DIN A4.

La presentación de los relatos deberéis hacerlo vía e-mail a la siguiente dirección de correo electrónico: bauldelasletras@hotmail.com/

No es necesario indicar el nombre del autor o autora, pudiéndose presentar con seudónimo. No obstante, será imprescindible indicar número de teléfono de contacto.

Los trabajos podrán enviarse hasta el próximo día 30 de Noviembre de 2010. El 14 de Diciembre haremos público los tres mejores relatos a juicio de nuestro jurado. La entrega de las gratificaciones la haremos en un pequeño acto.

Los tres relatos “laureados” serán publicados en forma de cuadernillo. Asimismo, publicaremos todas las obras recibidas en: http://megafonobauldelasletras.blogspot.com/

La participación en este certamen conlleva la aceptación de estas bases.

RELATO GANADOR, gratificado con 150 €

2º RELATO CLASIFICADO, gratificado con 50 €

3er RELATO CLASIFICADO, gratificado con 30 €

Os animamos a participar a todas las personas con pluma literaria aparente y cosas que contarnos

http://megafonocomisiones.blogspot.com/

martes, 11 de mayo de 2010

EL RINCON DEL MIÉRCOLES, Corto Maltés

Probablemente nadie la miró de soslayo en las tardes inquietas de abril, nadie comprobó asombrado sus mil y una dulzuras y es casi seguro que sus pechos no recibieron el honor de la admiración de los hombres. El tiempo, cruel casi siempre, a ella la compensó; un día emergió de su penumbra perpetua con insolente voracidad por la vida. Decidió vivir, vivir intensamente, acaso inmersa en un incierto éxtasis mareante. Comprendió de repente que sólo ella podía elegir entre existir o ser la proyección del sueño de otro.

Y eligió la vida.

Esa tarde un lector descubrió perplejo que Dulcinea había desaparecido de todas las ediciones del Quijote que pudo consultar.

martes, 6 de abril de 2010

OIGO VOCES

… empuñando el útil afilado en la mano derecha, acercarse por detrás y, con la mano libre sobre su frente, obligar con firmeza a que muestre el lado derecho del cuello para tajar fuertemente junto al gañote asegurándose de que brota potente el chorro yugular…

(Pág. 69 del Manual de Supervivencia de los Cuerpos Especiales del Ejército de Tierra - 1975)

Oigo voces

Ellas me ayudan, me miman, me quieren; son mis amigas, mis alegres consejeras; me acompañan joviales, atrevidas, vitales, mostrándome en cada instante el lado bueno de las personas y de las cosas. Gracias a ellas, los malos rollos se minimizan hasta la insignificancia, mientras que el “buen” karma se agiganta, alejando los malos pensamientos.

No recuerdo un día gris ni una noche negra, siento que siempre es primavera, con el arco iris iluminando los días y la vía láctea alumbrando las noches huérfanas de luna.

No hay lunes flácidos en mi memoria. Todos los días, todos los momentos de cada día, desde que amanece hasta que vuelve a amanecer, son fiesta. Su presencia impregna de felicidad cada instante. Cada respiración hincha mi pecho de amor inmenso por todo lo que existe, ya sea real o imaginario. Cada impulso cardiaco produce un estallido de mil dulces colores que se me antojan los fuegos artificiales universales en cuyo centro me encuentro. Qué plenitud me invade, qué satisfacción, qué ganas de vivir…qué cielo.

No quiero ni pensar cómo sería el mundo sin ellas, mis amigas. Cómo sería mi vida si las desoyese, si me abandonasen.

¿Y ellos? Hace ya algún tiempo que “los pobres” no parecen tan gozosos. Se diría que arrastran penas por los pasillos y pausas.

_“Hay crisis,” se les escucha lastimeros allende las altas mamparas y _“Yo, Yo, Yo… y Yo,” el murmullo se escapa furtivo de los luminosos despachos. _“Competencias, evaluación, objetivos, Yo, Yo…y Yo… crisis… y más Yo,” tal parece que sus íntimas amigas les hubieran abandonado.

