lunes, 28 de febrero de 2011

si nunca hubieras sabido...por CARLOS LOPEZ VIVAS


Si nunca hubieras sabido que te miraba… pero lo supiste. Lo sabías porque nuestras miradas chocaron en más de una ocasión. Desconozco quien era el primero que vislumbraba al otro, pero pasaba. Unas veces tú. Otras yo, supongo. Y se quedaba en eso. En sabernos por fuera, en confesarnos nuestro mutuo deseo causado por esas miradas furtivas. En intuirnos. En el estúpido envoltorio.
Y así, me aprendí tu cara, y empecé a comprender tus gestos. No sé si tú los míos, porque al saberme observada no podía actuar con naturalidad.
Se lo conté a Pablo. A él en una ocasión, en varias, le ocurrió lo mismo. No era la primera vez que lo escuchaba. En un autobús… la chica de rojo. En un bar. En la calle compartiendo horario laboral. En un museo. En un hotel. En la universidad.
Lo malo de estas historias es que sólo podemos corroborarlas de un lado. Y puede suceder, y suele suceder, que la persona observada sólo mire por el hecho de verse contemplada. Pero la mente del mirón, enamorado o enamoradizo, vuela e imagina un amor compartido.
Y como nunca me hablaste y yo nunca te hablé, mi vida siguió con los míos (tú también eras mía en el fondo). Y así, me enamoré de otras que sí tuve la ocasión de conocer, y de algunas otras que no se dejaron, pero de los que sí sabía algo más que su rostro y su talla. Y te olvidé sin olvidarte porque en realidad nunca te recordaba. Venías a mí cuando estabas y, después, te ibas, como las nubes se van cuando escampa. Pero siempre volvía la tormenta. Y dije: si nunca hubieras sabido que te miraba, no habría recalado en ti, pero tus ojos buscándome daban cuerda a mi imaginación desbordada. Y continué enamorado de Silvia a la que me era fácil quitarle el envoltorio. Físico e intelectual. Y hablábamos de todo y nada y nos desnudábamos calmando nuestra ansia de pasión desatada. Y no estaba en tí. Pero, por la mañana, nuestro sitio laboral compartido me daba otra hostia al traerte reflejado a mí.
Julia, otra que me entregó su intimidad más allá de su apariencia, me dijo que se acababa lo nuestro pero que estaba segura de que iba a arrepentirse. Me pareció la frase más incoherente que había escuchado nunca. Un “ahí te quedas… pero siempre permanecerás en mí y me fustigaré por dejarte”. Era propio de dos tipos de personas: Una “in”… inmadura, insensata, incoherente, imbécil perdida… o una mentirosa compulsiva que decía memeces para quedar bien… a esto suele acompañarle también otras características del “in”. Casi siempre, la de la imbécil perdida.
El episodio con Julia, mi amor de juventud, mi idealizada niña-joven-mujer, pasó sin pena ni gloria pero me afianzó en mi nueva impresión de que las princesas sólo existen en los cuentos.
Y así, entre recuerdos de Julia, de Laura, de Silvia, entre caricias de Silvia, besos, cafés, miradas cercanas –de “cíclopes” como dice Cortazar-, decoración de un nuevo hogar, pereza, sudor, motivación, hastío. Perdiendo carreras y ganando maratones. Soñando y desengañándome a diario. Volvía a verte y mi mundo explotaba sin testigos. Bueno, sí, uno. Tú.
En esos segundos tan nuestros, pensaba que no quería conocerte para no perder lo que habíamos construido a base de miradas, de reojos. Pero entonces te desnudaba y te besaba con pasión irrefrenable, y enrojecía tanto que pasaba un rato hasta que te volvía a mirar.
En casa, con Silvia, me reía como no lo hacía con nadie, y cenábamos a duras penas porque yo tenía miedo de atragantarme por la risa. Y veíamos una peli, o escuchábamos un poco de música mientras nos repanchigábamos en el sofá curtido de batallas. Y hacíamos el amor. Y nos dormíamos empapados en sudor en aquellas noches de julio.
 Un día, imaginé tu vida fuera de nuestro recinto común. Y te ví con un Jaime a tu lado… un Luis, o Raúl o Pedro. Y me regocijé en mi pensamiento, imaginaba momentos colmados de ternura en los que de entre tus brazos emanaba un hombre terriblemente hermoso. Y ese dulce regocijo se convirtió en bocetos de celosía. Silvia ya estaba dormida a pesar del calor pero a mí tu evocación me había desvelado.
El calor de la habitación empezó a sacudirme con fuerza. Pasé la noche despierto, y el ordenador calmó mi vehemencia y amortiguó el ímpetu que empezaba a empujarme a ti. Por entonces ya sabía tu nombre. Sólo tu nombre.
Y con más café que sangre en el cuerpo llegué a ti. A tu ojo derecho, a tu ojo izquierdo. Y fui capaz de aguantar la mirada más que nunca. Y con el estomago lleno, relativicé. Y de ser todo para mí pasaste a ser una anécdota más. Y por lo que aprendí con Julia, por ese amor que me hizo sentir María, por Silvia, siempre por Silvia, volaste al pozo del pasado. De un pasado sin resolver… hace tiempo que se esfumó mi ansiedad resolutiva. Y con Silvia sólo tenía ojos para Silvia. Con la mano de Silvia, sólo sus cinco dedos. Con la mirada de Silvia sólo cabía ella… unos ojos conocidos que sabía bien lo que estaban pensando.
Pero como siempre he sido una inconstante, todo esto lo pienso cuando te veo y no me ves. Pero si coincidimos, entonces, de nuevo, tropiezo. Empiezo a pensar que debería caer. Quiero caer. Voy a caer.  

