domingo, 16 de enero de 2011

INMORTALIDAD por Jesús Lazaro

finalista del certamen literario Alberto N Garcia Prieto

Había estado un largo rato hojeando aquel informe médico y no había encontrado la fatídica palabra. Entre ese galimatías de grafismos impronunciables no había ni rastro de ella. Era evidente que no estaba allí, que nadie había querido que quedara reflejada explícitamente entre aquella monótona repetición de sufijos que se debatía cansinamente entre las -itis y las -osis.

No obstante, él sentía la resonancia del vocablo dentro de sí, como un enorme badajo que golpeara en su interior y esparciera la reverberación por todo su cuerpo.

Hacía más de un año, mucho antes de que recibiera el fatídico sobre, que sentía que su tiempo se acababa, que su fecha de caducidad, ésa que está escrita con tinta invisible e indeleble en cada niño que nace, ya estaba próxima. Durante todo este tiempo había pensado qué haría, cómo lo afrontaría, qué sería lo último que le gustaría hacer. Pero ahora, que la sola omisión de una palabra le confirmaba la cruda verdad, se encontraba perdido. La inmediatez de la nada con su corolario, el olvido, lo sumió en un profundo y devastador silencio.

Al deambular por la casa sus pasos le llevaron a la biblioteca. Su colección de novela negra estaba allí esperándole, siempre fiel. Cogió su libro favorito…

Marlowe estaba en su negra oficina esperando un caso lo bastante interesante como para que mereciera la pena escribir una página más. En la pieza entró un hombre, delgado, enjuto, ni demasiado viejo ni demasiado joven, llevaba un sobre color sepia que se agitaba continuamente con el temblor de su mano.

- Sr. Marlowe, he pensado que quizá usted necesite un ayudante.

- Ha pensado usted demasiado, ahórrese el esfuerzo. Yo trabajo solo -dijo el detective con una voz tan ronca que parecía salir del fondo de la voluta de humo que exhalaba su negra boca.

- Pero, yo podría …

- Silencio, ya he dicho mi última palabra, por favor, váyase y no olvide cerrar la puerta.

- Entonces, no me deja usted otra opción…

De repente, el extraño personaje sacó de su bolsillo un reluciente Smith and Weson y descargó su cargador sobre el detective, que apenas tuvo tiempo de levantarse de la silla. Una vez cometido el abominable crimen, el asesino arrastró el cuerpo a la habitación contigua, limpió la sangre y, plácidamente, se sentó a esperar en la misma silla en la que el detective había estado sentado minutos antes.

Al poco se oyeron pasos y la puerta se abrió dejando entrar una corriente gélida, estremecedora.

- Lo que usted busca está en la habitación de al lado -dijo el intruso-. Lléveselo. ¡Ah!, y llévese también este sobre.

Al caer la tarde, se oyeron otra vez pasos en el corredor y la puerta de la oficina se abrió de nuevo.

- ¿El Sr. Marlowe?

- El mismo, ¿qué se le ofrece?

- Verá, el caso es difícil de explicar.

- No se preocupe, tenemos una eternidad de tiempo por delante. Cuénteme…

Una gris madrugada lo encontraron, sentado en el sofá de su casa, con un libro abierto en el regazo y en su rostro, la sonrisa etrusca de la inmortalidad.

viernes, 14 de enero de 2011

EN BUSCA DE LA FELICIDAD por Ignacio Lopez

finalista del certamen literario Alberto N Garcia prieto

Vuelvo a subir el Himalaya de la desesperación. Desde aquí, desde lo alto, o desde lo bajo, siempre termino por ver Driet, antaño pueblo olvidado, a menudo quimérico, accesible únicamente para unos pocos, pero desde su redescubrimiento, hace escasos años, ciudad recurrente, de obligada visita.

Antiguamente Driet era un tabú que únicamente se podía encontrar en novelas de ficción y en la historia oral de algunas familias, casi nadie pensaba en Driet como finalidad, ni como meta o destino, ni tan siquiera se tomaba en serio a la gente que hablaba de ello, se la consideraba loco. Muy pocos eran los mapas que la incluían en su geografía, y tan sólo un par de guías de viaje hablaban de Driet como “atracción turística”. Era una olvidada. Hoy Driet es distinta, muy distinta. Hoy Driet es una ciudad enérgica, bulliciosa, hiperactiva, cosmopolita, abierta. Su centro, Nogüer, es el barrio más caro del mundo . Los mejores hoteles adornan sus calles con lujosos vestidos, y las rentas más altas juegan en la abundancia. No se es nadie si no se ha estado por lo menos un día paseando por sus calles … Así, hoy, cuando el valor más en alza es hiperrealismo y curiosamente nadie cree en las metafísicas, Driet resurge, más que nunca, alentada por esa revalorización que tiene lo que nunca acaba de morir, alentada por el querer conocer lo desconocido, y alentado, por qué no decirlo, por el interés de algunos en que se conozca…

Supongo que no en vano el que los habitantes de Driet sigan dedicándose a lo mismo que hace siglos, “venta de escaleras hacia la felicidad”, es por lo que los negocios han prosperado, supongo que es la razón por la que la demanda de sus productos es ascendente, y también que es el motivo fundamental por el que hay cada vez más compradores dispuestos a pagar lo que sea por una de las escaleras que allí se venden. Y en Driet, como es lógico, cada vez hay más vendedores que ofrecen las mejores escaleras, con los mejores materiales y las más altas calidades. Los comercios se han profesionalizado, las tradicionales familias de artesanos “escaleros” han dado paso a verdaderos emporios basados en la venta agresiva y en unos comerciales hiperespecializados en labores de marketing directo e indirecto, que extienden su producto mucho más allá de las redes habituales. De esta forma las escaleras de Driet ganaron fama mundial, y así, hoy, todo el mundo se establece como objetivo conseguir una de las escaleras que allí se venden, da igual credo, país, sexo, raza, edad, estado civil… da igual origen, motivaciones, moral o inquietudes.

Como cualquier otro artículo en alza, las escaleras se han diversificado y hay diferencias en precios y terminaciones: peldaños más o menos altos, materiales más o menos nobles, bases más o menos seguras, y por supuesto, fábricas con mayor o menor grado de fama y reputación. No es raro ver en Driet familias que se hacen fotos al lado de tal o cual comercio, juntos a una u otra base de asentamiento escaleril, o que piden a cualquier transeúnte que le saque un retrato al lado de un archiconocido comercial de cualquier SuperEmpresa. Hasta se ha creado merchandasing, y catálogos web de productos Driet: camisetas I Love Driet, Escalera hacia el cielo, Yo estuve en Driet y pude contarlo, From Driet to Heaven… existen también tazas grabadas con un “Ponga a Driet en su vida”, “Busque y compare, pero termine en Driet”… Las propias escaleras tradicionales finalizan en el último peldaño con cartelitos que dicen: “si lo hubiera comprado en Driet su ascenso no finalizaría aquí”. Es tal la popularidad de sus productos que si no se tiene uno, uno queda casi apartado del resto. BIENVENIDOS A DRIET, se puede leer en las cajas de algunas marcas de preservativos.

¿Qué es lo que hay cuando uno llega arriba de cada escalera?. Depende. Hay gente que habla que notaron durante segundos una sensación irrepetible, totalmente nueva… la mayoría, sin embargo, no dice nada, baja tal y como subió, pero recomienda a otros que vayan a Driet a comprar una escalera, a vivir la experiencia, esa experiencia única que es poder llegar a tocar la felicidad.

Lo más curioso de Driet, como de muchas cosas afamadas, es su origen. Hasta donde pude saber, la fundación de Driet correspondió involuntariamente a una mujer, casada, con hijos, que cierto día de invierno se bajó del autobús en el que viajaba, apeándose en una parada inesperada e inhóspita y comenzó a andar sola hacia ninguna parte conocida aparente. Días más tarde la encontraron y le preguntaron que por qué se había bajado de aquel autobús y que cómo había podido mantenerse viva. Ella dijo que había visto la felicidad por una ventanilla y que tenía nombre y apellidos, los suyos propios… “dejé de creer, cuando empecé a pensar… en mí” dijo ella. La mujer desapareció, pero desde entonces, todo el mundo quiso aspirar, si acaso, a atisbar la sombra de lo que aquella mujer estaba hablando, y se asentaron en ese mismo lugar.