Las voces queridas me dicen que tengo que devolverles la felicidad perdida, ya no necesito tomar las medicinas, tengo el pulso firme y llevo unos días practicando con el maniquí de la abuela.

Empezaré con él, mírale, ahí sentadito en su despachito, tan monito…Ahora no es feliz, pero eso no importa porque las voces me piden con alegría infinita que le ayude y con bella melodía navideña me repiten:

”Pa-gi-ná se-sen-tai-nué-ve, fun, fun, fun…”

Serafín

sábado, 27 de marzo de 2010

AL TACTO TUS MANOS, SON CUBOS DE SEDA...

Danzando mis piernas
enredan tus cuerdas,
se para el sonrojo,
avanza el magenta.

Furioso mordisco
que enciende mis venas,
saltan colores
por mi frente y me queman.

Aguanto mi vientre
entre puños y estrellas,
si suelto el ombligo
se desgrana y chorrea.

Tu pecho se acerca,
tropieza, gatea,
y un paso separa
la llama y la cera.

Al tacto tus manos
son cubos de seda...

miércoles, 24 de marzo de 2010

LOS BUENOS MOMENTOS de José Ramirez

Desde de su lugar de vacaciones José Ramírez nos envía este relato.

Los buenos momentos

“Ahora vamos a hacer un ejercicio de relajación…. Pensar en una situación muy agradable que recordéis….”.

Busco apresuradamente entre los rincones de la memoria. Nada…Sigo… “José empieza tú”… Vaya encima me toca abrir la ronda.

“Estoy en blanco, ¿Puedo esperar?”, “Claro. Margarita…. ¿Lo tienes?”, “Si, durante el viaje a la Isla de Pascua…. “. Después, otro compañero venido de Algeciras revivía sus experiencias en el Serengueti… Y yo, seguía buscando, viajando por el espacio y el tiempo… pero no iba a contar algo que me pasó a los trece años. Un sombrero de paño marrón y cinta negra pasó delante de mis ojos. Realmente delante de mis ojos estaba otro colega extasiado por sus experiencias en Cancún. Y vuelta a pasar un sombrero de paño marrón y cinta negra o al menos el sol y el tiempo así lo habían dejado. ¡Claro, eso es!

Era un domingo por la mañana en Torredonjimeno. Había recorrido los estrechos pasillos del animado mercadillo. Desgraciadamente los mercados dominicales han ido perdiendo encanto. Mejor dicho, sus mercancías han ido perdiendo interés. Cada vez más, tienen su origen en lejanas fábricas de India o China y menos de las manos de artesanos locales. Sin embargo, en el mercado anexo quizás el único de la zona abierto los domingos, sí pueden encontrarse cortes de carnes locales o frutas y verduras arrancadas a la tierra en las vegas próximas al pueblo. En la puerta, una hortelana vende higos chumbos. Los higos en un viejo cajón de fruta, todavía de madera, a un lado. Al otro, un cubo de plástico acoge las punzantes cáscaras que la vendedora elimina de tres certeros tajos. “Déme dos”. Aunque el frescor de su pulpa, invita a uno más, y otro después, no conviene abusar de los higos dicen los lugareños, “Porque hacen tapón”.

En la parte alta del mercadillo, las mesas de un bar parecen invitarme a un descanso. “una cerveza… sin alcohol”. Una botella con el logotipo del parador de Jaén, sin duda en otro momento un potente alcázar, y un pequeño flamenquín están al momento sobre la mesa. Me calo mis viejas Ray Ban. No es habitual compañero, pero ese día llevo un MP3, me coloco los auriculares… suena Dulce Pontes. Las gafas me dan sensación de una cierta invisibilidad. Observo el bullir de las gentes revolviendo zapatos, sortijas y colgantes. Por encima de sus cabezas, las hojas de plátanos, catalpas y chopos se mueven al son de la pequeña brisa que alivia los calores de los cazadores de oportunidades.