domingo, 20 de febrero de 2011

Todas esas veces que escuché: “Nadie te querrá tanto como yo”. EVA MARIA SANCHEZ SANCHEZ


Alguien ha vuelto a salvarme, últimamente me encuentro con esta mala costumbre, cuando estoy a punto de morirme alguien me llama y va y me salva…esta vez es mi amiga Ana la que realiza ese milagro…que yo no la agradezco en ningún momento internamente la verdad, aunque de palabra se lo digo en alguna ocasión…Ella cree que debo de andar por aquí algún tiempo más…la verdad es que no compartimos la misma idea…es evidente mi tiempo se acaba.

..Me acostumbré a estar como en misa, en silencio , a su lado, expectante, esperando a que me diera la venia..me acostumbré a la manga larga también me acostumbré a los reflejos de las luces parpadeantes que chocaban contra las paredes , esas que entran a través de las ventanas que hay en el salón de nuestra casa, a las camas con sábanas blancas , rígidas y duras por las numerosas lavados a altas temperaturas….Al olor del detergente tan fuerte con el que friegan las habitaciones , a pedir que no me rocen los demás para así dejar de sentir mi dolorido cuerpo, a esconder para evitar el sufrir…..y así vivía yo de acostumbrada , todo este tiempo.

[…….]

Hoy al levantarme por la mañana me resultó extraño no encontrar a Jaime a mi lado , así que salí de la cama me puse las zapatillas y empecé a buscarle por casa…la casa es pequeña así que al momento le encontré ..Estaba sentado en el sofá y fumando un cigarrillo ,mirando fijamente..Era un pensamiento, sus ojos no veían nada…comprobé que solo prestaba atención a su cabeza.
Me empecé a asustar y le llamé:
-"¡Jaime!"-
Él seguía ahí parado, sin hacer nada ..Así que empecé a prever que es lo que iba a suceder..Siempre he pensado que me avisas a tu manera de lo siguiente que va a pasar, los ojos de Jaime eran como el olor a tierra mojada del campo antes de que empiece a llover..Un preludio y en ellos vi el sufrimiento , el llanto y la humillación…me vi toda pintada de color dolor..y comprobé que siempre termino viendo lo mismo a mi alrededor sin saber que ésta, iba a ser la última vez.