Por eso hoy, desde el Himalaya de la desesperación, sigo viendo Driet con relativa facilidad, pero aún continúo preguntándome más por esa mujer y por si, tal vez, sólo tal vez, la solución pudiera estar efectivamente, sólo en mí. Afortunadamente, desde esta cota, puedo preguntárselo a los cuatro vientos, no hay riesgo de aludes, ni tampoco hay riesgo de que alguien me pueda responder.

miércoles, 12 de enero de 2011

AQUELLO QUE VIVÍ EN LA INDIA por Concepción Gomez De Andres

finalista del certamen literario Alberto N Garcia Prieto

Habíamos llegado. Al fondo se adivinaba. Era el Ganges.
Había algo de claridad, pero aún no había amanecido.
Aquel lugar era especial para los sentidos. En parte desconocido, en parte misterioso.
Se respiraba una mezcla de aromas intensos, no definidos.
Se sentía el bullicio de la gente, con su ir y venir a no se sabía donde, dentro de una bruma, que más parecía niebla. Y, al fondo, la luz incipiente del alba.
Éramos extraños en aquel lugar, pero tenía algo que lo hacía familiar. Estaba absorta en estos pensamientos, cuando, de repente, sentí un suave roce en mi hombro. Me volví. Allí estaba. Era una mujer vestida con un sari blanco, de apariencia frágil y de gestos dulces.. Tenía una mirada profunda.
Alargó su mano hacia mí, con la palma hacia arriba. En aquel momento sentí que lo que me rodeaba se había desvanecido. Solo existía aquella mujer que me pedía ayuda. Lo que podía ofrecerle era algo de dinero. Las mujeres viudas tienen una vida difícil en India –pensé-.
Llevaba a mano unas pocas rupias. Era una pequeña cantidad, pero a ella podían servirle para varios días, así que, las puse en su mano. ¡Qué expresión de gratitud la de aquella mujer!. No hacían falta palabras.
De repente, oí mi nombre. Me estaban esperando. Tenía que darme prisa. Me había olvidado del “grupo”. Corrí hacia ellos. Caminamos. Empezamos a ver el Gran Río.
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AQUELLO QUE VIVÍ EN LA INDIA (Cont.)
Estábamos llegando a la orilla del Ganges. Según me iba acercando, se hacía cada vez más grande y poderoso. Los primeros rayos de luz lo hacían brillar como si fuera de plata. Allí nos esperaba una pequeña barca. Teníamos que coger las flores para hacer las ofrendas en el Ganges.
Tomé en mis manos una de aquellas flores y subí a la barca. Mientras nos separábamos de la orilla me dí cuenta que una mujer vestida con un sari blanco me miraba. Era la misma que, momentos antes me pedía ayuda. Me había seguido.
Nuestras miradas se cruzaron. Entonces, ella juntó sus manos cerca del corazón y se inclinó ligeramente, con una maravillosa expresión de agradecimiento.
Le respondí con el mismo gesto. Su rostro se iluminó y, de nuevo, juntó sus manos y se inclinó. Toda ella transmitía agradecimiento. ¡Cómo se puede conectar con una persona sin mediar palabra!.
Aquella mujer me hizo un gran regalo.
Me mostró EL VALOR DEL AGRADECIMIENTO.

lunes, 10 de enero de 2011

MANUEL de Isabel Galán

finalista del certamen literario Alberto N Garcia Prieto

… Las vetustas escaleras de madera crujieron cuando sus pisadas plasmaron en cada escalón su huella. Llegó a la habitación 27, en la segunda planta. Apenas una tenue luz asomaba a través de los cristales que adornaban la lamparita de la mesilla, la suficiente para ver la silueta de la mujer que le esperaba impaciente sentada en el borde de la cama. Él se acercó y ella, clavando las pupilas en sus ojos, hablándole con la mirada limpia como tantas veces había hecho antes, se levantó. Le acarició la cara y le abrazó, susurrándole al oído un te quiero que latió en su sienes durante un minuto. Le besó la cara, los ojos, acarició sus cejas, su nariz, sus labios, para que se quedara grabada esa imagen para siempre en sus manos. Tomó por la cintura a esa mujer, la que sin pretenderlo, había conquistado su alma. Él le dijo algo al oído y ella se estremeció. Permanecieron abrazados, sin moverse, y un instante después comenzaron a quitarse el uno al otro la ropa. Lentamente, él desató el lazo del vestido rojo que llevaba anudado en su cuello, bajó la cremallera y suspiró. Los botones fueron cayendo, frágiles como si fueran de coral. Sus besos eran cada vez más cálidos, se rozaban con sus lenguas, marcando el perfil de sus labios, para que permanecieran allí sellados, para que nunca se marcharan. Él la tomó en sus brazos y suavemente reclinó su cuerpo sobre la cama, un mar de sábanas blancas que desprendían olor a flor de azahar. Comenzó a desnudarla mientras la besaba y ella inclinaba su cuello, haciendo sitio para que cupieran sus besos, dejándose amar. Cuando sus manos alcanzaron el pubis, pudo sentir su sexo húmedo, sus pechos turgentes, sus pezones agrandándose hasta tomar forma de fresa madura para ser comida, para acariciarlos con la lengua hasta no dejar semilla. A ella le gustaba y él lo sabía. Gemía con sus caricias, las de sus labios, las de sus manos, las del sexo que explotaba de emoción al notar su contacto.

Entonces ella, hablándole bajito le pidió que se tumbara. “Cierra los ojos” –dijo- y él sorprendido, se dejó hacer. Empezó a acariciar su pelo, su cuello, sus oídos y besó sus ojos cerrados, los que veían a través de los párpados porque estaba emocionado; sus labios poco a poco entreabrieron su boca con la lengua, agotando todas las posibilidades antes de entrar en el juego del beso íntegro. Terminó de desnudarle lentamente, acariciando cada una de las partes de su cuerpo, mordisqueándole los pezones chicos que apenas resaltaban emergiendo de su blanca piel. Le besó infinitamente antes de que su sexo cálido rozara el ombligo de su amante. Resbaló por su pecho y plácidamente lamió el sexo erecto que se mostraba ante ella, que convulsionaba reaccionando a la excitación; le besó los muslos, su entrepierna y buscó ese lugar dormido donde nunca nadie había entrado. Poco después, ella tomó de nuevo entre sus manos aquel sexo, montó en su vientre y lo introdujo tímidamente en su abismo. Ahí estalló ese momento de locura que durante tanto tiempo había soñado.

“Quiero que estés dentro de mí”- susurró en su oído. Ella subía y bajaba, cabalgando en prados imaginarios, dibujando círculos con su cuerpo, con sus caderas, mientras él ya no era consciente de la realidad. Tomó sus pechos, tomó sus pezones con los dientes, con los labios para no hacerle daño, la besó con pasión. Al mismo tiempo, los rizos de su melena marrón, destellos color como el de las hojas de otoño mojadas, caían sobre sus ojos, y él enredaba sus dedos en ellos, entrelazándolos mientras la miraba con dulzura, como sólo esos ojos oscuros que se tornaban del color del azabache, sabían decir. Él la penetró una y otra vez, con la ternura que desprendía su cuerpo y al tiempo con frenética pasión. La tomó entre sus brazos y con sutileza dirigió su boca al pubis, a su sexo, empapado de cariño. Lo lamió mientras ella no dejaba de gemir, de apretar su cabeza contra su todo, contra su vientre. Su clítoris aumentaba de tamaño, desprendía fuego y él supo que estaba gozando. Apartó su boca y ella le invitó de nuevo a entrar en su ser, mientras le decía que apretara, hasta el fondo, hasta lo más profundo de su cálido hogar. Ella tumbada boca arriba, apoyó la planta de sus pies en el pecho de aquel hombre; él estaba de rodillas, le acariciaba las piernas, besaba sus pies, no dejaba de moverse. El tacto de su piel presagiaba que cerca estaba el fin, que el relámpago llegaría en cualquier momento. Y así fue, agotando los segundos, unidos el uno al otro, besándose con pasión, empapados en sudor, estallaron de gozo, sin aire, con mil palpitaciones en su haber. Se abrazaron intensamente y desnudos, sobre las sábanas blancas, se miraron y no hubo otra palabra porque sus ojos todo lo decían. Se acariciaron los labios, como al principio y se fundieron en un beso que les pareció interminable. Horas, minutos o segundos después, ella se incorporó y sonriendo le miró. Le tendió la mano y juntos se incorporaron y se abrazaron. Fue en ese momento, al girar la vista, cuando en el espejo que descansaba sobre la cómoda, encontraron el desnudo reflejo de la felicidad. Caminaron abrazados hasta la ventana y a través de los visillos de organza, vieron cómo hacía explosión otro obús, cerca de la Estación de las Delicias.