La voz de Dulce apaga los comentarios de viandantes y casi los gritos de vendedores y vendedoras. “Vamos niña, dos por un euro. ¡Dos por un euro!”… “Tengo toda la moda. Lo urtimo de París”. Los canarios del vendedor de pájaros se mueven inquietos en sus pequeñas jaulas de alambre. Un joven gitano despliega un rollo de blanca sarga mientras la posible compradora pellizquea la pieza mientras gesticula al vendedor.

La música no desentona con el espectáculo. Más aún, las palabras de Dulce se mimetizan con el ambiente y aparecen como reclamos de una sagaz vendedora: “Pasión, amor, tristeza, saudade, olvido, miedo, uma sorriso, mentiras, beleza, esperanza, celos, amor, celos, dolor…”. ¡Vendo vida! ¡Tengo de todo!

Cuando bajé la vista de los árboles, el sombrero estaba allí. Cubría la cabeza de un viejo campesino vestido con una chaqueta gris y pantalones del mismo color pero algo más oscuro. Las prendas estaban limpias y planchadas, aunque aparentaban tener tantos años como su portador. Los zapatos parecían estar a tono con la ropa. El polvo del mercadillo los cubría e impedía hacer mayores conjeturas.

Su porte me recordó aquellos versos de Miguel Hernández que como otros, descubrí con Serrat, “Andaluces de Jaén, Aceituneros altivos”… Altivo aquel anciano miraba a izquierda y derecha, como si no quisiera ser visto. Yo estaba apenas a dos metros, pero no contaba: mis Wayfarer II me hacían invisible. El anciano se agachó y levantó en un ágil movimiento que parecía ensayado durante mucho tiempo. Se desplazó unos metros y repitió el ritual. Mirar sus zapatos, mirar a izquierda, derecha, otra vez izquierda y una rápida flexión. Esta vez descubrí que el movimiento acababa con la mano en el bolsillo de la americana. Unos pasos más allá repitió la operación y ahora comprendí su ejercicio. Buscaba una colilla por el suelo, se ponía a su lado y cuando nadie le observaba, la hacía llegar a su bolsillo.

Sentí una enorme tristeza que paradójicamente no enturbió mi gozosa media hora anterior. El camarero me acababa de dejar las vueltas sobre un platillo blanco. Unas monedas y un arrugado billete de cinco euros. Me quité las gafas. Lo cogí y me acerqué al anciano “tenga para tabaco”…se lo planté en su mano. “Gracias hombre”. Observé un instante su rostro profundo, altivo y, sin duda, con un gesto de agradecimiento… Me esfumé inmediatamente entre la gente. Me armé de mis Wayfarer (dos) y continué. Dulce seguía cantando dulce…

Se eu bailar no meu batel

Não vou ao mar cruel

E nem lhe digo aonde eu fui cantar

Sorrir, bailar, viver, sonhar contigo

“José, ¿lo tienes ya?”. “Si, claro…. Era un domingo soleado de la pasada primavera. En un pueblo de la provincia de Jaén…”

24 de Junio 2.008
La Manga del Mar Menor (Murcia)

HIJO DEL VIENTO de Miguel Gil


Cuentan en el pueblo, que en aquella casa vivió un hombre joven cargado de ideales y de valor más que probado. Vivió en tiempos difíciles, tiempos de incultura y resquicios de post guerra, de hambruna ocasional y poco dada a los afectos. Sin embargo, dicen de él que hubo un día, que con sus entendederas, fue capaz de cambiar y ver las cosas de otra manera, de aprender a escuchar y de valorar lo bueno que hay en los demás. ¿Cuál fue el motivo?, hablan de un cuadro famoso, pero nadie supo ni sabrá jamás lo que de verdad le ocurrió por los adentros, en el interior de sus entrañas o de su cabeza.

Piensan que algo debió pasarle en su interior, pues era un hombre normal, de aquellos de los de entonces. Se debió “pasar de tuerca” –dijeron-, tanto adobe puesto en las mañanas frescas de hielos o tanto tejado rematado en las tardes de sol plomero.