Oigo el teléfono ,su sonido me consuela levemente ..pero toda mi esperanza se disipa cuando él lo descuelga y lo tira al suelo mientras continua a lo suyo…..en ese momento presté atención como pude y dejé de gritar porque oí a Ana entre mis gritos, lejos, era su voz alarmada saliendo del inalámbrico..Escucho:

-"…Elena Elena!!."… ¿estas bien?" contéstame por favor que pasa?"-

A continuación sentí un golpe que lo dejó todo en silencio.

[………….]

No oigo nada, estoy en el suelo boca arriba , noto que estoy a punto de perder la conciencia de nuevo y con mucho esfuerzo giro la cabeza, antes de que esto ocurra , y veo:
Tonos azules y rojos, los reflejos de las luces parpadeantes que chocaban contra las paredes esas que entran a través de las ventanas que hay en el salón de casa, y de cerca, las suelas de las botas de personas uniformadas que merodean a mi alrededor, y lo hacen tan de cerca que me apartaría rápidamente si pudiera moverme porque me da la sensación de que me van a pisar.... Los dueños de esas botas me tocan por el cuerpo, me hurgan, pero yo no lo siento…al cabo de un rato, me levantan y me llevan…Salgo de mi casa, me llevan por el portal, y veo la calle y a toda esa gente que está fuera esperando para saber que ha pasado.
[……]


Alguien ha vuelto a salvarme, últimamente me encuentro con esta mala costumbre, cuando estoy a punto de morirme alguien me llama y me salva…esta vez es mi amiga Ana la que realiza ese milagro…

...Me acostumbré a la manga larga , a las camas con sabanas rígidas y duras por las numerosas lavadas, al estar tumbada en la cama , mirando por la ventana de la habitación 213 …a ver solo a tipos con bata blanca y a tener como mejores amigos a los empleados de un Hospital….ahora solo pienso en todos esos:
-“Nadie te querrá tanto como yo”.-






A tu insistencia.

viernes, 18 de febrero de 2011

EL JUBILADO PARCIAL


Cuando sonó el despertador, el jubilado parcial se incorporó lentamente con un gesto, mezcla de fastidio y dolor. Hacía años que todo el esqueleto le pedía cuentas al levantarse de la cama.

- “Un poco de artrosis propio de la edad “-, le había dicho el médico con el tono cansino del que repite una lección de memoria,

 -“No te preocupes. Lo grave sería que no tuvieras molestias. Con tus años, lo de no dolerte nada solo les pasa a los que duermen en de una caja de pino “-, añadía invariablemente para animarlo.

El  jubilado parcial, se puso las zapatillas y, un poco a rastras, se dirigió al cuarto de baño para empezar la rutina de todos los días, que terminaba implacablemente en su mesa del moderno edificio corporativo, en medio de una pesadilla de expedientes de impagados que, con la crisis,  había crecido exponencialmente. Como no había expectativa alguna de conseguir otra persona más (su jefa, tras armarse ingenuamente de valor, había subido a Personal a hacer un intento que, amén de fracasar estrepitosamente, casi le cuesta el puesto –“¿no ha oído usted hablar del control de costes?” - ), las jornadas eran agotadoras, haciendo bueno el recientemente acuñado lema del agonizante presidente de la CEOE: “PARA SALIR DE LA CRISIS HAY QUE TRABAJAR MÁS Y COBRAR MENOS”.

Además le dolía un poco la cabeza, como de un imposible resacón de la noche anterior, ya que el jubilado parcial, que se había vuelto metódico con los años, jamás salía de juerga la víspera de un día laborable. Después de una buena ducha se sentiría mucho mejor y, al fin al cabo, hoy era jueves, mañana jornada intensiva y luego un largo fin de semana para recuperarse de las exigencias extemporáneas de su jefa; de las disculpas, cuando no las cajas destempladas, de los malos, (más bien nulos) pagadores; del parloteo indiscriminado de su compañero de mesa, un jovenzuelo de ésos que, salen a las tantas porque no tienen a dónde ir, sin más responsabilidades que pagar la letra del BMV, que le  hacía perder la concentración a cada minuto.