Algo así debió ocurrir aquella tarde, el día en que mis abuelos le engendraron en un hotel de Madrid, una tarde tibia de verano. Era once de agosto y aunque lucía el sol, ella tenía las manos frías.

Setenta y ocho años después, intento imaginar, recrear en mi mente la escena de cómo sucedió y todo lo que se dieron. Para dar vida a un ser que irradia luz, que rebosa de alegría, que es fuerte en momentos terribles, que regala besos a diario, que llora a oscuras y en silencio para que nadie sienta su malestar, que da todo sin pedir nada a cambio, que sonríe al más malvado, debe haberse puesto mucho amor y sensibilidad. Manuel me fue mostrando a lo largo de su vida cómo debían tejerse las inquietudes y las ilusiones; cómo aprender a afrontar el devenir de los acontecimientos, los tristes, los inesperados, los sorprendentes y hasta los que pueden producir enajenación temporal. Ahora no puedo pedirle una respuesta si una duda asalta mi interior. Se durmió hace siete años, pero sé que en sus sueños yo también amo y sonrío...Hay algo suyo en mí. Alberga parte de mi corazón y puedo sentirle cuando, en mis sueños, me abraza.

sábado, 8 de enero de 2011

LA PROMESA DE JOSE VALENTINEZ RAMIREZ

FINALISTA DEL RELATO ALBERTO N GARCIA PRIETO

Los llevaron a tres kilómetros del pueblo. Les hicieron cavar un profundo agujero. Les alinearon delante. Eran cinco, entre ellos tu padre. Sonaron varias descargas. Unas palomas que venían del pueblo desviaron su rumbo y volvieron al refugio del campanario. Otra manada de gorriones abandonó apresuradamente los cables donde tomaban el sol. Cuando el último cuerpo tomó tierra, cesaron los disparos. Mi padre me juró que sólo disparó al suelo... y sin embargo, aquello le amargó el resto de su vida. Murió antes de ayer. Me dijo que te diera este plano… señala donde está más o menos la fosa. Me dijo “Dáselo al hijo de Juan que está con eso de la Memoria Histórica, por si les sirve de algo…y pídele perdón”.

“Gracias hombre” dijo Juan (hijo de Juan y nieto de Juan) mientras recogía un amarillento folio doblado. “y tú ¿Qué es de tu vida?” (Cuando no se tiene claro que decir, una pregunta siempre es una buena defensa).

“Me fui del pueblo hace diez años. Vine también aquí a Madrid. Soy abogado.” Sonrío. “..Dicen que la política es racional. Yo creo que también es genética. Mi padre de derechas de toda la vida... y yo también. Tu padre maestro republicano y tú republicano militante. Rara avis en estos tiempos juancalescos. Al menos nosotros no andamos a tiros. “.

Juan esbozó también una sonrisa… “ No, claro porque nosotros no mandamos”

“¿No?, Zapatero en la Moncloa”.

“Digo mandar. Mandar de verdad.. Como Botín o Rouco”.

***

Juan abrió la puerta de su casa. Dejó la chaqueta sobre la percha y pasó al salón… Su hijo le recibió con una amplia sonrisa… “Venga papá que ya sólo queda una hora”.. Sin embargo, no se levantó del sofá. Su enfermedad, le producía un profundo cansancio que le forzaba a evitar cualquier esfuerzo innecesario.

“Ya estoy aquí y con las palomitas”…Juan mostro un gran paquete que había ocultado llevando su mano izquierda a la espalda.

Al recordar la conversación con el hijo del Luciano, Juan miró instintivamente al aparador: En una de las baldas, flanqueada por dos pequeñas banderas republicanas, la foto de los ocho concejales republicanos que gobernaban el ayuntamiento granadino de Almurada de la Torre en 1.936 entre ellos, su padre y, una única mujer, la madre de Aurora, su compañera, que se libró por los pelos del paseo, pero estuvo 8 años en la fría cárcel de Saturrarán. A un lado las tres o cuatro cajas de medicinas que Pedro tenía que consumir diariamente.

Cuando Iniesta marcó … Pedro dio un salto del sofá y como un nuevo Lázaro dio dos o tres vueltas al trote alrededor de la mesa que separaba la televisión del sofá. Brazos en alto... “Gol Gol Gol!“. Juan tuvo una doble sensación: alegría por un lado, España por fin ganaba un mundial… Pedro nunca había estado tan alegre como si hubiera olvidado sus males…Por otro lado la pantalla se cubrió de banderas rojo y gualda… por las que seguía sintiendo un profundo desapego.. Y además estaba la promesa. “Papa, si mañana gana España... tenemos que salir a celebrarlo… a la calle”.

La bandera no formaba parte de la promesa... pero Juan se había pasado antes por una tienda de los chinos… “una mediana… por favor… si con palo de plástico.”

Cuando acabó el partido... Juan, Aurora y Pedro se montaron en su Megane, Pedro detrás sacando la bandera por la ventana. Al llegar a la plaza de Legazpí aquello se paró. Juan comenzó a tocar el claxon intentando sincronizarse armoniosamente con el resto de vehículos... y tras la arenga de su hijo “!Pita, papa, Pita!”

Y allí estaban .. en la marea roja .. que a Juan sólo le pareció encarnada…” roja, roja era otra cosa” pensó.

jueves, 6 de enero de 2011

LA BRUJA DEL NORTE DE ARTUR JHONSON

RELATO FINALISTA DEL CERTAMEN ALBERTO N GARCIA PRIETO

Había una vez, una inocente mujer a la que convirtieron en bruja. La convirtieron en bruja por luchar por lo que más quería. Su amado.

El fue embaucado por una dama, una dama de negro, con apariencia de niña pero un interior hermético y frío.

Aquella dama no buscaba nada en especial en el, solo satisfacer en ella la sensación de tener en cada momento lo que la apeteciese. En el encontró una víctima. Otra más.

No la importó el daño que pudiese hacer, ni a aquella mujer ni al hombre que la amaba. Tan poco la importó que cada palabra que decía fuesen mentiras, mentiras con las cuales seguir teniendo lo que fuera, sin pensar en nadie más que en ella misma.

Mientras aquella mujer convertida en bruja, sufrió, sufrió tanto que sintió morir en vida. Todo lo que poseía y por lo que luchaba, creyó perderlo invadida por la locura que la atormentaba.

Un día, la injustamente llamada Bruja del Norte, perdida en un bosque lleno de sombras y dudas, llegó a la vereda de un río, y paró a beber. Mientras observaba el reflejo de su rostro afligido, sintió una mano sobre su hombro. Se giro y pudo ver a su lado un hombre de aspecto tenebroso.

No sabía ni quien era, ni que quería de ella. Temblaba de miedo, por todo lo que en su vida ocurría y por la presencia de aquel desconocido individuo.

Aquel hombre, con voz frágil la dijo -no tengas miedo, confía en mí. Se sentó junto a ella, y sacó un enorme saco que escondía detrás de un árbol. Metió la mano el él y comenzó a sacar diminutos trozos de papel negro.