Fue una tarde de viernes, después de regresar de mimar sus viñas, -así se expresaba- se le vio por el pueblo cabizbajo y enfuruñado, como si llevase un buen fardo de leña a lomos, o como si algo le cortase el fuelle al caminar. Se acercó a la cantina de la plaza y se bebió sus dos claretes de tornas, no cruzando palabras con los que allí estaban. Le vieron que los sorbía poco a poco, como si los fuese saboreando en el paladar. Mas sólo llegó a decir al marcharse un “Buenas noches y a despertar que ya va siendo hora”. Dicen que fue por entonces, cuando empezó a cambiar, se le vio leyendo libros, escribiendo en los cuadernos e incluso hasta pintando pequeños bocetos. La gente, viendo de tal comportamiento, empezó a preguntarle por sus cepas o trigales con cierta preocupación, pero él, sin apenas inmutarse respondía “son mecidas por el viento y cubiertas por el Sol, yo tan sólo les doy agua cuando no les llega o las limpio para que no mueran por crecer en demasía”.

Al principio le tomaron por demente o en el mejor de los casos por iluso, “otro Quijote perdido” se dijeron. Pero con el paso del tiempo, se le empezó a coger cariño por todas las gentes, pues cuando estabas con él, parecía que te miraba para los adentros y como si comprendiese las miserias y vilezas que llevamos dentro, te escuchaba y o bien sonreía, o parecía que reflexionaba, aunque nada decía.

A menudo no respondía a las dudas o las preguntas que en confianza le hacían y eso desconcertaba a las gentes, pero también es verdad que él siempre decía “los consejos son como los colores, depende de quien los dé y con que gafas se vean, tan sólo haz caso a tu corazón, escucha lo que te cuenta”. No obstante a él se le veía que cuando le confiaban, a veces sufría o se le notaba como un escalofrío le recorría la espalda y se le ponían los pelos de punta o incluso hasta soltaba lágrimas mal disimuladas. Pero él, siempre estuvo ahí, de eso daban fe más de uno y eso sí que valía.

Pasaron las primaveras y también los inviernos, y se fueron acostumbrando a lo extraño de su comportamiento, aquello de “perder el tiempo” escuchando a la gente del pueblo…y sin rédito aparente o beneficio oportuno –pensaban algunos-

Dicen también, que por su forma de ser, empezó a levantar envidias y rencores, incluso se le acusaba en los círculos más poderosos, que había hecho un pacto con el Averno, o que tal vez fuese un hereje porque compartía lo que tenía, que a lo mejor era un agente de alguna sociedad secreta pero que en definitiva, aquello no era normal. Que si era bueno, debiera ser fraile y si quería distribuir la riqueza que se hiciese político, pero que si era loco debieran de encerrarlo en un manicomio, no fuese a contagiar a los demás.

Una tarde de primeros de primavera, se tomó una decisión por parte del Concejo del lugar; cuando apareciese por la plaza, a su hora habitual, debiere ser arrestado y en Comisión formada a tal efecto por parte de la autoridad política, religiosa y civil, se le interrogaría utilizando los métodos que fuesen necesarios, para así averiguar a que atenerse con aquel agitador de corazones.

Dicen también, que llegada la tarde noche de aquel día, bajó un hombre de las colinas, un lugareño, vecino de sus viñas y que mientras los otros esperaban al arresto, éste, les entregó un papel manuscrito que decía: “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo lo nacido del Espíritu” y una firma casi imperceptible que a modo de rúbrica ponía, “tan sólo escuchar vuestro corazón”.

Y ahí quedó la cosa, no se volvió a saber nada más de él, registraron su casa y sus tierras, la plaza y las cantinas, la iglesia y los corrales, pero desapareció, desapareció como si lo hubiese absorbido el cielo.

Unos dicen que lo más posible es que lo mataran, otros piensan que huyó por los montes y riberas; incluso hay algunos que dicen, ¡increíble! que le vieron en la cárcel de mi pueblo.

No encontraron ni maletas preparadas, ni ausencia de comida, todo estaba normal en su casa; bueno ahora que lo digo, lo único que llamó la atención fue la reproducción en una de las paredes de algo parecido al Guernica de Picasso y algún que otro detalle del mismo cuadro pintado a carboncillo en sus cuadernos, pero nada mas.

