martes, 13 de marzo de 2012

Prozac o proHate - FINALISTA -EVA SANCHEZ


Prozac o proHate*

(Primera)

       Estoy dentro de la sala..llevo una falda de tubo que se queda a la altura de mis rodillas atascada al sentarme en la silla , mis pies están juntos , mis rodillas se tocan ,,,,hace calor así que no llevo medias ,  mis zapatos son abiertos y planos por lo tanto cómodos , arriba llevo una camiseta, es de manga corta …todo es de color oscuro…casi negro.

Estoy intentado dejar de mirar mis pies y levantar la vista para verte ..no puedo,,,la vergüenza hace que no pueda alzar la vista , me avergüenzo de mi misma. Me es imposible mirarte. Dejo de pensar en mi arrepentimiento que no sirve de nada  y giro algo la cabeza..en dirección a la salida de la sala
Oigo el murmullo de la gente que pasa por delante de la puerta ,también se oye a lo lejos el frenar de los coches porque hay un cruce de calles  cerca, el olor a tabaco que entra en nuestra sala y es que el maldito humo de los cigarros mal apagados que la gente deja en el enorme cenicero que hay colocado en  la entrada de la sala se cuela lentamente aquí dentro .
-”Porque no apagan bien el pitillo?”-, me pregunto…”nos molesta el humo!!.”- .
Me empiezo a enfadar…ha pasado otro tipo y ha mal_apagado el pitillo….Me levanto de la silla y voy dirección a la puerta …pero no doy ni un paso y me vuelvo a sentar de nuevo.
Mi silla es de madera marrón clara, con el cojín tapizado con una especie de terciopelo color café y flores de lis negras…decenas de series de flores de lis …ese es mi sitio desde hace horas.
Nadie repara en mi , nadie me mira , nadie conversa conmigo.
[.....]

 (Segunda)

    Estoy mirando como juegas , tú estás en el pasillo sentada con las piernas estiradas y abiertas, muy separadas.
Trasteas en casa con esos cubos de plástico de muchos colores y diferentes tamaños, esos  que te gustan tanto, son unlos cubos que  apilas cuidadosamente uno encima de otro  y que cuando los  consigues mantener en equilibrio y convertir en una torre  tiras de un manotazo…al chocar con el parquet tu ríes sola…antes cuando lo hacías me mirabas, ahora estás tan acostumbrada a jugar sola que ni me miras, ni me buscas…estoy segura de que ni te percatas de que llevo un rato observándote …ni tan siquiera piensas  que estoy aquí.
Yo estoy hablando ahora con unos “amigos” pero me he quedado un momento como concentrada en ti , en lo feliz que estabas siendo en este momento.


La gente que nos visita hoy en casa es anónima, la he conocido hace algunos días en la calle y enseguida  ofrecí mi casa  para tomar unas copas y charlar. Lo que sea para escapar del tedio que me acecha ,,,así que la secuencia que repito con ellos en mi salón es esta: sonrío , hablo,  escucho aparentemente y  fumo.Los invitados ya  andan  por mi piso con toda confianza….yo me fio.,me parece que todo da igual no importa lo que haga.
Escapo del coloquio y  voy a la habitación grande, abro el cajón de la mesilla que hay a la izquierda de la cama,  sobre ésta hay un vaso con Coca Cola, ya está caliente …saco una caja, aplasto el plástico transparente de la tableta y sale expulsada una pastilla …TODO ES EXTRAÑO…para seguir conversando con ellos necesito esta pastilla , esta tarde me estoy pasando ..lo noto porque agarro el vaso para ayudarme a tragarla y a la vez intento sentarme en la cama, pero lo hago demasiado al borde y la bebida se derrama en mi vestido…El vestido que llevo hoy  es muy ligero, fresquito…típico de ésta época del año, es corto y de color claro..me sobra bastante…tiene tiempo y la perdida de peso en estos meses es más que evidente.
Seco con una pañuelo la mancha de la bebida en la tela y salgo de nuevo a la reunión ….en el salón hace más fresquito…sobre todo en la parte donde estás jugando. Ellos (l agente)han abierto la puerta de la terraza que da al salón y el ventanal que hay al final del pasillo y la corriente de aire hace que la tarde sea mas agradable…yo sudo menos…la excesiva ingesta  me produce siempre un terrible calor.
[..........]
No escucho el chocar de los cubos contra el parquet.

 (Tercera y última)

       Uno de ellos me llama…lo que estaba pensando se vá de mi cabeza y comienzo a conversar con él…más bien él conversa conmigo .Me cuesta centrarme en lo que me dice, el tema del que me habla no es que sea aburrido pero creo que la mezcla me está haciendo que sea imposible mirar a los ojos y , a la vez, mantener un diálogo coherente..intento mantenerlos abiertos y mirar a los suyos para dar sensación de serenidad….se me está haciendo difícil así que decido volver a la habitación grande y abrir de nuevo el cajón y saco otra de las cajas que guardo y repito la operación. Ésta vez me cuesta llevar el vaso a mis labios…no encuentro donde apoyarme ..la cama me parece lejana, me confirmo que la habitación está quieta soy yo la que no paro de moverme, trago a secas y vuelvo con los “amigos” y lo hago con dificultad, ahora si que soy incapaz de mantener conversación alguna porque tengo miles de pensamientos, se apilan unos encima de otros sin tener relación. Entre ellos me viene el del ruido con tus cubos y que antes …hace ya no se cuanto tiempo,..me extrañó no oirlos….Giro mi cabeza hacia el pasillo y después mi ojos intentan enfocar…solo veo el reflejo de la claridad del ventanal en el parquet brillante …veo algunos de los cubos y sus sombras en esa claridad ..no estás..Hago un leve sonido de angustia, ellos no se dan cuenta yo , como puedo, llego a la altura del pasillo donde jugabas…empiezo a decir tu nombre ..Cada vez lo digo mas alto hasta que termino gritándolo..Miro hacia el ventanal que abrieron y veo como las cortinas blancas entran a casa y salen a la fachada…se mueven con el viento, parece que bailan. Me acerco lentamente a ellas y comienzo a oír el murmullo de la multitud, el sonido de una sirena. Estoy en el borde del ventanal y muy asustada miro hacia abajo.
Te rodean , veo uno de los cubos a tu lado, es el de color naranja hace contaste con el rojo que inunda la acera poco a poco.


[......]

Estoy dentro de la sala..llevo una falda de tubo que se queda a la altura de mis rodillas atascada al sentarme en la silla , mis pies están juntos , mis rodillas se tocan ,,,,hace calor asi que no llevo medias y mis zapatos son abiertos y planos… así que cómodos , arriba llevo una camiseta, es de manga corta …todo es de color oscuro…casi negro.
Estoy intentado dejar de mirar mis pies y levantar la vista para verte ..no puedo,,,la vergüenza hace que no pueda alzar la vista , me avergüenzo de mi misma …me es imposible mirarte.
Nadie me molesta, nadie me mira, nadie conversa conmigo.
Han entrado los operarios ya , están contigo…van vestidos de marrón verdoso. Ese color es horrible, tanto como este lugar. Están retirando las flores que tienes alrededor. Me levanto de mi silla, me acerco mientras pienso:-”tengo que mirarte por última vez”-…Ando despacio y me acerco al enorme ojo de buey que nos separa , pongo las palmas de mis manos en el cristal..apoyo mis labios y te lanzo un beso…los que están dentro me miran , me piden consentimiento y yo con una gesto de cabeza se lo doy …estás encerrada, ya nunca mas te vas a caer.
Hay una voz que me dice “…ahora ya sólo tienes que pensar en ti.”

 
* El Prozac o también llamada  Fluoxetina, el principio activo de la llamada "pastilla de la felicidad", tiene el mismo efecto que tomar pastillas hechas con azúcar, es decir placebo, cuando se trata de personas que sufren depresión .

domingo, 11 de marzo de 2012

PILAR RAMIREZ -FINALISTA- TITULO: FELIPE

Qué larga se hizo la espera en la consulta médica, tanto que empecé a trastear el móvil y decidí poner al día la agenda. Este gesto me cuesta mucho porque siempre pienso que cualquier teléfono que borre, lo necesitaré más adelante. Llegué al tuyo y dudé un instante. Pensé que ya tenía el de tu mujer y así habría más sitio en la agenda, aun así dudé de nuevo, hasta que finalmente mis dedos seleccionaron “borrar”. Tuve una sensación extraña, sentí pena y ahí terminó todo. Pocos días después supe que ya no podría llamarte nunca más.
Te recuerdo amable, discreto, de gesto tranquilo y mirada nostálgica, nunca una mala cara ni una frase a destiempo. La última vez que hablamos fue un breve encuentro de palabras de ánimo por tu reciente intervención quirúrgica. Allí estabas, venciendo los obstáculos y diciéndome que había que tirar para adelante. Te operaste por eso mismo, porque deseabas seguir, caminar, viajar, disfrutar de las pequeñas cosas, porque aún te quedaban muchas otras por hacer.
Me costó llegar al fondo del pasillo donde el tumulto de gente me hizo pensar que allí descansabas para siempre. Estoy segura de que te hubiese gustado ver cuántas personas te acompañaban en éste tu último viaje. Me dirigí a tu esposa, ya no lloraba. Vi en ella una enorme resignación producto de los días de espera de un desenlace que tristemente no fue el que deseábamos.
Allí estaba, rodeada de gente y, sin embargo, tan sola. Pensé qué pasaría cuando regresase a esa casa tan grande donde tú ya no la esperarías y rememoré de nuevo las palabras de amor que hace años le dedicaste, cuando apenas te conocía. Fueron palabras tan sinceras, tan emotivas. Es una mujer afortunada por haberte tenido al lado apoyándola y queriéndola así, ahora tendrá que continuar el camino sin ti.
Qué cruel es el destino, hoy seguimos adelante sabiendo que no te veremos más, tampoco te escucharemos, ni conducirás de nuevo ese coche que permanece en el garaje como si aún siguiera esperándote, ése que pronto conducirán otras manos y en cuyo volante aún permanecen tus huellas.