Mirándola a los ojos y tragando saliva prosiguió:

- ¿Ves estos millones de trocitos de papeles?- Cada uno de ellos es una lagrima que derramé el día que me entere que los últimos 9 años de mi vida fueron mentira.

- No entiendo –contesto ella.

- Sólo quiero ayudarte a salir de este oscuro bosque, y que tú me ayudes a mí.

- Sé lo que estas sufriendo – Ella le miro con cara de asombro, asintió con la cabeza, pero antes de que pudiera decir palabra el prosiguió. - por que La Dama de Negro era mi amada.

Señalando con el dedo hacia la derecha de la mujer, la preguntó:

- ¿Ves a aquellos hombres que están por allí igual que tu y que yo? -son algunas de sus víctimas, este bosque está lleno de ellas, pero tú eres la primera mujer que ha pasado por aquí.

-es su forma de actuar, cuando les ha robado el alma les envía hacia este bosque, y aquí se quedan esos cuerpos vacíos y perdidos. Pero tú y yo aún estamos a tiempo de salir.

-Lo único que debemos hacer es permanecer juntos hasta encontrar una salida.

Permanecieron juntos, pasaron inviernos, y más inviernos. Era lo único que cubría aquel bosque, eternos inviernos, fríos y desolados. Después de compartir tanta amargura y penas, divisaron al final de un sendero un pequeño claro que se veía entre los árboles.

Sin perder un momento, corrieron hacia él. Y a cada paso que daban, una fuerte ráfaga de viento les arropaba haciendo que aquel aspecto de bruja que la habían otorgado gratuitamente fuera desapareciendo del rostro de la mujer. El hombre, cambió tanto que ni tocándose el rostro se reconocía.

Pudieron ver un hombre que esperaba en la salida del bosque.

-Es el- gritó la mujer.

El la miró, pero no podía hacer nada más. Aunque quería, su dolor y su vergüenza se lo impedían. Sólo la esperaba.

De la dama de negro, solo se supo que siguió cobrándose víctimas sin seguir importándola el daño que hacia a su alrededor. Sola, fue devorada por todas aquellas almas a las que durante toda su vida había destruido.

FIN.

martes, 4 de enero de 2011

Noticias de la 8:38 - de Pedro Puig

finalista del certamen literario Alberto N Garcia Prieto

Buen día¡¡, por decir algo, respondió Elizabeth, al tiempo que dejaba sobre el endeble perchero su empapada gabardina, encima con esta “mañanita”, lo que he tardado en llegar, casi no me queda tiempo para preparar la charla del tiempito, respondió el saludo, a Pedro, se dejo caer en la silla, encendió el PC y miró su reloj.

Pedro, cariño, sabes que no tengo ni 45 minutos para preparar mi noticiero, se lindo y hazme un favorcito, ya sabes mi brebaje matinal, té con una raya de azúcar, es que voy apuradísima de tiempo, hizo su mejor sonrisa.

Vale Eli, ya te lo traigo, raudo y veloz, pero lo apunto en la lista y algún día me lo pagas en especie, ¡ bonita ¡.

Si, si, cielito, cuando tú quieras y de paso me fregas la casa, me haces la colada, sacas a Teo, etc., etc., contesto en automático ensimismada ya en la pantalla de su ordenador.

Aquí tienes tu agüita caliente, depositó Pedro un vaso de plástico en la periferia de Elizabeth, y ¡Sorpresa¡, paso por delante de sus ojos una carta, admirador secreto para la “Bella Señora del Tiempo”, sinceramente, comento Pedro, me extraña que no recibas sacos de cartas, porque hay que ver como esta mi argentina favorita.

Elizabeth devolvió una pícara mirada a Pedro, no me seas pendejo y dejame trabajar o crees que todos son tan salidos como vos?, dijo mientras tomaba la carta con sus menudos dedos, la miró de soslayo y la dejó sobre la mesa. Pues vaya admirador no sabe ni escribir, este no me retira de madrugar, murmuro, retorno a su trabajo.

Termino de esquematizar, memorizar los datos de nubosidad, lluvias, temperaturas, corrientes y demás, faltaban escasos 20 minutos para comenzar su espacio, estaría apoyada, eso si, por el oculto “mini auricular”, gracias a esta “ayuda” y fundamentalmente por su físico conseguía tener un programa de éxito, pero aún no sabia, salvo para madrugar y pagar las facturas, para que le servía este.

La mañana no era para tirar cohetes, llevaba corriendo desde que se levanto a sacar a Teo, alistar la casa, el transporte publico, se había empapado, llovía desde ayer y las perspectivas para hoy no eran mejores, pero al menos, mientras apuraba el último sorbo de la infusión se relajó, ya controlaba su tiempo, respiro hondo, y su vista recalo en el sobre. Lo tomo, en lugar de botarlo a la papelera como había sido su primera intención, lo abrió, había una hoja de cuaderno escolar, arrugada y muy doblada, la letra era la misma del sobre y sin duda era de un niño.

Elizabeth, nunca sabría el motivo, pero comenzó a leer el folio rayado:

Bellísima y Buenísima Señora del Tiempo:

Me llamo Paloma y tengo casi 6 años, Cuando te veo todos los días, mientras me bebo la leche con Nesquik del desayuno, repartir el sol, la lluvia, los vientos, entre todos los pueblos y regiones, para que todos tengan de todo, y como eres tan, tan, buena se me ha ocurrido pedirte un favor muy, muy importante, y que no es para mi, pero que me pondría muy muy contenta. Te cuento queridísima señora del tiempo: Mi hermano pequeñito, que todavía no tiene ni tres años y se llama Daniel, desde que lo tuvo mi mama ha estado muy muy malito y siempre en un hospital, cuando nació, en una incubadora, luego operado y siempre con muchos cables y tubos, siempre que he ido a verlo no he podido jugar con el, ni casi tocarlo, pero ya esta mucho mejor y nos han dicho los doctores que el miércoles de la semana que viene que es día 23, nos lo podremos llevar a casa, y todos estamos muy muy contentos y yo le he prometido que el día que salga vamos a ir a un parque a jugar con la tierra y a pisar la hierba, a enseñarle como son las hojas de los árboles, y como huelen todas las cosas que hay por la calle. Por eso tu que eres tan tan buena si pudieras poner sol y calorcito, no mucho pues Dani tiene que tener mucho mimo, como dicen mama y papa, yo podría estar con mi hermanito en el parque y enseñarle todas esas cosas que no conoce todavía y así el estará feliz y todos nosotros también.

Muchas, muchas gracias, y muchos besos de Palomita, que te quiere mucho.

Se me olvidaba que haga bueno a las 10 de la mañana, que es cuando sale mi hermanito.

La había leído, o mejor traducido pues era una letra poco inteligible, de un tirón, notó en algunos momento que una emoción la llenaba, volvió a sentir un olvidado “nudo en la garganta”, recordando pasadas vivencias que con su poso de tristeza y amargor tanto la habían acercado a la pequeña Paloma, la firma si se entendía bien.

Miro al calendario, era día 23 miércoles y no había parado de llover en toda la noche. Pobres bebes, vaya cagada de día y de ilusión¡¡, murmuro.

Sufrió al comprender que había olvidado las más simples alegrías de la existencia como es contemplar la naturaleza, meciéndose en ella dejando pasar el tiempo. Se ruborizo y tuvo que contener su emoción por no poder hacer feliz a aquellos niños a los que la vida ya había marcado con dureza, de alguna manera se merecían esa ingenua compensación. Apretó los puños hasta clavarse las uñas, impotencia, rabia, dolor, pena, sintió el deseo, ya que no podía hacer otra cosa de estar con esos niños, fundidos en un abrazo para poder llorar juntos por las pasadas penas, por las futuras alegrías, pues aunque hoy cayeran “chuzos de punta” ya habría otros días, por fuerza tendría que haberlos, mejores en sus vidas.