Lo que sí es verdad, que desde entonces quedó en memoria de la gente la impronta de aquel ser, de aquella increíble persona, mas aún, aquí le conocen por el sobrenombre de: Juan espíritu del viento.

-¡Qué bonita es la historia! –replicó uno de los que escuchaban – Oye, y tú, ¿cómo sabes de aquello?

-Yo no sé tanto, es mi madre la que me lo cuenta cada cierto tiempo, y con lágrimas en sus ojos ya aviejados pero llenos de vida, siempre me termina diciendo: ¡despierta, hijo del viento!

SIN TITULO de Pako Galán

Pako Galán nos en vía la siguiente aportación al Cajón de Sastre:

El relato de Miguel me ha recordado éste, inédito, que con tintes autobiográficos reposaba en un cajón de mi desván y os lo mando por si consideráis oportuna su publicación.

SIN TÍTULO

“¿A cuántos rojos te has cargado?” Cada vez que me echaba en cara al abuelo Vladimiro en aquellas interminables vacaciones estivales, repetía la pregunta imitando a mis hermanos, y el anciano, complacido, respondía invariablemente que: “No me cargué a ninguno, me limité a adelantar su llegada a los infiernos.”

El padre de mi padre ganó la guerra y por tanto nosotros ganamos la guerra y nos sentíamos orgullosos de ello.

Parecía un hombre feliz, contento con su glorioso pasado militar del que siempre hablaba en forma rimbombante: “Nosotros aniquilamos el comunismo y la herejía y exterminamos a los enemigos de Dios y de la Patria y gracias al Caudillo, disfrutamos del mayor periodo de paz que jamás se haya conocido en España.” Con ligeras variaciones, ese era todo su discurso al respecto. Nunca supe gran cosa de aquella etapa de su vida, salvo que al poco de licenciarse del servicio militar obligatorio, estalló la guerra y se alistó voluntario en las filas franquistas, y que a la vuelta se convirtió en funcionario municipal, cargo que desempeñó hasta la jubilación. De su boca jamás oí contar batallita alguna, ni un ápice se le escapó ni tampoco escuche palabra alguna a terceras personas sobre su paso por el ejército. En mi recuerdo sólo queda un anciano de comunión diaria y, tras la misa, el vermú en el casino al que acudía con su inseparable cura de negra sotana con abotonadura infinita.

Murió de muerte natural en su propio lecho y tal como reza la esquela del ABC que mi madre conservó hasta su propia muerte, falleció cristianamente habiendo recibido los santos sacramentos de su amigo y director espiritual que le atendió hasta el último suspiro, tránsito que realizó en la paz del señor y rodeado de todos los suyos. Aunque a mi me ha parecido siempre que no nos movimos de Madrid y cuando nos comunicaron el óbito, mi padre acudió en solitario al entierro puesto que mi madre se quedó atendiéndonos para que no perdiéramos las clases.
Así, mi abuelo, con el que ganamos la guerra, como todo hombre de bien, dejó su cuerpo pudriéndose en el camposanto mientras su alma ascendía a los cielos.

Del padre de mi madre, jamás se hablaba en la familia, solo se hacía alguna mención a las vicisitudes que había tenido que pasar mi abuela, viuda temprana, para sacar a los hijos pequeños adelante y de las calamidades a las que se habían enfrentado para salir todos a flote. Pero he aquí que, tras las elecciones de 1982, en una visita a la tía Juliana, ésta recobró la memoria y relató como vinieron a sacar a su padre de la cama una fría noche de otoñó de 1936, y como entre la tropa que se lo llevó había al menos un conocido de la familia, José el herrero, y como lo desaparecieron, y como alguna inmunda cuneta se habría convertido en su inmerecido pudridero y como se habrían cerrado las puertas del cielo a su alma inconfesa y como aún al acostarse rememoraba aquel frío nocturno que no la abandonaba ni en las noches más cálidas.