 Como no era cosa de tener un lío con el pobre chaval, que ya probablemente sufría las constantes admoniciones de sus padres (aún vivía en el seno paterno/materno), le había pedido a su jefa cambio de puesto y ella prometió que hablaría con Personal; pero después de la bronca del incremento de plantilla, lo lógico era que, entre petición y petición, dejase pasar dos o tres meses para que se enfriasen los ánimos.

 –“El tiempo suficiente para volverme loco” – pensó el jubilado parcial, mientras terminaba de cepillar sus dientes como rito final de su rutina preparatoria y, luego, salió a la calle y enfiló hacia la boca del metro.

-“Joder, que frío, tenía que haberme puesto el chaquetón”- y aceleró para llegar pronto a la escalera por la que descendía una manifestación de sonámbulos con pinganillo. Al jubilado parcial le vino a la memoria el metro mugriento de sus primeros años, con su olor a sobaco y humedad subterránea y sus currantes de mono y tartera que te miraban para distraerse cuando no tenían un Marca atrasado que leer. Ahora el vagón, con pantallas de televisión y todo, era un popurrí de perfumes variopintos, incluso algunos caros. Pero lo más distintivo era el enigmático pinganillo por el que podía escucharse desde una sinfonía clásica hasta un relato pornográfico. Y el jubilado parcial, que nunca tuvo pinganillo, pasaba las horas muertas escrutando los rostros de los pinganilleros, para adivinar la naturaleza de su audición. Hasta se cruzaba apuestas consigo mismo sobre el asunto. Apuestas, a veces millonarias, aunque quiméricas, porque la única vez que, en una mañana de lunes, el jubilado parcial, al objeto de comprobar la solidez de sus inocentes teorías adivinatorias, se atrevió a preguntarle a su vecina de vagón qué era lo que estaba escuchando, ésta, adoptó una actitud silenciosamente defensiva totalmente comprensible.

El jubilado parcial salió del metro. El frío era más intenso aún pues la oficina quedaba en un desierto parque  empresarial al límite norte de la ciudad donde se conjuraban para soplar todos los vientos de la rosa. Cosas del ahorro de costes. Así que apretó el paso para apurar sin congelarse los doscientos metros que lo separaban de la puerta del edificio, cruzó el umbral y metió su tarjeta en la ranura del control de presencia; pero la barrera no se abrió.

El jubilado parcial maldijo, para sus adentros, a los de Informática, eternos responsables de este tipo de fallos y lo intentó de nuevo sin éxito.

-“¿Qué, se te olvido desconectar el despertador esta mañana? “, le comentó con sorna su vecino de mesa a quien se le abrió la barrera de al lado sin problema alguno. Y el jubilado parcial, que aún llevaba en el bolsillo del chaquetón el paquete del regalo con que sus compañeros le habían despedido la noche anterior, se dijo para sí:

-“¡Que jilipollas, si no hubiera salido sin chaquetón, me hubiera dado cuenta antes!”, y sin decir ni adiós a la joven (y rubia) recepcionista, el jubilado parcial,  metió la caducada tarjeta en el bolsillo, se dio media vuelta, salió de nuevo a la calle y empezó a caminar sin rumbo fijo.

Pese a haberse dejado en casa el chaquetón, el jubilado parcial apenas sentía frío, aunque la resaca, ahora ya menos imposible, seguía zumbándole en la cabeza como un alegre moscardón

martes, 15 de febrero de 2011

Un futuro abierto...por Consuelo Durandez



Un futuro abierto… El reflujo del sueño está todavía presente, busca entre las imágenes que aparecen y se desvanecen en su frente. ¿A qué viene esta vieja declamación?. Finalmente la vigilia se instala definitivamente y desde el gobierno del yo cotidiano busca el recuerdo del sueño reciente.