Eli, despierta bella durmiente, irrumpió Pedro, en 3 minutos estas en el aire, olvídate de pasar por maquillaje, y corre que el realizador no ha chingado esta noche y quiere comerse a algún incauto.

Elizabeth volvió de su ensimismamiento, saco el espejo de mano de un cajón de la mesa, se repaso suavemente el peinado, hizo un tour de su encantador rostro, si mi boca es grande, se repitió mentalmente, gesticuló e hizo pequeñas muecas tratando de alegrar el gesto hasta que lo consiguió.

Bueno mi “gaucha”, ya estas bien, que tenias una cara para dar el obituario, aunque no te lo quise decir antes, vamos corre que no llegas, estas preciosa, como siempre, así que tranquila y a por ellos que solo son unos dos millones, según la encuesta de audiencia, aclaró tranquilizador Pedro.

Gracias corazón, musito con dulzura a Pedro, y salio corriendo camino del estudio, ¡la pucha¡, bufo, y encima este tiempito. Mientras repasaba mentalmente las informaciones del tiempo y se alisaba el vestido, mirando la corrección de sus zapatos, no pudo evitar tener una imagen de la tierna niña que había creado su imaginación, aceleró el paso y al pasar por delante de un enorme y panorámico ventanal, que hay camino del estudio 3, tuvo que cerrar los ojos por el resplandor del sol que con un brillo cegador rompía un cielo azul brillante sin limites. ¡Gracias¡ GRITO¡¡, una lagrima lucho por brotar de sus parpados, se sintió mas ligera, de hecho era etérea cuando entro en el estudio radiante y feliz, con sus ojos especialmente pícaros y encantadores.

¡¡Buen día¡¡ son las 8:38 y si queres saber el tiempo para esta mañana. . . . . . , comenzó sus noticias La Chica del Tiempo, con su dulce y musical acento argentino.

El parte meteorológico de aquel día, fue el más alegre, dinámico y divertido que nunca había dado Elizabeth, la chica del tiempo matinal, pero lamentablemente no tenía nada que ver con el tiempo de aquel día en la ciudad.

Todos coincidieron, en la belleza excepcional, el miércoles 23, de la presentadora. Lo malo es que dejo de presentar el informativo del tiempo. Estuvo una temporada aparcada, hasta que recaló en un programa infantil, por las tardes, donde ha conocido a Paloma y a su hermano Daniel, juntos conocen todos los árboles, plantas y sus hojas les encante el olor a tierra húmeda y a otoño.

domingo, 2 de enero de 2011

LA ESTACION PERDIDA de Mar Perdices

FINALISTAS del Certamen Literario

Aquel día había quedado con Mario. Nunca he sido puntual pero, por una vez en mi vida, aquella tarde salí de casa con tiempo de sobra. Según mis cálculos me sobraría más de media hora, pero era principio de verano y pensé que bajándome dos paradas antes del metro podría caminar un poco. Al llegar a mi estación, me bajé casi vomitada por un tren demasiado lleno. Miré mi reloj, eran las nueve y media, perfecto para pasear hasta el punto de encuentro; así que, entre las cuatro opciones de salida, elegí una al azar ya que dominaba perfectamente la zona. Tal vez debí ponerme en alerta al observar que, entre la masa humana que había salido conmigo del vagón, era la única en hacerlo por allí, pero aún así me dirigí a las escaleras mecánicas sin darle mayor importancia. Al salir, lo primero que me sorprendió fue la rapidez con la que había oscurecido para ser el mes de junio. Miré al cielo pensando que tal vez no fueran más que nubes anunciando una tormenta, pero mi sorpresa fue en aumento al descubrir un cielo plagado de estrellas en pleno corazón de La Castellana. Estaba tan absorta mirando el cielo, que apenas me di cuenta hasta pasadas dos manzanas que iba caminando sola. Nadie me rodeaba, no se veían coches… de hecho, aquella calle no era La Castellana. Me paré un momento para poder pensar mejor y miré a mí alrededor. Todos los edificios eran iguales: grises, uniformes, oscuros, ni siquiera una ventana iluminada en ellos. Sentí frío a pesar de los más de veinticinco grados que había al salir de mi casa y observé ahora que en la calle tampoco había mucha iluminación. Empecé a inquietarme y volví a iniciar la marcha. “Sin duda alguna – pensé – me equivoqué de parada de metro, o tal vez de línea”. No me preocupé demasiado, pero apreté el paso deseando encontrar algo que me resultara conocido. Como estaba realmente intrigada con aquella extraña calle, saqué una libreta y un boli de mi bolso y comencé a apuntar las manzanas recorridas desde el metro para consultar un callejero al llegar a casa. Anduve bastante rato sin conseguir ubicarme en aquella especie de vacío que me rodeaba. Consulté mi reloj, pero comprobé con asombro que, a pesar de que el segundero se movía, las agujas seguían marcando las nueve y media. A pesar de mi perplejidad, me auto convencí de que la pila estaba fallando. “Tal vez debería llamar a Mario y contarle lo que me ocurre…” - pensé. Saqué el móvil del bolso mirando a mí alrededor, para poder darle alguna referencia concreta, pero ni siquiera llegué a marcar ya que nada de lo que veía me parecía lejanamente familiar. De todas formas al mirar la pequeña pantalla del teléfono me di cuenta de que hubiera sido inútil ya que ni siquiera tenía cobertura. Empecé a angustiarme de verdad. No había árboles, ni tiendas, ni siquiera semáforos. Aquella anchísima y maldita avenida sólo tenía edificios cuadrados, impersonales, fríos… No había a mí alrededor ni la más mínima señal de humanidad, ni rótulos luminosos, ni nombres de calles, ni números en los portales. Nada. Sólo bloques de hormigón y cristal sin señales de vida. No podía más, sentí un terrible dolor de cabeza. Me senté en el suelo agotada y, al no oír ni mi propio sonido en el asfalto, me di cuenta de que lo que tenía no era un dolor de cabeza, era el peso del silencio más absoluto. Tenía que hacer algo para salir de allí, pero ¿Qué? Miré la libreta con las veinte marcas que había ido haciendo a lo largo de mi peculiar paseo. No era tanta la distancia, así que decidí volver sobre mis pasos. Algo más tranquila, empecé la vuelta, caminando bastante rápido al principio, casi corriendo a continuación y al final en una alocada carrera. Por fin, tras un camino que a mí se me hizo eterno, encontré un hueco que se internaba en el suelo anunciando las escaleras de acceso al metro. Por curiosidad, me paré un instante y miré hacia arriba, pero por más que miré a mí alrededor, no conseguí ver ningún cartel con el nombre de la estación. Aún así no dudé en bajar de tres en tres los escalones y tomar el primer tren que llegara. Llegué al andén justo a tiempo de montarme en un bullicioso vagón donde nadie parecía especialmente preocupado por nada. No sé bien muy bien las paradas que pasaron hasta que empecé a recuperar mi normalidad y, casi como una autómata, me bajé en Nuevos Ministerios. Por pura rutina, miré mi reloj… eran las nueve y media.

Al cabo de un rato charlaba con Mario en un bar. “Mira, en Madrid ya no existen calles sin coches, es más mira tu reloj, funciona perfectamente, son las diez, si incluso has llegado puntual. Sin duda alguna debiste quedarte dormida en el trayecto del metro” - comentaba escéptico. No le contesté de inmediato. Miré mi reloj y comprobé que efectivamente iba en hora. Le sonreí, y sacando del bolso mi libreta nerviosamente garabateada, le contesté: “Ya sé que todo esto sobrepasa con creces los márgenes razonables de cualquier mente, pero nunca, jamás, he escrito dormida… Aunque quizás en una cosa si que tengas razón, es muy posible que acabe de escapar de una pesadilla.”

martes, 28 de diciembre de 2010

Yo, Hijo de P...