Aquella tarde, en casa de mi tía, los que perdimos la guerra lloramos abrazados. Lloré por mi abuelo Serafín por primera vez y por mi abuelo Vladimiro también por primera vez y por mis padres que hicieron el amor y no la guerra y por todos los derrotados y los victoriosos de todas las batallas y por la Humanidad entera. Y lloraba por mí, porque llevaba los genes de la víctima y del verdugo, yo era a la vez juez y reo, pecador y fiel devoto, y cualquiera de mis dos mitades era incapaz de reconciliarse con la otra.

lunes, 22 de marzo de 2010

SAWABA de Consuelo Durandez

Un día incierto, una luz incierta y un mundo sólido y cierto. De una densa y terrible certeza.

Así respiraban sus pulmones las horas finales. Sus últimas miradas, sus últimos sentimientos. Últimos tactos también, en ese momento tan conscientes, fabricados por el tejido de sus neuronas aún vivas.

Iba a morir, ¿podía vivir, transitar el tiempo cerrado por la condena, con ese miedo inhumano?.
La cadena de acontecimientos que la habían conducido a la trampa mortal en la que estaba atrapada aparecía en sus recuerdos como un sueño ajeno. En ese sueño ella representaba el papel de espectadora e intérprete de unos sucesos que un orden extraño dirigía, hasta donde ahora se encontraba.

Vértigo e impotencia. Miedo y dolor. Así es como otros habían decidido que fuera este momento para ella. Y por las razones de otros. Con morales implacables y ajenas a los corazones de las madres. O las novias, las hermanas, las amantes...

Pronto sería pasado, innecesariamente pasado. Por sentir y dejar sentir las urgencias de su sexo. Por ser un ser sexualmente vivo y no haber ejercido el control legal necesario, moral e hipócrita, sobre sí misma. Por la juzgada impudicia de su conducta y la osadía del orgullo íntimo de desear y comportarse como cualquier hombre cada día, en cualquier lugar.

Se acaba, pensó. Un ruido de voces le indicó que a partir de ese momento solo podría contar en minutos las sensaciones de su piel. Y la rabia sucedió al pánico.

Y desde esa nueva rabia, decidió que aún estaba viva y que estarlo significaba la oportunidad única, última de elegir, y eligió su dignidad cerrando la puerta al miedo. Construyendo con su cuerpo la altivez de la razón y el derecho.

Escupió las normas de los hombres de su corazón dejando que su feminidad deslizara su identidad por el espacio antes ocupado, disponiéndose a morir como quien era, y por encima de todas las ya inútiles cosas, decidiendo morir por quien era: una mujer.

Sawaba convirtió a sus ejecutores en verdugos, privándoles de la condición de la justicia y en asesinato su muerte. Sawaba unió su sangre en la tierra a todas las sangres ya vertidas contra la vida, y acunó el futuro de otras muertes absurdas como la suya.

Así la ví yo aquel día incierto de luz incierta pero de sólida y cierta crueldad.

Quizás mi hermana muriera en vano, la muerte decretada nunca tiene ninguna utilidad, pero vivió y eso fué suficiente.

Ninguna mentira, ningún interés egoísta, ningún bárbaro pudo evitar su existencia conscientemente asumida y la denuncia lanzada desde sus ojos en su última mirada.
Así quedó fijada su imagen en mi pupila y así la recuerdo yo: cuerpo enhiesto de mujer y corazón de mujer altivo.

Desde entonces, así alimenta cada uno de mis momentos de cariño y rebelión.

El tuyo es el descanso merecido. En tu inaccesible ahora, descansa en paz hermana.

martes, 11 de agosto de 2009

...A VECES


Lo siento, lo siento...lo siento

Por el tiempo que pierdo con "malos humos"
Por los oidos tapados, cuando me hablas
Porque cuando me miras, sólo veo tus pupilas
Porque valoro más el fin, que el camino
Porque cuando te moldeo, no te siento

lo siento, lo siento...lo siento

Por eso, porque te quiero,
sentir con los cinco...sentidos