Sí, sí, estaba en el desierto. La noticia sobre el conflicto del Sahara Occidental del telediario, de los varios telediarios replicantes de anoche, me ha habitado el sueño y me ha situado dentro de una historia con sabor a saharauis, amenazas marroquís y los conflictos que llevo analizando mas de tres años.

Se acuerda de la rabia con que escuchó anoche el relato de la soberbia y el desprecio del gobierno de Marruecos, y la angustia por las personas que ese momento están  parapetando físicamente la reclamación de un país independiente, saharaui… Pero fué un paréntesis,  la serie de ayer ¡estuvo tan interesante!, el lio entre la arquitecta y el policía corrupto está a punto de caramelo…. Sin embargo, al irme a la cama, el Sáhara ha vuelto.

El intervalo de ira y miedo ha ocupado su sueño. Disuelto el parapeto de confort y rutina, lo esencial ocupa su espacio natural convirtiendo la cama en un campo de batalla de arena amarilla.

 Mercedes lleva en su interior un conflicto antiguo. La distancia real entre los problemas reales y el sufrimiento moral con que los sobrelleva. La conciencia amortiguada por el prisma virtual a través del que intuye el dolor ajeno.

Hace tiempo, largo tiempo ¡pasa tan deprisa! que los lazos del compromiso con sus dos hijos están deshechos. La tregua pactada consigo misma para dedicar sus manos y su piel a los pequeños se ha prolongado en una aparente pero real rutina confortable, en la que los sentimientos de solidaridad avivados por las esquinas de un periodico o las imágenes de una pantalla, forman parte de esa misma rutina.

Sabe que sabe y que no quiere saber mas pero que continúa sabiendo. Una y otra vez en la consulta. Como el agua subterránea que emerge sin control a la superficie porque está ahí, discurriendo.

El paladar del sueño embarga ahora su vigilia… Y en un momento ve, mas allá de los objetos y de su vida inmediata. Vé y aparece de forma enormente sencilla la decisión que durante años ha conseguido mantener semioculta, semivisible, e invariablemente postergada.

El Sáhara, ahí tiene su primer destino. Lo demás ya está quedando atrás, desde el instante en que se ha roto el vínculo del miedo.

La mañana es una incertidumbre antigua y nueva, llena de esperanza, de misterio, en la que Merce renace fecunda, abierta y preparada para todo lo que la vida puede deparar, como un milagro, a cualquier ser vivo.

domingo, 13 de febrero de 2011

EL SANTO CRISTO DEL BOTICARIO por Jodar Montanes


¡Hola¡,si me permitís voy a contar lo que le sucedió a  mi abuelo don Ramón en 1950,boticario del pueblo en la farmacia traspasada de su padre. Los domingos tenía una especial manera de despachar las medicinas,prescritas por el Seguro de Enfermedad ,y ofrecer sólo este día, un servicio complementario al pueblo con la ayuda de Nuestro Doloroso Jesús "El Manquito",un crucifijo superviviente pero maltrecho, del asalto y quema de la iglesia del pueblo,en los días que siguieron al 18 de Julio de 1936 por parte de anarquistas de las FAI.

Todos los domingos tras la misa de doce, las ancianas al salir de la iglesia, solían acudir presurosas a la farmacia de don Ramón. Pero sólo las que habían sido despachadas durante la semana anterior por alguna receta. Accedían a una suerte de rebotica/capilla, y de rodillas le pedían a "El Manquito" que obrara en consecuencia. La mala calidad de los medicamentos del Seguro, obligaban al cristoéste  a escucharlas ,luego quizás a conceder la gracia a la anciana que  lo mereciera. Estos milagros son calificados ahora como sugestiones. La encargada de este menester era mi abuela,doña Gabriela Ugarte,donde anotada en una libreta, tenía el nombre de las beneficiarias con derecho a estas rogativas.