No me consuela saber que no te has enterado de nada, no me consuela el que hasta el momento vivieras cada minuto, no, no me consuela, más bien me entristece el pensar que tu tiempo aquí ha terminado, porque tu tiempo para ti era importante y porque está claro que para todo lo que aún te quedaba por hacer ha sido insuficiente.
Todo alrededor permanece como lo dejaste, como tu recuerdo, inalterable. El recuerdo de una persona amable, dulce, que en la vejez supo decir a su compañera de toda la vida cuánto echaba de menos todo de ella cada vez que no estaba, especialmente su olor, ese maravilloso olor de las personas a las que amas y que te has llevado contigo.


viernes, 9 de marzo de 2012

CONCEPCION GOMEZ DE ANDRES-FINALISTA-ESCUCHA MIS OJOS


ESCUCHA MIS OJOS.

Corría a gran velocidad sobre la arena de aquella playa. Iba y venía sin parar. A veces casi volaba. Me sentía libre.
Y de nuevo corría, y chocaba una y otra vez contra aquellas olas, pero no me hacían daño. El agua se abría y envolvía mi pequeño cuerpo mojando todo mi negro pelo.
Pelo negro y brillante como el azabache  Y me sentía libre.
Y luego corría hacia ti. Te miraba. Nuestros ojos se cruzaban. Y saltábamos y brincábamos juntas.
Era feliz.    Mis ojos brillaban.
Más tarde, echada sobre la arena recordaba el día en que te vi por primera vez.
Mis ojos estaban tristes.

Recuerdo cuando cruzaste aquella puerta que cerraba la valla metálica y quise hablarte, pero no podía pues no tenemos, como vosotros,  el don de la palabra.

Mis colegas me habían dicho que en aquel lugar, cuando venían visitas de humanos teníamos que alegrarnos porque venían a llevarnos con ellos. Me decían que era algo bueno, que nos llevaban a un nuevo hogar.   Que era la oportunidad de ¡¡un hogar definitivo!!.
Pero yo no lo entendía bien pues ya estaba en mi hogar.  Hacía un año y medio que me encontraba allí -desde que era una cachorrita- y no recordaba haber estado en ningún otro. Pensar en un sitio nuevo y desconocido me daba miedo.
 Y me daban miedo nuevos humanos pues algunos colegas me habían dicho que algunos humanos no nos trataban bien y que, a veces, nos dejaban solos, abandonados a nuestra suerte.                                                    1/3
Sin embargo, los humanos que estaban allí eran muy buenos. Nos querían mucho a los que ya éramos de la familia y también a los nuevos hermanos que venían de la calle, que a veces llegaban casi sin parar.                        
Ellos nos cuidaban. Nos daban de comer, curaban nuestras heridas, y no solo las físicas, nos ayudaban cuando estábamos enfermos, nos lavaban cuando estábamos sucios y nos secaban cuando nos mojábamos. Y aunque éramos muchos también nos hacían mimos y jugaban con nosotros.  ¡¡ Nos querían!!¡¡Eran nuestra familia!!.

Pero mis colegas eran buenos amigos y  me insistían. Y yo confiaba en ellos.
Me decían que tendría la oportunidad de tener mi propio techo, que ya no pasaría frío en el tiempo en que la tierra y el cielo se volvían blancos y que tampoco pasaría tanto calor cuando el Sol brillaba tan fuerte en el cielo.
Me decían que no me mojaría cuando caía agua del cielo y mi pelo y mi cuerpo se empapaban y no podía echarme pues se hacían grandes charcos en el suelo.
Me decían que ya no pasaría miedo cuando nos quedábamos solos y todo era oscuridad.
Me decían que tendría ¡¡una familia propia!!!. Me decían…...
Y, al final, me convencieron y también deseé tener ¡¡mi oportunidad!!!

Entonces, empecé a acercarme cada vez que venían visitas de humanos.
Me alegraba mucho pensando en ¡¡mi oportunidad!!!. ¡¡Mi hogar definitivo!!!.
¡¡Mi familia propia!!. Pero …………no me veían, ¡Nadie se fijaba en mí!!.
Yo sabía que no era tan guapa como otros colegas, ni tan graciosa como los cachorros, y que mi pelo era totalmente negro, pero no entendía porque no me miraban, no me daban la oportunidad de decirles todo lo que deseaba…… No lo entendía.                                                                                                                                                   2/3

Y así, una y otra vez, siempre lo mismo, venían las visitas y me acercaba, pero siempre era lo mismo.  Parecía invisible,… ¡No me miraban!!.  Mis ojos estaban tristes.

Y nació un nuevo día. Y llegó una nueva visita,  Fue aquel día en que te vi, en que os vía por primera vez. Quería intentarlo de nuevo pero ¡no tenía fuerzas!.
Vi como mis compañeros saltaban a vuestro lado, como ibas y venías, y deseé ir contigo, ir con vosotros, pero yo seguía invisible.
Fue en aquel momento en que estabais cerca de mi y os veía dudar cuando quise intentarlo una vez más. Me acerqué. No sabía que hacer y me arrimé. Me quedé pegada a ti unos momentos, suavemente.   Quería  acariciarte con mi cuerpo. Sin molestar.

Necesitaba que te fijases en mí. Entonces hice lo único que sabía. Mirarte y desear con todas mis fuerzas hablarte. Quería  hablarte con  mis ojos .
Quería decirte que aunque invisible, estaba allí, que existía, que tenía mucho que ofrecer, que si me llevabas a tu lado tendrías toda mi amistad, mi compañía y mi lealtad.
Que te ofrecía mis juegos, mis saltos y mi alegría....
Que te ayudaría y te protegería……
Que tendrías mi amor incondicional…..... y…………. toda mi vida.
Y mis ojos quisieron decirte todas estas cosas. 
Fue entonces cuando nuestros ojos se cruzaron y me escuchaste.
 Escuchaste mis ojos y pude decirte todo lo que quería.
¡¡Aquel día  me hice visible al mundo!!!.
Y ahora, cuando nuestros ojos se cruzan: ¡Te miro y me escuchas!.
¡Hoy mis ojos brillan!
                                                                                                                                                   3/3

Y desde estas líneas, quién escucha esos ojos, quiere dar las Gracias a estos seres tan especiales.
Y Gracias también  a todos aquellos que de una u otra manera los ayudan y decir  que hoy día hay muchos animales abandonados que esperan tener la oportunidad de:
Regalarte  su vida.