No ha entrado dentro del concurso literario, es decir, fuera de...pero es un cuento que merece la pena, actual para algunos, para otros exajerado, otros dirían que mentira, y otros: ¡que hijo de p...!
Primavera, viernes, seis de la tarde: Hoy entreno haciendo cuestas. La tarea consiste en subir corriendo desde la zona que llaman recinto ferial hasta la torre del agua, en el Parque Central.
Llevo siete u ocho carreritas rampa arriba y me quedan otras tantas. Hay mucha concurrencia de adolescentes que pululan por los alrededores. Sudo como nunca, resoplo como nunca y de repente, en mitad de la subida, una voz aniñada me suelta lo que no pensé oír jamás: “¡Qué culitoo!”. Otra voz de chiquilla la reprende. Llego al pie de la torre del agua y cambio de rumbo. Mejor termino los deberes otro día.
Camino de casa me voy diciendo que la chica ha debido ingerir alguna sustancia que altera las percepciones y el comportamiento.

Verano, sábado, cuatro de la mañana: Voy corriendo por la mediana de la Avenida del Parque y al llegar a la plaza de Fuencaliente la cruzo por el camino mas corto.
En los medios, dos quinceañeros se entretienen pateando los pequeños cantos rodados que rellenan el círculo central, esparciéndolos por la calzada. A mi paso, oigo decir: "A ver si hay suerte y se mata alguno." 
De las entrañas me sale: "Eso, y si se tiene que matar alguien, mejor que sea tu padre."  Y sigo mi camino sin prestar atención a los comentarios que me dedican.
Llegando a la Plaza del Arco Iris los siento detrás de mi oreja. Me han seguido y alcanzado. Como un resorte me agacho y en una fracción de segundo estoy de pie frente a ellos y con una piedra  de dimensiones considerables en mi mano derecha. Son jovencitos pero el más alto me saca la cabeza, lo que no tiene ningún mérito. El guijarro en mi mano parece retenerles. El mas alto inicia una maniobra envolvente pero el otro se mantiene a distancia. Como me agarre el brazo de la piedra  -pienso- me revientan a coces.
Tras unos segundos cruzando comentarios del tipo de “tu te has metido con mi padre,” se me ocurre mandarles a dormir y afortunadamente me contestan mandándome a correr. Poco a poco nos separamos y reemprendo la carrera sin perderlos de vista. Según nos vamos separando voy prestando atención a las expresiones que me dedican: la mas suave es ¡Viejo! y la mas repetida ¡Hijo de P...!
Esta noche la piedra se viene conmigo los nueve kms que me faltan y aunque al pasar por la Plaza del Padre Llanos, otros jóvenes me animan elogiando que haga deporte a esas horas, sólo tengo agallas para soltarla cuando me veo sano y salvo en casita.   

Otoño, domingo, nueve de la mañana: Desciendo la cuesta del "Qué culito."  En la zona del ferial quedan unos cuantos rezagados.  Dos altavoces colocados sobre el techo de un coche arrojan música a todo trapo. Al pasar por el camino asfaltado entre el lago y el ferial, unos gritos, mas bien alaridos, me sacan de mis pensamientos: "Dominguero, Hijo de P..." Allí solo estamos ellos y yo, así que me doy por aludido. Me voy hacia la verja como el rayo y les grito que no son nadie, allí, en medio de la nada. No pueden oírme y bajan la música por si les doy mas pistas, o mas pie, o no sé muy bien qué. Reemprendo mi carrera cansina. Menos mal que les he puesto en su sitio - me digo- suerte han tenido de que estaba la verja y les ha salvado de una buena. Cincuenta metros mas adelante, me va pareciendo que mas bien la verja ha jugado a mi favor.    

Invierno, vacaciones de fin de año, ocho de la noche: Hace años que se cepillaron la mayor parte de las farolas pero la iluminación del campo de fútbol que hay detrás de la piscina cubierta, y la luna llena dejan en penumbra gran parte del Parque Central, lo que aprovecho para adentrarme en él. Otra vez la zona del "Qué culito". Jóvenes encapuchados, al menos tres, agitan botes de spray. A mi paso uno se aproxima y lanza: "Perdonee ¿Tiene cincuenta céntimos?"  Le suelto un escueto "No" y continúo bajando la cuesta. A los pocos metros siento caer una piedra a mi lado. Antes de medio segundo, estoy encarado a los cachorros blandiendo un canto en la mano. No ha transcurrido otro medio segundo y ya comprendo que mi situación no es precisamente ventajosa: Ellos arriba y yo abajo, son por lo menos tres y jóvenes y yo, además de venir cansado, soy un tarra. En fin que intento salir del trance con un "¿Pasa algo?"  No se amilanan y empiezan a soltar por la boca sus lindezas. Acierto a decir algo sobre llamar a la policía y reemprendo el camino mientras las piedras caen a mi alrededor. Una voz en falsete acompaña mi retirada: "Hijo de P..., Hijo de P..., Hijo de P..."  

Ahora, no encuentro mis libros de utopías en casa, (han debido arrojarlos al fuego) soy normal y, cabalmente, no entro al parque de noche.
Cuando paso cerca de un grupo de adolescentes y oigo decir "¡Hijo de P...!", instintivamente pienso que va por mí pero rápidamente caigo en que no, que es una exclamación de uso corriente entre nuestros vástagos, como en mis tiempos que decíamos ¡Macho!
velocidad cuando todos sabemos que en realidad son el tocino, que se autodenominan servidores del pueblo cuando lo que hacen es servirse de él. Digo que a veces me da por pensar que estos hijos del pueblo que no ven ninguna teta de la que chupar en el Parque Central, jamás van a arreglar el alumbrado ni a poner vigilancia ¿Para qué? -dirán- si nadie disfruta del Parque por la noche.
Nuestros jóvenes serán brillantes en sus estudios, respetuosos, tendrán sus cosas ordenadas... Pero algunos: el mío, el tuyo o el de la concejal, en algunas circunstancias que no alcanzo a explicar, se transforman en auténticos macarras.
Pasará alguna desgracia, pasarán desgracias y, como persona cabal que ya soy, prefiero que si le tiene que pasar a alguien, mejor que sea a uno de esos adolescentes, aunque esté en la flor de la vida, aunque le espere un futuro prometedor, aunque sea un auténtico Hijo del tocino.

Pako Galán

EN CCOO CEPSA no tenemos ABUELA...¿por?

Hemos salido en MADRID SINDICAL, el periodico en papel que saca Comisiones Obreas...Somos geniales, y NO TENEMOS ABUELA, no es que lo hagamos bien, lo hacemos GENIAL. Esto es lo que nos han publicado.

El blog de blogs:


www.ccoosfera.es

La muerte de Marcelino y la movilización

que continúa han llenado

los blogs que conforman la

CoCosfera. Pero también el 25

de Noviembre, Día contra la violencia

de género ha tenido espacio.

Por ejemplo, en «El Megáfono


», el blog de CCOO de Cepsa,

Miguel Gil escribía en un post:

Me he convertido por un día en

MUJER

He sido útero y vagina al mismo

tiempo

olido a rosas, esencia viva

He sido Madre y sufrido dolores

de parto

de ansiedad y de semilla, de futuro

y de retoños

He sentido también desprecio

miradas lascivas y también de

superioridad.

He sentido educación distinta o

«diferente» que dicen algunos,

restrictiva, diferenciadora...por

si contaminara

He sido niña, he sido muñeca,

he sido balón

he sido esperanza, he sido ganas,

he sido cariño,

he sido amor, he sido yo...MUJER

Y he despertado, he vuelto a ser

HOMBRE,

volver a ser y estar, mas fácil,

¡¡¡uf que susto!!!

Pero he entendido y comprendido,

Y he decidido:

Ver el mundo diferente pero si

fuese posible...con OJOS de

MUJER

http://www.ccoomadrid.es/webmadrid/menu.do?Informacion:Publicaciones:Periodicas:Periodico_Madrid_Sindical:Ultimos_numeros

martes, 21 de diciembre de 2010

LUCIA de Rosa María Gomez Esteban

Antes de empezar a presentaros los cuentos FINALISTAS del concurso literario Alberto Nestor (dia 2 de enero), vamos a colgar este cuento enviado por ROSA MARIA GOMEZ ESTEBAN y que por el motivo que sea no entró en el correo del baul de las letras, por lo que le fue imposible participar. El cuento es muy bonito y....pero mejor lo leais...¡lastima no haya concursado!