A los ojos de un forastero. El contemplar la escena que cuento, le llamaría la atención: Una patulea de viejas enlutadas al salir de misa protagonizaban una alocada carrera,desde la iglesia a la puerta de la botica. El extraño tendría plena libertad para elucubrar ; ¿será pajar en llamas?,¿una comadreja degollando gallinas?,¿unos amantes clandestinos sorprendidos en plena faena en las eras?,etc .Don Ramón se preocupaba que la población estuviera debidamente protegida, de los peligros progresistas de la Internacional Judeo Masónica,el gran insomnio del Invicto Caudillo. La fidelidad política de mi abuelo a su amado Franco,la demostraba orgulloso en una lápida de mármol blanco labrada a cincel por un marmolista, y fijada en el dintel de la puerta de su botica con esta inscripción:

"Francisco Franco Bahamonde. Primer Vencedor del Comunismo,en los Campos de Batalla"

Don Ramón de joven estuvo cuatro año o más cursando "latines" en el seminario. Iba para el sacerdocio,pero lo suyo no sería el vestir por la cabeza la sotana, porque dejó el seminario. Continuó con la tradición familiar de hacer la carrera de Farmacia,sin variar un ápice su apología a la fe. Cuando cambió la titularidad de la farmacia,al día siguiente ya estaba muy temprano aporreando la puerta de la casa rectoral : que le vendiera o regalara el cura aquella imagen falta de un brazo, y olvidada en el trastero de la sacristía. .La arregló con alguna que otra prótesis falsa, pintó y puso colgada en la rebotica. El recompuesto cristo ya tenía un nuevo trabajo: de colaborar, en la efectividad de las medicinas que expendía mi abuelo a los asegurados. De esta manera luchaban los dos ,contra la adversidad de tener mala salud los habitantes del pueblo.

A las ancianas del pueblo, es que les encantaba postrarse ante aquella imagen. Un domingo se encontraron éstas, que estaba primero en la cola para pasar a la rebotica Julio,el hijo menor del "Conejero" a valerse de aquel servicio sin haber comprado medicina alguna la semana anterior. La presencia del mozo originó un tenso malestar entre las pedigüeñas : su padre fue uno de los adeptos a la causa de Buenaventura Durruti, los que profanaron la iglesia. De no ser por su madre Leocadia,que trabajaba de interna en casa del jefe provincial de Falange,el muchacho no hubiera estado allí, hubiera llevado algunos años su progenitor abonando las malvas de la tapia del cementerio del pueblo,o los cardos borriqueros de una cuneta cualquiera.

Pio Baroja,escribió en su día: " El hombre nace con dos alternativas respecto al azar; la torcida y la derecha". Julio tenía ese día a partes iguales de las dos: don Ramón,ese domingo amaneció acatarrado, y permaneció en cama. De encontrarse bien, mi abuelo no le hubiera negado la entrada;  le habría mostrado una cara de  pit-bull, y el hijo del anarquista persuadido, no se hubiera adentrado en la rebotica milagrosa.

Pero fue poco el tiempo estuvo Julio ante "El Manquito".No se postró ante él como era obligatorio; de la rebotica salíó el grito de mi abuela doña Gabriela Ugarte, seguido de dos dramáticos ¡ay,ay¡, el hijo del "Conejero" salía tambaleándose, manando sangre por la cabeza como un toro de lidia en el tercio de varas.

A la zaragata que se formó,don Ramón bajó muy nervioso preguntando qué había pasado. Doña Gabriela Ugarte estaba sentada en su butaca presa de un “vitangillo”.Con ambas manos tenía asido el pesado recogedor de hierro de las cenizas del hogar.

Al cuarto de hora, la guardia civil, los "miguelicos".

-¡Buenoh diah...,¿se pué sabé,qué coño ha pasao aquí?,nos han avisao,que de la botica ha salío uno con la camisa liá en la cabeza, y que va exando los sesos por la boca.