sábado, 3 de marzo de 2012

la soledad de LAURA por Angela Suarez - FINALISTA-



Otro  día más,pensó Laura mientras  atusaba sus primeros cabellos blancos,sería una jornada igual que la anterior,nadaimportante que destacar, una rutina que llevaba con resignación desde que falleciera su querido Manuel.
Preparó como siempre la bandeja con el café y las madalenas  y se acercó a la  ventana para ver pasar a la gente, personas que sin saberlo la acompañaban cada mañana, con ellas se sentía menos sola, eran como una familia sin nombres, pero a ella le bastaba.
 El día había amanecido soleado, pero frío,  pronto comenzaría el invierno y sería más difícil dar un paseo por el parque como hacía cada mañana.
Se colocó el abrigo y anudó al cuello una gruesa bufanda regalo de una buena amiga tiempo atrás. Cogió del armario un gorro marrón que guardaba desde hacía muchos años y del que nunca quiso desprenderse,le traía muy buenos recuerdos, pero optó por dejarlo una vez más en el mismo rincón.
Salió a la calle y con paso ligero, rodeó la manzana de casas que le separaba de la entrada a los jardines, había poca gente, algún deportista madrugador, y varias personas que pasaban de los sesenta, ella pronto los cumpliría, pero se sentía llena de vitalidad.
Dirigió sus pasos hacia el estanque, era una delicia contemplarlo a esa hora, sin la algarabía de las barquitas llenas de jóvenes remando, sólo se oía el ruido de las hojas rezagadas al caer,que aún quedaban en los árboles y que el viento otoñal lanzaba al agua.
Continuó su paseo, ¡Cómo agradecía los rayos de sol de un incipiente invierno que para nada deseaba!, era más feliz en primavera, incluso los calores del verano se le hacían más llevaderos que los fríos y gélidos días invernales.
Llevaba una hora paseando y pensó que ya debería regresar a su hogar, pero algo que no supo analizarle hizo desistir y continuar por más tiempo, la verdad es que hacía una mañana preciosa y no tenía prisa por volver, nadie la esperaba, así que tomó un camino que llevaba a una especie de gran gruta donde solía haber exposiciones de arte.
El recinto era muy original, entre las paredes surgían unas vidrieras por las que se filtraban los rayos de sol que iluminaban las salas, dándoles unos contrastes espectaculares de luz. Recorrió todas ellas despacio, disfrutando con cada obra, entre sus aficiones la pintura era una de las que más le atraía.
De pronto oyó que alguien pronunciaba su nombre, se volvió sorprendida y se encontró con la persona que menos podía imaginar, Alfredo, un antiguo amigo de su difunto esposo al que siempre apreció y del que no había vuelto a tener noticias desde hacía un montón de años.
Mi querida amiga, ¡No puedo creer que seas tú!, ha pasado tanto tiempo. Desde mi partida a Inglaterra no había vuelto a saber nada de vosotros, pero cuéntame cosas, ¿y Manuel?, ¿cómo se encuentra?. Bajó la vista y le comunicó su fallecimiento hacía ya siete años, y que vivía en la misma casa que él conocía y en la que tantas veces habían estado junto a otros amigos, compartiendo cenas y copas.
No te  imaginas cuánto lo siento, Manuel era para mí como un hermano y me duele mucho su pérdida, pero ¿cómo llevas la soledad?,  pues recuerdo que no teníais hijos, y en esos momentos te hubiera hecho mucho bien su compañía.
Dirigieron sus pasos hacia la salida, se había hecho un gran silencio entre ellos, posiblemente rebuscaban en sus recuerdos y uno de los dos tendría que romper esos prolongados instantes.
Siguieron paseando un buen rato, empezaba a levantarse un viento fresquito y debía volver a casa.
Me gustaría mucho comer contigo, ¿aceptas la invitación de un viejo amigo?, preguntó él sin muchas esperanzas.Desde luego, contestó  ella de inmediato encantada de hacer algo distinto ese día.
Eligieron un restaurante cercano a su casa, hacía mucho tiempo que no visitaba ninguno, así que se acomodó en la silla y sonrió satisfecha, demasiado tiempo sola, pensómientras miraba con curiosidad a los comensales próximos a su mesa.
 La comida transcurrió relajada, no paraban de hablar, cada uno iba desgranando las vivencias de todos esos años y la cercanía entre ambos se hacía más evidente a medida que transcurría el tiempo.
Salieron del restaurante y con paso ligero, pues comenzaba a refrescar, se dirigieron a la calle donde ella vivía. Por el camino, Laura pensó que podrían tomar café en su casa, al fin y al cabo era una persona viuda y nadie podría recriminarle por ello, hasta su querido Manuel lo hubiera aprobado, pues habiendo sido casi hermanos debería tratarle como a un miembro de la familia.
Mientras metía la llave en la cerradura, pensó si lo que hacía era lo más correcto, pues en su interior comenzaba a nacer como una ilusión, una esperanza, algo nuevo que no sabría explicar, quizá estuviera a punto de acabar con esa soledad que la consumía.
Toma asiento dijo, mientras se desprendía del abrigo y colocaba el de él en una butaca, enseguida prepararé un café, o quizá prefieras un chocolatito muy caliente. Eso del chocolate suena muy bien, acepto la oferta.
Desapareció de la sala y regresó de nuevo con una gran bandeja,en la que reposaban dos humeantes tazas de chocolate y una fuente repleta de bizcochos.
Está  delicioso dijo él limpiándose una gota que le escurría por la barbilla. La fuente iba quedando vacía y la merienda tocaba a su fin. ¡Cómo ha pasado el tiempo! Dijo ella. Ha anochecido, que cortas son las tardes del otoño y más serán en invierno. Cómo anhelaba los largos días de junio.
Recogió de la butaca el abrigo y los guantes de su amigo y se los entregó con tristeza, iba a quedarse de nuevo sola y no le agradaba la idea.
Por un instante pensó que la vida podía darle una segunda oportunidad y no quería dejarla escapar de ninguna manera, así que comenzó a detallarle sus solitarios paseos por el  parque, cada día, cada mes, cada año,y tímidamente le preguntó ¿tú sueles pasear por allí o sólo fuiste a la  exposición?. No, no acostumbro a dar paseos, nunca me ha gustado el deporte pero comprendo que me vendría muy bien, pues los años pasan y la vitalidad se va perdiendo cuando has cumplido los 70 como es mi caso, así  que si tú quieres,podemos dar el paseo juntos.
Durmió toda la  noche de un tirón, no recordaba la última vez que algo igual hubiera ocurrido.
Como cada día, se preparó el café y las madalenas, se acercó a la  ventana, pero sólo de refilón observó a los viandantes que pasaban bajo  ella,  se sentía diferente, acababa de descubrir algo nuevo en su interior, algo perdido con el tiempo.
Se colocó el abrigo, anudó al cuello la gruesa bufanda de lana y cogió del rincón del armario el viejo gorro marrón que nunca quería ponerse. Presentía que algo iba a cambiar en su vida, los buenos recuerdos que le traía ese gorro eran el principio
Atravesó las grandes puertas por las que se accedía al parque y allí estaba él, apoyado en la barandilla que bordeaba el estanque, le pareció de lejos  más alto que el día anterior, y el corazón comenzó a latirle con más fuerza. Verdaderamente no era la misma, algo había cambiado y se alarmó.
Se saludaron muy cariñosamente y comenzaron el paseo. El día había amanecido  fresquito pero lucía el sol, un sol de final de noviembre que calentaba poco pero brillabamucho, era perfecto para pasear entre los montones de las hojas caídas de los árboles.
Se aproximaba la hora de comer y ninguno de los dos se atrevía a tomar una decisión, o lo hacían juntos, o quedaban para el día siguiente, o tal vez no volverían a verse.
No estaba dispuesta a quedarse sola otra vez, así que se armó de valor y le preguntó sin más preámbulos ¿Te gustaría acompañarme acomer?, sería en mi casa, prosiguió, algo sencillo. Desde luego, contestó él de inmediato, me agradaría mucho.
La sobremesa se prolongó hasta casi las cinco de la tarde, entonces él dijo: propongo un paseo por la gran avenida y después ver una  película en alguno de  suscines. Genial, dijo ella, es una idea magnífica y corrió a ponerse el abrigo, la bufanda de lana y elgorro marrón que por fin   había salido  del rincón del armario.
**********
Esa noche como solía hacer, habló con Manuel, le contó lo de su amigo y lo feliz que era, seguramente no volvería a estar sola,  necesitaba un poco de tiempopara conocerle, pero estaba segura que saldría bien y le dio las gracias, gracias por haber hecho el milagro de poner  a su mejor y más querido amigo en  su vida.

domingo, 26 de febrero de 2012

PAKO GALAN - SIN TITUO - finalista

He llamado al 092. Serían las cuatro de la mañana de hoy, cinco de octubre, y la conversación ha sido más o menos así:
Voz: _Diga.
Yo: _ ¿Policía?
Voz: _ Si, dígame.
Yo: _ Hay unas personas en los jardines con linternas. Tienen toda la pinta de estar robando.
Voz: _ Dígame la dirección.
Se la digo.
Voz: _ ¿Se puede acceder?
Yo: _ Saltando, bueno, se cierra con llave pero a veces puede que se haya quedado abierto…
Voz: _Vale, voy a mandar una patrulla a ver si ven algo.
Me vuelvo a asomar desde la ventana  superior de mi adosado y allí veo las linternas a tres o cuatro casas de la mía que vuelven, lentamente, saltando de jardín en jardín.
Ya hace casi media hora que oí ruido en mi parcelita y al asomarme, vi como alguien desde el jardín del vecino alumbraba al mío mientras susurraba: “fuera, fuera.” Yo no he visto a nadie y entre sueños me he vuelto a acostar pensando que mi vecino era “rarito.” Al rato en el duermevela ha sido cuando he caído en que tenían que ser “chorizos” y me he vuelto a asomar. Al ver las luces en otra propiedad cercana a la mía, no me ha quedado duda y he hecho lo que se aconseja: Llamar a la policía según he relatado líneas arriba.
Ahora, suena mi teléfono y la voz de antes me dice: _ Esa calle no existe.
Le repito la dirección y me pregunta el piso.
Le digo que es un adosado, es una calle de adosados. Me pide disculpas y que ya manda la patrulla.
Mi mujer que se ha despertado al oír la llamada, se pone rápidamente al corriente.
Al rato, los supuestos “chorizos” han vuelto a mi jardín. Procuramos no hacer nada que pueda alertarlos para ver si llega la policía y los pilla.
Pasados varios minutos,  encendemos la luz del jardín y al poco se oye el ruido de la verja comunitaria al cerrarse.
_ Será la policía, le digo a mi mujer.
 Unos minutos más y no pasa nada.
 Cerramos a cal y canto y me voy a correr como cada mañana.
En la calle, nada ni nadie. Ni cacos, ni policías, ni el cristo que lo fundo.
Me digo que como hay anunciada huelga para hoy, puede que los “polis” estén vigilando los colegios para que no vayan los sindicalistas liberados a atentar contra la libertad de los esquiroles poniendo silicona en las cerraduras.
También puede ser que el ayuntamiento este ahorrando dinero en gasóleo.
Y ¿los cacos? qué necesitados y qué chapuceros, volviendo sobre sus pasos, cuchicheando…
Y ¿Yo?  ¿Qué les digo mañana a los vecinos? ¿Que no me he puesto a dar voces para ver si los pillaba la policía? ¿Y si mientras tanto han desvalijado a alguno?
Moraleja, Si me vuelve a pasar, NO llamar al 092.
Siempre puedo dirigirme amablemente a los ladrones, por ejemplo así: Señores, que les he echado el ojo y no me gustaría tener que tomar medidas drásticas, así que hagan el favor de marcharse por donde han venido.
 Claro que aún me queda probar con la Guardia Civil – Teléfono 062.