En la solemnidad de la noche, Lucía se estremece en su cama. Se agita en su lecho ardiente en un estado de sopor inquietante. Este letargo la eleva a entresueños indómitos, llevándola a su antojo a un mar de emociones, gobernadas por la efusión de un calor ávido de amor, de deseo, de placer…


El delirio la embriaga por completo, el anhelo anida entre sus muslos ardientes, ahí donde el fragor de la tempestad enviste estrépito. Su respiración es entrecortada y jadeante meciendo sus pechos turgentes como aquel barco en el vaivén de las olas. El rocío de su piel resbala por su cuerpo circunscribiendo su esbelta silueta al son del pálpito acelerado de su corazón. Lucía, en la inmensidad de la noche, arde de pasión.

La ventana está abierta, es una noche cálida de finales de agosto, la fragancia suave de las flores del jardín, invade la habitación y un hálito de brisa fresca acaricia la piel de Lucía.

Con la excitación del ensueño, Lucía busca con su mano a Bruno al otro lado de la cama. Entre la inconsciencia y la consciencia, se torna hacia él susurrándole palabras con deseo. Quiere su calor, su pasión, su fuerza. –Bruno, Bruno– balbucea. Remueve la sábana y se acerca a él con el movimiento torpe de un cachorro. Alarga sus brazos para abrazarle. Su piel ardiente se templa, sus ojos se entreabren mientras se desvanece el estado de zozobra. – Bruno, Bruno –. Se despierta. Durante unos segundos, se queda mirando hacia él, hacia su lado, no hay nada más que su mirada, no hay tiempo ni espacio, no hay consciencia, sólo su mirada. En ese tibio instante, un halo de verdad fragante golpea el corazón de Lucía. Ahí donde brotaba el fervor, ahí donde la pasión emanaba, se torna un gélido desierto. En la infinidad de la noche, Lucía se hace realidad. El lado frío de la cama, ahí donde Bruno había yacido con ella tantas veces, se vuelve soledad desde aquel invierno traidor que se llevó la vida de Bruno. En la quietud de la noche, Bruno no volverá.

domingo, 19 de diciembre de 2010

MERCEDES, compañera y mujer de ALBERTO, en su nombre, para todos nosotros y nosotras

GRACIAS, DE TODO CORAZON

Acaban de pasar tres años del fallecimiento de Alberto. El tiempo transcurrido no ha hecho sino afianzar un íntimo sentimiento de amor que conservo y conservaré toda mi vida. Pero evoco también un sentimiento de calidez, lealtad y generosidad, que transciende su persona: todos aquellos momentos intensos que vivimos compartiendo valores, objetivos, emociones y metas, cuando todo a nuestro alrededor cambiaba a gran velocidad y nos sentíamos protagonistas y un poco partícipes de los cambios. Con un profundo sentido de compromiso y solidaridad. Con el paso del tiempo todo se volvió más complejo, pero estos valores han seguido persistiendo.

He tardado tiempo en poder escribir estas frases para expresar mi agradecimiento, porque esta iniciativa, el recuerdo a Alberto, un compañero fallecido, como la que habéis plasmado, es un acto de cariño, pero también de compromiso y solidaridad.

Yo os agradezco profundamente este reconocimiento por él, porque al revivir su recuerdo se mantiene viva su memoria, por mi, porque me siento más acompañada y más cerca de todos vosotros, de los que nunca me he sentido alejada, por mis hijos porque tuvieron la fortuna de tener un padre como él, pero la desgracia de que se fuera pronto y no pudieran compartir ni aprender todo lo que el podía y sabía dar, El nombre de su padre en este premio les permite recuperar una imagen de él muy difícil de transmitir ahora. Además creo que este acto solidario de reconocimiento apoya y refuerza a los que piensan que merece la pena luchar para que este país y este mundo sea un lugar más justo y solidario.

En un momento como el actual en donde se está tentado en olvidar la historia y las historias de muchas personas, donde valores como la generosidad, la solidaridad y el compromiso son considerados ideas del pasado, frente a lo material y lo individual este recuerdo tiene mayor importancia y significación. Hellen Keller decía que todo lo que amamos se convierte en parte de nosotros mismos, gracias por haberos conocido.

Finalmente agradezco a todos aquellos compañeros de Cepsa que hayan participado con sus narraciones en este premio llenando de vida, contenido y sensibilidad una idea y manteniendo vivo el recuerdo de una persona con sus fortalezas y debilidades, que fue fundamentalmente generoso.

En nombre de Alberto García Prieto,

miércoles, 15 de diciembre de 2010

CONCURSANTES Y RELATOS PREMIADOS EN EL PRIMER CERTAMEN LITERARIO ALBERTO N GARCIA PRIETO

Os adjuntamos los tres relatos ganadores del certámen, ahora bien, en el momento tengamos un poquito de tiempo, publicaremos los 41 restantes. Por cierto sentimos mucho no poder contar con algunos cuentos que se han enviado al correo creado para el certámen pero que no han llegado a destino. Saludos literarios a todos y todas.

RELATO GANADOR: "RESTOS DE UN HABANO", de Beatriz Llueca

Me arrodillé en aquel oscuro callejón con olor a orín. Tenía los músculos entumecidos por el frío y la humedad tras un largo día defendiendo mi parcela, compitiendo contra la juventud, la belleza o el exotismo de una piel dorada. Hasta los clientes más fieles habían desertado de mí. Les había dejado poseerme durante años y habían envejecido conmigo, pero ellos tenían la llave que todavía les hacía deseables. Yo, sin embargo, a estas alturas de mi vida y con todo el camino recorrido, apenas tenía ya nada que ofrecer. Cada mañana, frente al espejo, tratando de disimular las huellas de los excesos, me sentía como la colilla de un habano. Cuánto placer obtiene un fumador de las hojas del tabaco, inspirando su aroma, exhibiendo su presencia y exprimiendo su sabor a cada intensa calada, para que sus restos acaben aplastados contra un cenicero compartido.

Mientras desabrochaba la cremallera de su pantalón, atrajo mi cabeza con brusquedad, enganchándome del pelo. Sin fiesta previa, sin un halago, sin que quisiera ver mis turgentes pechos operados; lo único que conservaba de mi época de esplendor. Lo había hecho mil veces antes pero, escondida en una habitación, no sentía mi dignidad amancillada.

Temblé por la violencia de sus actos y lloré por la crueldad de sus insultos. Palabras antes escuchadas que, envueltas en un talón, perdían su hiriente efecto.

Aguanté, deseando el rápido final. Porque mi cuerpo estaba lleno de cicatrices es paradójico que lo realmente humillante fue ver caer quince euros sobre el suelo. Una tarifa fija se convierte en negociable cuando ya no dispones de todo el poder para defenderla y la competencia invade tu terreno. Cuando asumí el arte del regateo no supe verlo como el principio del fin. Era el paso previo para que mis clientes comenzaran a saltarse los términos del contrato verbal y me despreciaran tanto como para reducir voluntariamente el precio del servicio prestado.

Me levanté y, sin mirarle a los ojos, me dí la vuelta y eché a andar dejando el dinero tirado en el suelo. Los gritos que escuché a mi espalda eran los cuchillos de su orgullo.

Mis curvas ya no eran objeto de finos deseos ni mi aspecto digno de exhibir. El tiempo y la vida me habían consumido hasta convertirme en el resto de un habano, y, como tal, no estaba dispuesta a compartir el cenicero.