Mi abuelo,se dirigió al que era el de más graduación.- Hágame usted un favor: présteme su mosquetón de reglamento,que el peine de seis balas se las disparo en menos que canta un gallo, al hijo menor del "Conejero".

-¡Aquí naide¡.-le responde hoscamente el cabo de la Benemérita.-se va a liá a tiroh.¡Jacintooo,vete exando a la calle a estas agüelas¡.¡Que se vayan pa su casa a fregar loh plato, o que barran el corrá¡.

Dos tazas de valeriana fueron necesarias para calmar a doña Gabriela Ugarte. Le dejaron los labios escaldados. Vuelta en si, en el suelo dejó la badila de las cenizas, se ajustó los quevedos en la nariz,y le dijo al guardia por el zafio carácter que mostraba:-¡Ni se le ocurra,delante de nuestro Jesús "El Manquito",decir una palabrota,o una irreverencia¡.

-¡Señooora: a mi dinguna muhé me manda¡,lo que va hacer ahora es contá toa la verdá, ¿cuantas veceh ha agredío con "eso" a la víctima?.

-¿Yo?.- Respondiendo mi abuela con desdén.-¡Las justas y necesarias¡, ¡ni una más,ni una menos¡

El cabo sorprendido por aquella lacónica respuesta-¿No pensó,que lo podía habé dejao má tieso que un ajo?, ¡joéee¡

-¡Me importa un carajo.-Mi abuela poniéndole virilidad a su confesión, toda una Ugarte-Pero ese rojo no entra más a mi casa a rogarle a nuestro cristo: Tu que eres famoso haciendo milagros,a ver si al salir de aquí me pones en la calle un billetico de mil pesetas,que tengo ganas de....

-¡Ganah de qué, ¿de comprase unos apargates pa la romería?

-¡De gastarse mañana el billete en esa casa de malas mujeres¡.