Pako Galán

jueves, 23 de febrero de 2012

BROMA NAVIDEÑA - finalista- Consuelo Durandez



BROMA NAVIDEÑA

Pese al frio, aquel sábado por la mañana salí a correr por el parque como venía haciendo las últimas semanas. Subí hasta el Retiro por Alfonso XII y entré por la puerta del Angel Caido. Ya desde allí comencé con un trote ligero para que mis piernas, no tan en forma, fueran cogiendo calor y compás. A la altura de la Rosaleda, la marcha ya tenía el ritmo habitual con el que me despachaba los kilómetros que tenía marcados como objetivo.
Tras una hora de carrera y ya con todos los músculos, incluido el corazón, al límite de mis humildes posibilidades deportivas, acabé con el ejercicio buscando agotado un rincón en el que recompensar mis esfuerzos. Eché una ojeada y localicé un banco que me invitaba acogedor al reposo del guerrero que me había autoimpuesto llegar a ser.
Me desplomé sobre la dura tabla de madera abrazando el respaldo con ambos brazos y me dispuese a ojear el tendido, actividad siempre placentera y más tras la tunda que me acababa de meter. En el recorrido visual un períodico, escondido apenas bajo el banco, me llamó la atención. Doblando el espinazo con holgazanería recogí del suelo el ADN olvidado para echar un vistazo perezoso a los titulares.
Una fotografía me hizo incorporarme y mirar con interés la noticia. Allí estaba yo, con un décimo de loteria navideña delante de la cara, entre una multitud de burbujeantes personajes empuñando botellas de Freixenet. No puede ser, a mi nunca me había tocado la loteria y desde luego no estábamos en navidad. Pese a sentir que era una tonteria repasé mentalmente el calendario del dia en que me hallaba, 17 de noviembre, miré la fecha del períodico que tenía entre las manos, 22 de diciembre, ¿quién o qué me estaba gastando una broma?. Miré a mi alrededor y no ví nadie semiescondido riendose del pasmo de mi cara, no obstante recompuse el gesto. Seguro que me estaban tomando el pelo. Me levanté, y primero discretamente y luego sin ningún pudor, busqué al autor del cachondeo. Nadie, no había nadie en los alrededores. Bueno, todo se aclarará en algún momento, pensé y con el diario bajo el brazo y la cabeza dándome vueltas, me dispuse a volver a casa. ¿Qué otra cosa podía hacer?.
Desde aquel día, pese al convencimiento de ser víctima de una burla, mi lado menos racional, ese que jamás reconocería en público, me llevó a buscar con la ayuda de internet y en todas las administraciones de loteria del país, el número premiado que aparecía claramente en la foto del ADN. Tenía que hacerme al menos con un billete de ese número para el sorteo de navidad del diciembre que aún no había llegado.
La certeza de lo absurdo de la situación no me impedía que me concomiera el desasosiego, y al final la decepción cuando comprobé que no había posibilidad alguna de satisfacer el “por si acaso”. Todos los boletos de todas las series del dichoso número estaban ya vendidas.
Pasé todo el mes de diciembre entre el malestar y el escepticismo, y finalmente llegó el día del sorteo. Como todos los años, sobre las ocho y cuarto de la mañana saqué la radio que, para ocasiones como esa, tenía en el cajón de los trastos de mi mesa, y sintonicé con radio nacional que era mi emisora favorita para adormecer la mañana de todos los 22 de diciembre al runrun de la cantinela de los niños, ahora tambien niñas, de San Ildefonso.
Comencé a trastear con el ordenador para inaugurar la rutina del trabajo diario mientras mi oido se acomodaba a los ruidos de telón de fondo del salón del sorteo y a la voz del locutor de turno, que iba reiterando los pormenores de los preparativos del juego tambien como cada año. Al rato comenzó la letanía de los premios. Dos mil cuatrocientos setenta y cuatro, y su réplica, mil euros… Y de vez en cuando el ronroneo de las bolas rotando perezosas en los bombos, acompañado de alguna anécdota del periodista que conducía el programa.
Eran las doce de mediodía y mis nervios y expectación se unían a los que emitían los espectadores del sorteo desde la retrasmisión de la radio. Ya se habían cantado los dos cuartos, el segundo y el tercero y siete quintos, y aún no había salido el gordo. Setenta y cinco mil ciento cuarenta y uno, mil euros… Un temblor en la voz del niño me alertó: Treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno, y a continuación el grito, ¡tres millones de euros!, ahí estaba, ¡treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno!, ¡tres millones de euros!, el 37.951, era el número, era el número, ¡treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno!, tres millones de euros…
Se produjo el habitual revuelo a mi alrededor, ¿dónde ha tocado?, ¿has apuntado el número?, ¿en que ha acabado? ¿a quien le ha tocado la porra este año?. Yo estaba noqueado y repetía la letanía; es el número, es el número.
Sonó mi teléfono y al cuarto timbrazo reaccioné descolgando el auricular ¿si?. ¡Nos ha tocado, llevamos el gordo! chillaba mi madre, ¿llevas el gordo? más que preguntar exclamé yo, ¡lo llevamos todos!, ¡tambien tu hermana! continuó mi madre entusiasmada, pero ¿con quien, donde?, le contesté agitado, ¡ayer!, decía mi madre mientras iba subiendo el ruido de fondo, ya estoy camino de la administración, ayer pasé por delante del despacho que está frente al mercado ¡y decidí comprar tres billetes, uno para cada uno de nosotros!, como ya no llevo lotería con la tía, que era de la que os guardaba…, ¡ay! cómo pesa la cuesta, cuelga hijo, luego te llamo. Colgué un teléfono ya sin comunicación, como yo mismo. Me levanté, cogí la chaqueta y el abrigo y me lancé al aparcamiento a por el coche. Fué el viaje mas extraño de mi vida, la alegría se mezclaba a partes iguales con la confusión, incluso llegué un instante a temer que mi propia madre fuera la bromista invisible de aquel sábado pasado. Llegué a mi barrio y aparqué el citroen en una esquina, malamente, y salí escopetado hacia la administración de loterias que según mi madre nos había proporcionado el gordo de navidad. Y allí estaba ella, en medio de un jolgorio de gente saltando y celebrando su suerte. Me vió y fuimos uno hacia otro, nos abrazamos, reimos, besamos a todo quisque que nos felicitaba, y en aquella barahunda de alegria sin límite noté un ruido característico de una réflex ¡clik!.
Entre vecinos, curiosos, periodistas, agraciados, mi madre y mi hermana incluida, que había acudido con toda su prole al festejo, acabamos aquel sarao entradas las tres de la tarde, achispados, afónicos y agotados del exceso de felicidad.
El resto del dia pasó entre llamadas y felicitaciones de toda la gente inimaginable, hasta que, sobre las once de la noche decidí cortar comunicación con el mundo y caí molido sobre la cama en la que, sin más preámbulos dilatorios, me quedé sopa desde ese mismo momento.
A la mañana siguiente desperté recordando rápidamente el dia anterior y una sonrisa boba se me instaló en la boca. Inmediatamente después tambien recordé lo ocurrido el dia del parque del Retiro, pero lo desheché con celeridad. No estaba dispuesto a que ninguna complicación me estropeara las estupenda sensación de fortuna que me inundaba.
Para dar un toque de exotismo a la mañana, previa llamada al trabajo al que no pensaba acudir el resto de la semana, y tras una limpieza rápida de legañas, me bajé a la cafetería más cercana a mi edificio. Miré el reloj y vi que marcaba las diez y diez, una hora estupenda para cafelito y churros. Entré en el local y encaramado al taburete pedí al camarero que, tras la ya consabida felicitación, me pusiera uno con leche en vaso y ración de churros. Mientras esperaba que me sirvieran descubrí un ejemplar de ADN sobre la barra. Parecía un ejemplar idéntico al que llevaba guardado en mi casa desde el mes anterior. Y lo era, ¡con la misma fotografía, el mismo décimo y la misma algarabía alrededor de gente y champán barato!. Un terremoto pulverizó el alegre festín emocional con que me había despachado por la mañana.
Y justo en ese momento topé con la clásica frase pelma de divulgación filosófica del día, que aparecía en la parte superior de la portada, “la prensa nunca miente, si la realidad no está a la altura de la noticia, fabricamos la realidad”.