RELATO PREMIADO EN SEGUNDO LUGAR: "ANGELA", de Pilar Ramirez Marquez

No quería abrir los ojos, tenía miedo. Apenas podía ver a mi alrededor y no sabía si estaría sola. ¿Dónde estaba mi familia, qué habría sido de todos ellos?, ¿qué habría pasado?. Una y mil veces vagué por aquella habitación desconocida e intenté identificar los objetos que me encontraba. Ni siquiera recordaba el año en que vivía. Había fotos en la pared y todas y cada una de las personas que allí estaban, me resultaban auténticos desconocidos. Seguro que alguien me habría dejado allí y ya no lo recordaba, ¿cómo saldría de aquel lugar?. Por un momento intenté concentrarme en lo sucedido pero ninguna imagen me aclaró nada. Me senté en un pequeño sofá, frente a un televisor donde salían imágenes indiferentes para mí. Al fin tuve valor y abrí la puerta. Me dolían las piernas y apenas podía caminar. Con pasos torpes fui hacia una escalera y finalmente me decidí a bajar. Aquellos peldaños me resultaron interminables, pensé que caería rodando hacia quien sabe qué lugar. No veía el final del trayecto, estaba tan cansada. Finalmente me encontré en una sala aún mayor, con más luz y aquello me gustó. Me acerqué a la ventana y noté un ligero bienestar. Volví a sentirme tan sola, no había nadie, ¿quién podría aclararme algo?. Esperé un largo rato intentando descifrar lo sucedido. Vagué de un sitio a otro sin saber muy bien qué hacer. De repente se abrió la puerta y alguien entró, no podía distinguirle con claridad pero se acercó hacia mí y con una voz suave me dijo: - hola mamá, ¿qué tal el día?. No supe qué contestarle, únicamente le miré un largo rato hasta que finalmente le dije: - ¿Quién eres tú, qué ha pasado?. Aquel hombre me miró dulcemente y me agarró la mano, se sentó en frente de mí y no dijo nada, únicamente lloró y aquella lágrima cayó sobre mis dedos, pero no la quité, me gustó, por un momento la sentí cercana e incluso él me pareció cercano.

RELATO PREMIADO EN TERCER LUGAR: "LOS PIES", de Jaime DML

El dolor era ahora tan fuerte que le costaba concentrarse en cualquier otra cosa: las sombras de los cascos puntiagudos que se movían en la trinchera de enfrente, los disparos de ametralladora que pasaban por encima de sus cabezas a cada rato, incluso el recuerdo de la imagen de Illiana bañándose casi desnuda en el arroyo; pensara lo que pensara siempre regresaban aquellos malditos pies: doloridos, congelados, con un dolor que desde hacía media hora se estaba haciendo insoportable. Si pudiera abandonar su puesto, acercarse al refugio, pensaba, aunque sólo fueran unos minutos; podría cambiarse los calcetines mojados y las hojas de papel con las que se había envuelto los pies esa mañana. Ahora cuando se movía miraba de reojo hacia abajo, arrastrando un poco de nieve y barro bajo las suelas, y podía ver las burbujas moviéndose entre las grietas de sus botas, y eran como agujas que se le clavaban hasta los huesos. Una nueva ráfaga de balas atravesó la tierra de nadie y pudo oír los impactos en el talud de barro delante a él. «¡A cubierto!» Escuchó el grito del teniente, ya innecesario. Se encogió por instinto y los pies volvieron a acuchillarle dentro de las botas, juró entre dientes, y casi con lágrimas en los ojos dio un puñetazo a la pared de la trinchera, las manos estaban secas, pensó cuando se pasó el dolor para animarse, si se hubiesen mojado los guantes también entonces sí que estaría desesperado, pero eran sólo los pies. Calculó nuevamente lo que tardaría en regresar al refugio, apenas veinte pasos; se secaría con la manta, rápidamente, y luego le cogería las botas a Misha, ese cadáver que les miraba desde el suelo con sus botas secas. Con unas camisetas dentro los pies cogerían temperatura, entonces no le importaría salir al asalto de la trinchera enemiga, con unos pies calientes un hombre puede saltar y correr por el barro helado sin miedo a la muerte. Volvió a pensar en cual sería el rancho de aquél día, aunque ya lo sabía: las mismas coles de ayer y de antes de ayer; y los pies le dolían, ya no sabía si más que antes o desde hacía un tiempo era igual, dudaba que a estas alturas realmente pudiese andar. Un grupo de soldados apareció y se apretaron junto a la pared de la trinchera. Uno que se quedó a su lado resoplaba y tosía con voz ronca; le miró: «¿Que tal niño? ¿Estás preparado? ». «¡Calen las bayonetas! » Cuando escuchó la voz de mando se dio cuenta de que todos los que habían llegado tenían ya las bayonetas caladas. Tomó la suya con las manos algo temblorosas y la enroscó en la boca del fusil; sintió la adrenalina recorriéndole el cuerpo dándole calor. «¿Vamos a cargar?» murmuró, sin apenas voz « Si, muchacho » Miró al hombre: tenía una barba descuidada manchada de barro y unos ojos oscuros rodeados de arrugas, pensó que quizás hubiese estado antes en otros asaltos, y que hubiese sobrevivido a ello. Dos ametralladoras comenzaron a disparar hacia la trinchera de enfrente, el sonido era tranquilizador: los otros estarían ahora escondidos. «¡Ahora! ¡A la carga! ». Los hombres comenzaron a escalar los dos peldaños que les permitirían asomar el cuerpo sobre la trinchera gritando «¡Hurra!» con todas sus fuerzas, quizás simplemente para darse ánimo en esa carrera suicida. El hombre de la barba gritaba también, con una voz ronca y baja, mientras se apoyaba en su fusil para saltar. Él le imitó y al impulsarse sintió dos nuevas cuchilladas dentro de sus pies, resbaló hacia atrás y volvió a sentir un dolor insufrible al caer donde estaba. «¡Soldado! ». Levantó la vista y vio al teniente mirándole con los ojos desorbitados mientras le apuntaba a la cabeza con su pistola. Él se arrimó nuevamente en la pared de la trinchera y volvió a impulsarse hacia arriba. Llorando por el dolor empezó a trepar apoyándose con los codos y el fusil. Cuando ya pensaba que no podría subir sintió que el teniente le sujetaba del cuello del abrigo y tiraba de él, entonces pudo arrastrar el cuerpo sobre el borde de la trinchera. Levantó la mirada desde el suelo y vio algunas figuras oscuras caídas sobre la nieve a unos pasos frente a él y una línea de hombres que avanzaban encogidos unos metros más adelante. Se incorporó a medias y comenzó a andar, no podía articular el movimiento de los pies y andaba como un grotesco muñeco sobre zancos, cerrando los ojos por el dolor y con un grito ronco continuo. Entonces sintió un empujón en un brazo y cayó de espaldas al suelo, se quedó inmóvil mirando hacia el cielo gris de aquel día de invierno. Unos segundos después pensó: me han herido en un brazo, no estoy muerto. Me secaré los pies, se dijo entonces, y podré ver nuevamente a Illiana, bañándose casi desnuda en nuestro arroyo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

FALLO DEL JURADO: certámen literario Alberto N. García Prieto

Hoy se han fallado los premios del 1er concurso literario ALBERTO N. GARCIA PRIETO
Vuestra participación ha sido muy importante. Finalmente se han presentado 43 cuentos y relatos. En lineas generales tenemos que deciros que con un muy buen nivel literario.

Los cinco miembros de un jurado de "reconocido prestigio", han valorado cada uno de los cuentos presentados, estableciendo dos categorías finales: cuentos premiados y cuentos finalistas.

Las ganadoras o ganadores (no queremos dar mas pistas) del presente certamen literario han sido ya avisados telefonicamente, aunque no se les ha comunicado en ningún momento en que lugar han quedado dentro de la escala establecida en las bases. Será el día 14 de diciembre en el local del Comité de Empresa de Cepsa - Avda Partenon 12- planta baja, cuando se les hará entrega de certificado y premio.

A las 14,00 horas. Quien quiera y pueda acudir, está invitado.

Los premiados o premiadas nos leerán sus laureados relatos, que, de acuerdo con las bases del certámen, serán publicados en este blog.

Se procederá igualmente a hacer una foto de familia para su posterior presentación en nuestra web del megáfono baúl de las letras http://megafonobauldelasletras.blogspot.com/