domingo, 19 de febrero de 2012

LINEA 8. DESTINO COLOMBIA -finalista- ISABEL GALAN

“-Mamá, ¿cómo es posible que la muerte sea una vida tan real?- preguntó Roger, reflejando en su rostro moreno una mueca de sorpresa.
-Dame tu mano- dijo ella alargando la suya hacia él.
-Hace apenas once meses que te marchaste, que enjugaba mis lágrimas contemplando tu cadáver, que fijaba mi vista en tus párpados esperando que abrieras de nuevo tus enormes ojos castaños y ahora estás aquí, entre esta muchedumbre que no conozco, pero que me es tan familiar.- dijo Roger sin descansar un segundo a tomar aliento, de carrerilla, como si estuviera respondiendo a su profesor cuando le preguntaba la lista de los reyes godos”.
~
Aquella mañana el andén de la estación de Nuevos Ministerios en dirección al aeropuerto de Barajas estaba más lleno de lo habitual. Eran las ocho menos cuarto de la mañana de un martes como otro cualquiera. Me dirigí al segundo vagón, el que pensé que estaría algo más despejado. Conseguí entrar y situarme cerca de la puerta, mientras escuchaba en mi mp4 a Ismael Serrano, “…vértigo que el mundo pare, que corto se me hace el viaje, me escucharás, me buscarás cuando me pierda…”. El tren se puso en marcha y canturreando hacia mis adentros y soñando con subir un día al escenario con él, me vi interrumpida por el improvisado murmullo de algunos viajeros que dirigían su mirada hacia el suelo del vagón. Escuché un ¡ay! pero no alcanzaba a ver el objeto de la curiosidad de mis compañeros de viaje. Segundos después, la locución anunciaba “próxima estación: Colombia. Correspondencia con línea: 9”. A pequeños empujones y varios “disculpe, señor”, conseguí aproximarme algo más y vi a un hombre joven, de pelo negro y mirada trémula intentando levantarse.
-No quiero sentarme. Por favor, sácame de aquí- dijo clavando la mirada en el infinito.
Miradas. Sólo miradas ¿Nadie cercano le escuchó? Quizás nadie quiso hacerlo. Todos tenían prisa por llegar a su destino. Yo también, pero mi corazón y mi conciencia me dijeron lo que debía hacer y decidí que ese martes saldría más tarde del trabajo.
Me abrí paso entre la gente, llegué hasta él y le agarré del brazo. A duras penas le saqué del vagón.  
-¿Hemos llegado a Colombia? Debo apearme, creo- dijo él con voz entrecortada e intentando reconocer alguna similitud con el paisaje cotidiano.
-Sí, es tu parada- le dije.
“Debería tumbarle antes de que él lo haga conmigo”, pensaba mientras ya vislumbraba el sitio adecuado. Un rincón despejado cercano a una puerta que indicaba “Prohibido el paso”. Aquí pasaremos más desapercibidos.
Minutos después se acercaron un hombre y una chica jovencita, estudiante probablemente como pregonaba su mochila llena de libros, que habían visto cómo le ayudaba a recostarse.
-¿Tenéis alguna prenda para colocarle bajo la cabeza?-pregunté mientras recordaba la primera vez que sufrí un ataque de pánico en el metro tras el atentado del 11M, las sensaciones que tuve que aprender a conocer hasta conseguir controlarlas y las palabras que me repetía a mí misma mientras respiraba de forma entrecortada.
Me apresuré a terminar de liberar la corbata que él desequilibradamente había comenzado a desanudar. La cogí y la colgué en mi cuello, junto a la correa de mi bolso, el cual llevaba cruzado. Fui desabrochando los botones de su camisa azul hasta la altura del pecho, mientras el hombre que se había acercado a nosotros, Francisco dijo llamarse, le daba aire con el diario matutino.
-No dejes de abanicarle, por favor.
Me arrodillé a su izquierda, acomodé sus largas piernas sobre mi hombro derecho de forma que la circulación sanguínea discurriera en sentido inverso, hacia el resto de los órganos. Pesaban, pero no existía otro lugar donde apoyarlas. Tomé su mano y descubrí que era grande aunque frágil.
-Intenta respirar despacio, inspira de forma sosegada por la nariz y expulsa suavemente el aire por la boca. Ya han avisado al SAMUR. No te preocupes, voy a estar aquí contigo hasta que lleguen- le dije con voz apacible mientras intentaba tomar su pulso.
Él no entendía qué estaba ocurriendo. El chico miraba de un lado a otro y esto me hizo suponer que ideas sin sentido estaban paseando por su cerebro y que su mente estaría intentando entrelazar las imágenes y las palabras, aunque la situación le estaría resultando contradictoria.
-Te has desmayado ¿Te ha ocurrido esto alguna vez?- le pregunté sin dejar de acariciarle la mano, cada vez más tensa y más fría.
-Nunca me había sucedido algo parecido. Me faltaba el aire y sentía muchas náuseas. Después sólo recuerdo que abrí los ojos y estabas tú.
-Ya que vamos a pasar juntos un rato, dime, ¿cómo te llamas?-pregunté.
-Roger. Trabajo aquí cerca, en la Caixa- contestó.
-Yo soy María, ¿cuántos años tienes?- preguntó la estudiante.
-Veintiocho- contestó Roger.
-¡Si podría ser tu madre!- exclamé intentando que el andén se convirtiera en un lugar cálido y acogedor.-  María me miró con cara de extrañeza, le guiñé un ojo y asintió sonriendo.
-¡De acuerdo, lo dejaremos en tu hermana mayor!- repliqué mientras les miraba gesticulando con las manos.
-¿Quieres que llamemos a tu trabajo y digamos lo que ha sucedido?-preguntó María.
-No, gracias. Cuando me recupere, avisaré yo.
De pronto, su mirada se transformó, aterrorizada, como si se hubiera presentado ante él el mismísimo diablo. Me pidió que le bajara las piernas, pues no las sentía. Lo hice muy despacio y noté los músculos de sus pantorrillas muy tensos.
-¡Mira mis manos, se están agarrotando! ¿Qué me está pasando?-balbuceó Roger.
Me asusté. Yo no era médico, ni ATS, ni siquiera auxiliar clínico. Sólo formaba parte de los Equipos de Primera Intervención en mi trabajo y había asistido a un curso de Primeros Auxilios. Mi experiencia era nula, pero pensé en cuán importante es transmitir tranquilidad. Me ayudó el recuerdo de mi padre. Vi su cara de nuevo, sus ojos hablándome, transparentes y luminosos, aun sabiendo que el maldito cáncer de esófago estaba ganando la batalla. Percibí la serenidad en sus palabras cuando le visité en urgencias la tarde en que le trasfundieron dos bolsas de sangre.
-Hija, por un momento creí que ya iba a doblar la servilleta- me había dicho papá sonriendo.
-No es tan fácil que acaben contigo, ¿eh?-le contesté, tragando saliva con sabor a hiel, la que me abrasaba la garganta y no era capaz de desviar hacia ningún recodo de mi interior en el que se percibiera olor a caramelo.- Además, aún nos quedan muchas cosas por decir y mil secretos que contarnos, papá.
Mientras evocaba las palabras de mi padre, tomé las manos encorvadas de Roger y comencé a masajearlas para lograr que se produjera algo de distensión. Si en este instante tuviera que fotografiar las garras de un águila cuando está a punto de capturar a su presa, tendría ante mis ojos el objetivo mirando a cámara.
-¿Sientes mis manos? Voy a presionar más fuerte, dando un profundo masaje- le dije.
De pronto sus ojos irradiaron luz y arrojó al espacio una leve sonrisa. Roger asía mi mano con enorme intensidad, de la misma forma en que un bebé agarra el dedo de su madre cuando le da el pecho e imaginé a mi hija Inés, el bien más preciado de su abuelo Manuel, con su cara sonrosada tras saciarse de leche hace ya más de quince años. Acaricié la mano de Roger con delicadeza, como si fuera a convertirse en diminutos cristales en cualquier momento y mirándole a los ojos negros le dije:
-No te sueltes de mi mano si te sientes más seguro.
Roger cerró los ojos un instante y al ver nuevamente la luz, se incorporó y sonrió.
-¡Llevas la misma ropa que vestía ella el día que murió! Tienes sus mismos ojos castaños y su mismo cabello rizado. Y si cierro los ojos, puedo percibir su sonrisa, su mirada limpia y sus palabras, como si estuviera acurrucado en su regazo, acariciándome. Dime que esto es un sueño, por favor- suplicó Roger con voz casi inteligible y respirando con dificultad.
-Puedes considerarlo un sueño, Roger, aunque sólo hayan transcurrido cuarenta y cinco minutos desde que te desmayaste en el metro. Me llamo Isabel y he estado a tu lado todo este tiempo.
Me incliné despacio, rocé su mejilla y acercándome a su oído, meciéndole, tarareé mi canción “… qué sano es arrancarte esa risa y ahora cambiemos el mundo, amigo, que tú ya has cambiado el mío…” Él, sin abrir los ojos, sonrió.
Los servicios del SAMUR llegaron minutos después de que a Roger se le parara el corazón.
Falleció en el andén de la estación de Colombia, línea 8 del Metro de Madrid, en mis brazos, los de una mujer que se dirigía al trabajo un día más. Se fue mientras le acariciaba el pelo y le hablaba del sonido del viento, del color de las hojas en el otoño de las Ramblas, de la luz de Santa María del Mar, del horizonte infinito y el sabor de la sal del Mediterráneo.

miércoles, 15 de febrero de 2012

CADENAS ROTAS de Concha Gomez de Andres

Allí estaba, en medio de aquella gran escalinata, con su figura menuda, inmóvil, envuelto en un mar de lágrimas. Y sus palabras “No te vayas”, que repetía insistentemente, todavía resuenan en mí pero tenía que marcharme, mi estancia allí había llegado a su fin. 

Han transcurrido 40 años pero para algunos recuerdos parece que no existe el tiempo.
Deseaba poder hacer algo, deseaba que pudiera salir de allí, él y muchos otros que también estaban en aquel lugar, pero no podía ser. Aquel era su sitio
Así estaban las cosas. Ya me lo habían explicado, no podíamos hacer nada. Era la Ley, era la Norma, eran sus cadenas invisibles.

Unos meses atrás, en mi primer día no podía imaginarme……..
 Estábamos en los últimos años de la dictadura y todavía existía el “Servicio Social”, que al cumplir los 18 años era de obligatorio.

Para aquellas jóvenes afortunadas que sabíamos leer y habíamos estudiado, podíamos elegir entre distintos trabajos de carácter social. Me ofrecieron varios. No sé por qué pero no lo dudé había que ayudar en un centro de acogida de niños de corta edad. Estaban escasos de personal.

El primer día estaba expectante. Al principio, lo habitual: Controles firmas y presentaciones. Me asignaron a una cuidadora y la acompañé.
Llegamos a una gran sala. Estaba completamente vacía, pero totalmente llena de luz. Era todo silencio. En una pared  había grandes  ventanales y enfrente varias puertas cerradas.
Sonó una campana y a continuación las puertas se abrieron. El silencio se rompió y todo fue un griterío.  En un abrir y cerrar de ojos me encontré rodeada de aquellos gritos, de aquellos brazos y de diminutas manitas que tiraban de mi ropa, poco más allá de mis rodillas..
Y sus  palabras que no paraban de repetir mientras tiraban de la ropa era las mismas: ¡¡Dame un beso, dame un beso   ¡!
Y ¡cómo no!, me incliné ante sus demandas, pero era imposible ¡cada vez eran mas!.
- ¡No les hagas caso, me dijo la cuidadora. Si les haces caso estás perdida ¡son tantos!
Pero me daba igual, aquellos pequeños necesitaban besos, abrazos, juegos,….
Y yo estaba allí. Y lo tuvieron.
Pero aquello era como querer curar una herida que permanecía abierta.
Por las noches, al costarlos suspiraban por su mayor anhelo ¡El domingo va venir mi mamá a verme!. Me ha regalado un caballito y me ha dicho que me va a traer otro.
Pero pasaba un domingo y otro y otro y el caballito seguía solo.

Eran historias tristes, la mayoría de abandonos. Ellas existían pero no para ellos. No estaban en su realidad, pero sí en su corazón  y en sus anhelos.
Unos anhelos que se alentaban cada seis meses. En el límite del tiempo se hacían reales pero para ellos era solo volver a empezar. No se podían adoptar.

Esos niños seguirían teniendo su madre apenas real y mientras, en la oficina, montones de expedientes, de peticiones de otros corazones que esperaban a ser sus madres de corazón, en la realidad. Y nuevas esperas. Otros seis meses.
Y allí seguían, encadenados a aquel lugar. Eran sus cadenas invisibles.
Y nosotras  lo veíamos y nos entristecíamos. Veíamos aquellas cadenas invisibles pero no podíamos hacer nada. Solo desear. Desear que hubiera alguien desde su fuerza,  pudiera romperlas. Y deseamos intensamente. Y deseé.

Y el tiempo pasó y seguí deseando que cambiaran las cosas, que cambiara aquella dura realidad.

Y ¡por fin! llegó un día que ¡me alegré! pues hoy sé que en algún sitio alguien que también deseó hizo posible que cambiara aquella cruda realidad.
Alguien que hizo posible que cambiara aquella absurda norma.

Hoy sé que ahora tienen una oportunidad.
¡Hoy sé que están las cadenas rotas!

domingo, 12 de febrero de 2012

tacones de infarto 5 CLASIFICADO, Beatriz Llueca

Aquella calurosa mañana, me sentí preso de mi propio relato. En una de las páginas intermedias del periódico, una curiosa convocatoria animaba a escritores aficionados como yo a hacer uso de su creatividad para concebir un relato. Lo más atractivo del concurso, aparte del suculento premio, era el tema elegido: cualquiera que fuera el color, la talla o el modelo, el texto debía versar sobre el zapato femenino.
Abstraído del habitual bullicio del tren por las mañanas, saqué mi pequeña libreta de la mochila, la que siempre va conmigo a todas partes, y comencé a escribir:
“La primavera, portadora de las primeras flores, cuyo aroma embriaga las calles, es la estación del año en la que todo es posible; los primeros calores hierven la sangre y desinhiben, provocando una explosión de sensaciones. Con ella llegan las minifaldas, dando vida a hermosas piernas durante meses apresadas por la lycra de los pantis, las camisetas escasean en tela librándonos de la obligación de tener que adivinar las formas que dibujan los ombligos tras ellas y las botas comienzan a ser desterradas a sus cajas para ser sustituidas por cómodos calzados que muestran tobillos perfectos.
Aquella mañana de primavera me sentía más cansado que otros días, por lo que mi pugna por hacerme con un asiento en el tren fue más contundente.
Me senté y, periódico en mano, comencé a devorar las noticias como si del desayuno se tratara. Artículos que van y vienen, como yo, y que apenas permanecen en las memorias perdiéndose en el olvido.
De repente, el vagón sufrió un brusco frenazo y fue entonces mi vista la que se perdió, se distrajo de ese montón de letras para aterrizar en unos zapatos color hueso con algo de brillo. Iban atados a un tobillo con una pequeña hebilla y alzados sobre un tacón cubano. Su punta redondeada daba apariencia de unas dimensiones muy reducidas a ese atractivo pie. 
No sé si fueron los zapatos, los pies de princesa o el conjunto en sí; lo cierto es que consiguieron acaparar mi atención convirtiéndome en la diana de un extraño flechazo.
Pensé que si mi temperatura corporal había subido sólo con mirar una mínima  parte de las extremidades inferiores de ese ser mágico, lo que me esperaba debía ser espectacular y, tímidamente, fui alzando mi vista, recorriendo esas largas piernas y ese busto de infarto, hasta aterrizar en un rostro celestial de penetrantes ojos azules.
Su gesto serio tornó en una amplia sonrisa ante mi notoria impresión y  sentí que me deshacía cual reloj de Dalí.
Se levantó y, como si hubiese leído mi pensamiento, se acercó hacia mí, pegó sus carnosos labios a mi oído y en un susurro me preguntó…”
La historia surgía tan deprisa de mi cabeza que apenas tenía tiempo de escribirla. Pretendía deslizar el bolígrafo tan rápido por esas pequeñas hojas que, en un acto descontrolado, resbaló de mi mano y cayó al suelo.
Sin duda era el destino pues, al girar la cabeza, mi mirada se posó en unos zapatos similares a los de mi protagonista.
Si la historia se cumplía, ya sabía lo que me preguntaría, así que, lejos de precipitarme en mí respuesta, decidí estudiar bien ese zapato intentando determinar algunos rasgos de la personalidad de su misteriosa dueña.
Mi cenicienta era algo más atrevida ya que sus zapatos eran de un color azul celeste, probablemente a juego con sus ojos. Llevaba unas pequeñas mariposas bordadas lo que me hizo pensar en una mujer independiente, viva, que despliega sus alas para disfrutar de la vida. La talla, algo mayor que la que yo había imaginado, me descifraba una mujer alta y, por el tamaño de sus talones, estilizada.
Mi dama escondida pisaba sobre tacones más finos, lo cual achaqué a una elegancia indiscutible.
Si a todo ello añadimos que el zapato era cerrado y también atado a los tobillos, sumaba dos rasgos más a su carácter: discreción y capacidad para hacer frente al compromiso.
Con todos estos detalles que yo había dado por supuesto, emprendí el viaje a las alturas; nada deseaba más que oír su sensual voz.
Mis ojos se fueron elevando, primero por esas piernas perfectamente depiladas pero algo más musculosas; después, por su pecho, bastante más exagerado y del todo artificial. Continué por su cuello, sin duda sospechoso, su prominente barbilla y sus insinuantes labios humedeciéndose una y otra vez, hasta que vislumbré la sombra de una rasurada barba oculta tras una capa de maquillaje.
Intuí una voz grave y no quise escuchar su pregunta. Retrocedí hasta su hipnotizante calzado, recogí el bolígrafo y continué con mi relato.

miércoles, 8 de febrero de 2012

RECUERDA DE Raquel del Valle (cuarto ganador)

Era otra mañana de otoño, a su edad no importaba mucho la época del año que fuese, su vida era siempre la misma. Vivía en la misma casa desde hacía 50 años, todas las habitaciones la conocían a pesar de que ella las había olvidado, conocían sus pasos, sus suspiros, sus lamentos, también las épocas más gloriosas, donde la alegría y las reuniones creaban un cuadro realmente bello.
Sus recuerdos giraban en torno a otra casa, mas lejana en el tiempo, aquella que conoció su niñez, los escalones que subía corriendo y gritando de alegría, el coro de la vecindad, la casa donde vivía con su madre viuda, la casa en la que compartieron los miedos de una guerra civil donde los obuses se paseaban por sus tejados y carreras a media noche para resguardarse de los bombardeos en el sótano. Se acuerda del panadero que le daba la llave cuando volvía del colegio pero ella no subía porque tenía miedo de estar sola en casa y esperaba a su madre sentada en las escaleras hasta que regresaba del trabajo. Se acuerda de sus compañeras de oficio y de esa modista que le enseñó todo lo que sabía y contaba las películas que había visto en el cine tan bien que aguardaba impaciente al día siguiente en que siempre le pedía lo mismo: - Pepita, por favor, cuénteme la película que vio ayer, no hay nadie que sepa contarlas como usted. –
Así pasaban los días, eran tiempos difíciles pero había alegría en sus corazones, la alegría de la juventud, de salir del taller de costura para ir al baile, a las chicas no les costaba dinero y le gustaba tanto bailar, no importaba el ruido de los bombardeos y el traqueteo de los disparos que a veces se entremezclaban con la música, vivían el momento, - No se que pasará cuando salgamos de aquí - Pero no se puede esperar para ser feliz, sobre todo cuando se vive una guerra y el futuro no existe.



También fue la primera casa que tuvo con su marido, no importaba que el salón se compartiera como dormitorio y que la abuela tuviera que esperar para acostarse a que terminaran aquellos programas de radio que tenían tanta audiencia. Son los tiempos tan felices que ella recuerda, es la vida que le quedó marcada, es su vida pasada.
Su vida fue mejorando con el tiempo, quizá porque se conformó con poco, llegó a tener en abundancia, e hizo reales todos sus sueños y sus deseos. Ahora su día a día no tiene recuerdos, pero no le importa porque ella ya tiene su historia, la única que recuerda, la única importante, compuesta por algunos seres que ya no están a su alrededor, porque todos partieron, a veces se dice a si misma  - si que estoy yo viviendo años -  Se quedó sola en su generación, como cuando era pequeña en las escaleras de su casa pero ya no tiene miedo, se siente segura porque sabe que siempre hay alguien que está cerca, no importa que no esté en su historia, pero está allí con ella, se quedó atrapada en esta otra casa de la que solo puede acordarse de que allí vivieron también seres queridos, aquellos que tiene fotografiados en innumerables retratos que llenan el mueble del salón, al que acude de vez en cuando para estirar las piernas y al mismo tiempo hacer un recorrido visual por todos ellos, empieza siempre por las mas antiguas, aquellas fotos en blanco y negro recopiladas en un marco de madera envejecida, son las que mas le gustan, un brillo acuoso se instala en sus ojos cansinos cada vez que las mira, era joven y bonita y pasea por una calle central, una niña pequeña va cogida a su mano y la otra se la da a un apuesto señor, es su marido y estas otras señoras parecen mas mayores de lo que son, porque siempre iban vestidas de negro y llevaban un delantal con peto para estar en casa, son las abuelas y mi padre, aquí está murió tan joven, está vestido de guardia,  siempre recuerda lo difícil que era tratar con estos jodidos estudiantes tan revolucionarios; acto seguido vuelve su mirada a aquel otro que recoge a sus hijos, sí,  también se acuerda de ellos, y aquellas otras con tanto colorido, son sus nietos y biznietos, ya no tiene fuerzas para acordarse de todos ellos, solo se enternece mirando aquellos bebés tan bonitos y acude al sofá donde tiene acumulados sus peluches que la han ido regalando porque siempre dice que le gusta tener algo entre sus manos, los estrecha y los acaricia con tanta dulzura como le permiten sus arrugadas y ya deformadas manos.
Después vuelve a sentarse en su mecedora, esa persona que trastea por la casa, es muy cariñosa con ella, de vez en cuando le pone discos de canciones antiguas que la gustan, ella mientras las escucha mira a través de la ventana aquellos árboles que envejecieron con ella, están tan grandes y tupidos que ya no puede ver la fachada de enfrente, su mente vuela con las letras de las canciones que marcaron parte de su vida.
 - Reloj no marques las horas …….-,- Mirando al mar soñé ……..-
y tímidamente abre el cestito de la costura que tiene a mano, ese cestito que nunca la abandonó y la sacó de tantos apuros, que dejó la marca en sus dedos, para sacar una foto pequeña de carnet que ha encontrado en algún cajón  del escritorio, es de su marido, temblorosa se la acerca a los labios, le roba un beso y la esconde rápidamente para que nadie la vea. Es su pequeño secreto, solo se lo cuenta a aquellos en quien confía, mira, mira lo que tengo aquí y saca su pequeña foto, un poco estropeada por el uso que en su día se le debió dar en algún documento oficial.
Día tras día la mecedora sigue su continuo balanceo, curiosamente está situada en el mismo lugar de la casa donde años atrás estuvo su madre, aquella con la que compartió su pequeña gran historia que ella cuenta vez tras vez con los mismos sucesos, idénticas palabras, a veces pregunta - no se si ya te habré contado esta historia -  pero no importa, cuéntala de nuevo, me gusta escucharla de sus labios.

Es fin de semana, se despierta asustada en otra casa que no conoce:
-    Que pesadillas he tenido, no sabía donde me encontraba, solo veía mi casa, la de mi niñez y oía voces y carreras, íbamos a escondernos y casi nos atropellábamos unos a otros, abrí los ojos y no reconocía esta habitación –
Todo está bien, está bien, no tengas miedo, estás a salvo.

martes, 31 de enero de 2012

NADA SE ACABA HASTA ESTE FINAL de Susana Alonso

     Ya he cogido la desviación a la M-45, en diez minutos llegaré a casa… voy conduciendo a un ritmo mas lento de lo habitual… realmente no quiero llegar a casa.

     Sobre el asiento del copiloto está mi móvil… después de una curva pronunciada lo agarro y me muevo a través de su menú, leo de nuevo el mensaje es de mi mujer…

En la pantalla:
22 Dic 2008
Nadia
Recog tus cosas.
M he enterado.
Como pueds haberm engañado d esa manera!

     Llevo el volante con una mano y con la otra sigo agarrando el teléfono, miro de nuevo hacia la carretera… el corazón me late fuerte.  La radio no está encendida pero el sonido de mi corazón la suple.  “Siento m.i.e.d.o. al imaginar su reacción cuando me vea”.

Me intento serenar, sólo quiero pensar en lo que me espera ahora, ni siquiera soy valiente para plantearme que tipo de persona soy por haberla hecho durante tanto tiempo esto… intento prepararme para encajar sus “golpes” pero… la falta de sinceridad me ahoga.
“¿Cuánto sabe de este asunto?, ¿por qué lo sabe?” Me pregunto.

De nuevo miro el móvil queriendo leer en la pantalla más de lo que pone… “Yo creo que lo sabe todo.” Me digo.

[…]

Nadia:

Recuerdo cuando en 2º de carrera conocí a Ángel Lasa… y lo recuerdo junto, quiero decir, su nombre y apellido porque cuando tu nombre es común, como por ejemplo “Ángel” en mi clase, diferencias unos de otros por el apellido, incluso simplemente les llamas por el apellido pero no se porque a él le estuvimos llamando durante todo el curso Ángel Lasa.

Estudiábamos Periodismo o como lo empezaban a llamar: “Ciencias de la Información”, pero la verdad que siempre pensé que Ángel Lasa no era un tipo de letras, pero sí de grandes frases… y sobre todo de acción y por ello era terriblemente encantador… su sonrisa pequeña y fina de dibujito _ manga fue lo que hizo que me enamorara de él locamente.

Al principio no me cayó bien, pero luego poco a poco y no sé de que manera, terminó consiguiendo que le necesitara y que su falta provocara que todas esas mariposas “estomacales” de las que hablaban mis amigas, terminaran habitando en mi…

El edificio en que estudiábamos era feo, oscuro y frío… y eso que es muy fácil encontrar edificios en Madrid relacionados con la cultura hermosos… pero Periodismo no tenía nada que ver.  En un principio era un proyecto de cárcel pero finalmente terminó albergando a estudiantes, también es verdad que éramos en aquella época el 90% de nosotros unos: “inestables_peligrosos”.

Recuerdo un día que terminé llevando a Ángel a su casa, se había emborrachado después de salir de clase, así que le aconsejé que no se llevara su coche que ya lo hacía yo… él me hablaba y me hablaba… se notaba que había bebido porque no callaba, llegamos a su casa y aparqué bajo su ventana…. Subimos… y le ayudé a desnudarse.  Al quitarle los zapatos… aquellos viejos zapatos de cordones que debía haber tirado hace, al menos, dos años … pude ver como sus dedos gordos salían a través de sus calcetines, así que comencé a reír… él se dio cuenta y comenzó a reír también… al final nos reímos tanto que no podíamos respirar de la risa… adquiriendo un tono azulado en la tez… nos empezamos a dar de tortas para reaccionar y que nos entrara algo de oxigeno a los pulmones… pero al ver la situación todavía nos reíamos más… estuvimos a punto de morir de risa, ¡qué hay más bonito que no parar de reír juntos!

Desde que conocí la manera de ser de Ángel descubrí cual era mi intención y era la de quererle, y quererle con locura… que curioso… ¿no? le encanta escucharme decir “te quiero con locura”… pero que diferente es el significado de las palabras según quien las diga.

[…]

Sara:

Hoy hemos vuelto a quedar; estoy en casa “apañándome” en 30 minutos hemos quedado en la Plaza Mariano de Cavia a unos veinte minutos de casa, así que lo hago algo acelerada.

Estoy en el baño… me miro al espejo mientras me pongo el corrector de ojeras y me echo un poco de Boss solo y todo eso… como siempre en el cuello y en la muñeca derecha….desenfoco… y en el reflejo veo el momento en el que estábamos de pie apoyados en la barra de ese pequeño bar que daba a la calle Goya… Es invierno… él estaba frente a mi ambos apoyados en la barra… se acercó y me besó… qué sensación… que maravilla –“jamás podré sentir nada parecido” – pensé… y eso fue mentira porque cada día que nos besábamos era más hermoso… mucho más hermoso… no podía dejar pasar algo así de manera inadvertida… eso debía de atraparlo con fuerza y no dejarlo escapar jamás.

domingo, 15 de enero de 2012

ALBA por FATIMA FERNANDEZ (segunda clasificada)


Alba está en su cama en compañía de su mamá, que le está terminando de dar la medicina, no sin el sinfín de objeciones que pone la pequeña. La mira con ternura mientras le acaricia el pelo, no deja de tener cinco años y lleva demasiado tiempo en cama. La niña le está explicando la película de dibujos que acaba de ver, pero se pone nerviosa llegando al final y le da un pequeño ataque de tos.
– Alba, debes descansar un ratito – le indica su madre.
– Joo - Suenan pitos en su pecho. La niña se da cuenta – Vale, ¿pero me traes a Bolita? Luego te prometo dejarlo en la mesilla. Porfiii – Dice con vocecita ronca.
Su madre suspira, pero accede. Se gira hacia el escritorio para coger la jaula.
– Así le cuento la historia que estoy leyendo- dice Alba, con el libro de cuentos entre las manos – Mamá, ¿tu crees que la señora vendrá luego? No ha venido en toda la tarde  y ayer me prometió volver – pregunta Alba cambiando de tema.
 – Quizá… o puede que ya venga mañana – responde su madre un tanto asombrada por la imaginación insistente de la niña.

La señora lleva un rato observando a Alba desde el rincón. Ésta está leyendo en su cama, tiene la carita roja, hoy ha tenido mucha fiebre y tose a menudo. La niña no parece percatarse siquiera cuando lo hace, como quien ha acabado por resignarse. Se gira para coger el vasito de agua de la mesilla y ve a su acompañante.
Fatima es la tercera por la izquierda
- ¡Hola! - Dice la niña, con el vaso de agua entre las manos -  ¡Qué bien que estés aquí! Pensaba que ya no ibas a venir, has tardado un montón. – La voz de la niña suena afónica. – ¿Quieres que te cuente la historia que estoy leyendo? Siéntate en la silla conmigo como ayer.-
La señora asiente y busca la silla por el dormitorio. La localiza contra una pared, al lado de la estantería de cuentos. Va en su busca para poder acercarla a la cama.
- Jovencito, a tu sitio – Dice Alba mientras se pone de rodillas en la cama y coge la jaula de Bolita con ambas manos para poder colocarla en la mesilla, como todas las noches. Justo antes de que la jaula toque la mesita de noche, la puertecita se entreabre con un vaivén. Alba no se da cuenta. Apoya la jaula en la mesilla y la puertecita se abre por completo. Antes de que Alba pueda reaccionar, Bolita ya se está deslizando por el hueco.
- ¡Bolita! Ven aquí – En lo que Alba se dispone a cogerlo, éste se lanza de la mesilla al suelo. Aterriza con las patitas abiertas y un poco aturdido, pero se recupera y echa a correr viéndose en libertad.
- ¡Quieto, Bolita! - Ordena Alba.
El hámster corre por el suelo de la habitación haciendo zig-zag, corre sin ver, chocándose con una de las zapatillas de Alba y con la pata de la cama. Se mete por debajo de ésta y sale por el otro lado, estrellándose directamente contra… el pie de la señora, paralizada y con la silla todavía entre las manos.
La mascota no se mueve, ha caído fulminada.
 - ¿Bolita? - Alba está asustada. Salta de la cama a coger a su hámster, que yace tumbado al lado del pie derecho de su compañera. Alba lo recoge del suelo y lo examina con detenimiento. – ¿Qué le has hecho? – pregunta Alba muy enfadada. - ¡Di! ¿Qué le has hecho?- A medida que se va poniendo nerviosa, sube el tono de voz.  – ¡¿Es que no ves que es muy pequeño y hay que tener mucho cuidado?! ¡Seguro que le has pisado y le has hecho daño! – Alba tiene lágrimas en los ojos – ¡Vete! ¡No quiero que vuelvas nunca más! Has hecho daño a mi Bolita. ¡Vete! - Alba se derrumba y se echa a llorar. – ¡Mamááá, ayuda! ¡Bolita se ha hecho daño! Ven por favor…
La señora apoya la silla de nuevo en el suelo y deja a Alba con su dolor justo en el momento en que la puerta se abre bruscamente para dar paso a sus padres que vienen a ver qué es lo que está sucediendo.

Alba se encuentra tumbada en su cama dispuesta a dormirse pero no concilia el sueño. Sus padres le han dejado que duerma por esta noche con la luz de la mesilla encendida.  Tiene la cara enrojecida y los ojitos hinchados por el disgusto. Aunque ya está más tranquila, no respira muy bien y aún hipa un poco.
-Por favor, vuelve. Por favor... – Dice casi en un susurro y con la mirada un poco perdida – Por favor, perdóname, vuelve…- Tiene la esperanza de que su amiga oiga llamarla y venga a verla. – No estoy enfadada, de verdad. Ven…
La señora acude a petición de la niña. La silla está junto a la cama, Alba la había preparado por si aparecía su acompañante.
Alba se incorpora y sonríe.  Está muy contenta de ver a su amiga.
- Gracias por venir – dice.
Su compañera no se inmuta. El semblante de la niña se torna triste de nuevo.
- Perdóname, por favor. No debí decirte todas esas cosas feas. Siéntate conmigo. Mis padres me han contado lo que le ha pasado a Bolita, ¿quieres que te lo cuente?
Ante la curiosidad que siente por las palabras de Alba, la señora se sienta donde le ha pedido la pequeña.
- Es que Bolita no estaba acostumbrado a estar libre y como se había escapado se había puesto muy nervioso. Los hámsters tienen el corazón muy pequeñito y como se puso tan nervioso se le puso muy malito de lo rápido que le latía, se le ha roto y ahora no le funciona y se ha dormido para siempre. – Repite Alba la explicación de sus padres - Yo les he dicho a papá y a mamá que es que me había enfadado mucho contigo porque estoy segura que le habías hecho daño, pero mis padres me han dicho que estuviese la amiga que estuviese aquí conmigo seguro que no podría haber evitado que se durmiese y que seguro no le habría hecho daño alguno.
La señora escucha con atención la historia de Alba.
- Así que no te preocupes que no ha sido tu culpa. Estoy muy triste porque no voy a poder volver a jugar con Bolita, y lo estaba todavía más porque pensaba que te habías enfadado y que no ibas a querer volver nunca. – Dice Alba con voz lastimera - ¿Me perdonas? – Pregunta con una sonrisa de medio lado.
La señora asiente con la cabeza. Alba sonríe aliviada, aunque sus ojos siguen estando tristes.
- ¿Y volverás mañana otra vez, para que podamos hacer cosas juntas como estos días? - pregunta la pequeña ilusionada.
Su compañera le indica que si con la cabeza y Alba aplaude un poquito con las manos. La señora hace un ademán de levantarse para marcharse.
- ¡Espera! – Dice Alba mientras se incorpora un poco más hacia delante – Que te ibas sin un abrazo de buenas noches.
Y sin que Muerte pueda evitarlo, Alba se lanza a sus brazos, feliz de no haber perdido a su amiga…

lunes, 2 de enero de 2012

RELATO GANADOR 2 CERTAMEN LITERARIO ALBERTO N GARCIA PRIETO

PARADOJA DE JESUS LAZARO (RELATO GANADOR)

Que mala suerte, esta vez me había tocado enfrente de él. ¿Seguro que no habría otro sitio? Con lo grande que era el recinto y le había ido a tocar precisamente  en la caseta de enfrente a la mía. Otros años, no había sido así y, por lo menos, me había librado de la humillación de ver las colas de gentes que buscaban la rúbrica de mi rival al final de patéticos mensajes no menos falsos por archirrepetidos.
Habían pasado ya varios días y la constatación diaria de la continua muchedumbre que apenas me dejaba ver a mi oponente había exacerbado los sentimientos de envidia que se agolpaban en mi  cabeza a punto e estallar.
Cuando lo vi llegar, el porte autosuficiente, de autocomplacencia, el último día de la feria, ya había decidido lo que iba a hacer.
Esa tarde, poco antes de que cerrara la feria, me despedí del librero que me había invitado a su caseta y me dirigí hacía su casa. Sabía dónde vivía. Todos sabíamos dónde vivía ya que presumía de poseer una de las casas más lujosas de la ciudad. Había despuntado la noche y yo me escondí en uno de los patios que circundaban la casa donde la negrura que me rodeaba se alineaba mejor con mis sentimientos. Desde las sombras vi como entraba en su casa bien entrada la medianoche, esperé media hora más y saltando sin dificultad la valla me colé en el jardín y después, forzando una puerta lateral entré en su casa y me guié por la intuición hasta que llegue al confortable salón.
Allí estaba, recostado en un sofá, probablemente agotado tras una jornada de firmas y de sonrisas forzadas. Se había quedado dormido y en su regazo, se veía un libro medio abierto, que probablemente había ayudado a conseguir tan apacible estado. Saqué el cuchillo que llevaba escondido en la gabardina y mientras veía su brillo a la luz de la única lámpara que lucía en la casa se agolparon en mi mente años de vejación y menoscabo. Me acerqué a él, sigiloso, blandiendo el arma que era la punta de lanza de toda mi rabia y, sin piedad, hundí el filo en su garganta de la que salió un surtidor que tiñó la alfombra de un sorprendentemente bello color burdeos.
Consumado el crimen me asaltó la curiosidad. ¿Cuál sería ese último libro, esas últimas letras que se llevaría en su recuerdo a la tumba? Cogí el ejemplar en el que el color de la sangre había ya reescrito algunos párrafos en un rojo acusador y  la consternación me invadió. Lo que estaba leyendo era mi último libro, el que había estado pregonando durante varios días sin tener más que unos pocos lectores para llevarme a la pluma. Seguidamente me fui a la estantería repleta de libros que estaba en la habitación. No me costó mucho encontrarlos, estaban allí, todos mis libros, en un lugar preferente y con aspecto de haber sido leídos.
Al punto me entró un remordimiento terrible, no por haber matado a mi rival, sino por haber acabado con uno de mis lectores, la verdad es que no andaba muy sobrado de ellos. De todas formas ya no había remedio, rápidamente abandoné la escena del crimen no sin antes dedicarle a mi lector el último libro que tenía en las manos. Escribí: Espero que la lectura de este libro te transporte a un mundo nuevo.


Fin