lunes, 7 de febrero de 2011

Feliz Samuel de Valeria Mesalina

Sin reparar en que el luminoso situaba el ascensor en la séptima planta, posó el dedo en el cinco, el del último piso. Momentos después y con media hora de adelanto, como casi siempre desde hacía treinta años, dejó el maletín sobre su escritorio al tiempo que pulsaba el encendido del ordenador y, sin esperar un instante, se dirigió hacia la máquina de café a por el primero de la jornada.
De camino, iba pensando que no le importaba si aquello se había iniciado al lanzar el manotazo contra el maldito despertador o si lo venía soñando y al despertar se había quedado revoloteando en su cerebro, pero tenía la certeza de que esa obsesión y su inseparable jaqueca no le abandonarían hasta después de la cena.
Todos los botones de aquel artilugio pugnaban por ganar su atención parpadeando con la misma leyenda: “Thé a la menthe.” Pero el hizo caso omiso a las llamadas luminosas eligiendo uno al azar y al instante apareció en la ventanilla un vaso negruzco de material indefinible, rebosante de un líquido oscuro que debía oler a café, el mismo aroma que desprendía su padre en las peroratas dominicales de sobremesas lejanas.
Samuel lo sabía desde entonces, no levantaba un palmo del suelo y ya estaba en el ajo y, como suele suceder con todas las verdades reveladas, el tiempo se había encargado de reforzar ese convencimiento. Sin embargo la palabreja le resultaba tabú, especialmente cuando se trataba de aplicársela a sí mismo. Tampoco ayudaba el ambiente de aquella oficina, donde nadie consideraba ni remotamente la posibilidad de ser tildado con tamaño despropósito. Podían ser cualquier cosa: jefes, administrativos, secretarios… empleados, trabajadores, currantes, pero… ¡Obreros?
Y él que conocía el percal, procuraba pasar desapercibido mientras acumulaba trienios. Pero esa prudencia no le impedía pensar, más bien saber, que la plusvalía de su trabajo engrosaba las fortunas de los accionistas ausentes y de los directivos presentes y que algún día tendría que poner los puntos sobre las íes.
De nuevo en su puesto, miró a través del cristal hacia el reloj de la plaza: las nueve y cinco. Sacó la manzana del maletín y tanteando en el cajón, dio con su  “herramienta,” la navaja montera que usaba para la fruta. Por ensalmo, cayó en la cuenta de que todo el mundo estaba en su puesto afanándose en los teclados, incluso los “masca”  que laboraban febrilmente en sus despachos. No recordaba que se hubiera dado una asistencia semejante a hora tan temprana, ni siquiera “el día de la bomba.”
A media mañana, el jefe, en contra de la costumbre de aparecer a su espalda fisgoneando en la pantalla, le reclamó por teléfono que se presentara en el despacho y Samuel acertó a guardarse premonitoriamente la “herramienta” en el bolsillo trasero del pantalón antes de acudir a la cita con el destino.
El “reyezuelo” le ordenó desde el trono sentarse en la sillita penitencial y comenzó a largar alabando sus cualidades personales y profesionales… Samuel, aprovechando el prolegómeno, se evadió momentáneamente al paraíso, junto a las huríes,  y al volver, pareciéndole que el discurso estaba a punto de cambiar de tercio, se atrevió a desviar la mirada hacia la ventana, buscando el reloj que seguía marcando las nueve y cinco y, sin esperar un segundo, sacó “la faca,”  la acostó ostentoso en la mesa que le separaba del amo y espetó en un susurro: _Es que soy…
Y el jefe, contrariado por la interrupción, _¿ Eres…?
Y Samuel, _Soy… de la virgen Maria…
Y el jefe, _ ¿Qué?
Y Samuel, aún a media voz, _Quiero decir que soy… de san José obrero, que soy un obrero vamos.
Y el jefe, _Ya, y yo también…
Y Samuel, explotando, de corrido y a grito pelado, _¡Que soy hijo de la clase obrera, y que no sigas por ese camino, maldito esbirro, cómplice de la patronal, hijo de la gran puta. Por ti y gente como tú, nos hallamos en este estado calamitoso, me cago en la ostia!… ¡Y además!…, añadió desgañitándose, _¡TE PERDONO LA VIDA, MAMÓN!
Recogió la navaja de monte, aún en su funda de cuero, y salió dando un portazo en dirección al ascensor que esperaba en la planta doce según el chivato, lo cual le importaba un pimiento mientras pulsaba el cero para largarse a respirar aire fresco.
Mientras descendía, cayó en la cuenta de que se trataba del sueño recurrente de siempre. Ahora sonaría el despertador… o quizás ya le había sacudido el guantazo acallador…
Al tiempo que se abría la puerta, descubrió que la jaqueca había desaparecido. Cruzó el vestíbulo y, en el umbral, la luz cegadora del sol le obligó a hacer visera con la mano para mirar al reloj de la torre: La una menos cuarto. En ese instante supo que no quería pellizcarse para comprobar si estaba despierto. La calle explotó en mil colores y los transeúntes le parecieron relajados y amistosos. Sus labios dibujaron una estupenda sonrisa. Se sentía ligero como un jilguero. Improvisó un brinco inexplicable para su condición física, chocando los talones en el aire, y se alejó caminando.
Sentía que se había quitado treinta años de encima y treinta kilos.
-Soy feliz, pensó.

jueves, 3 de febrero de 2011

TAXIS A NINGUNA PARTE DE Ketedhen Yalevale

El día que salí de la cárcel entré en el infierno. ¿De qué podría servirme esta libertad, si ya desde ese momento estaba obligado a presentarme en el juzgado y a dejar un domicilio donde pudiera ser localizado por el funcionario encargado de la condicional? ¿O acaso el volver a integrarme en la sociedad me iba a permitir ejercer el mismo libre albedrío que ya antes me había enviado al trullo? ¿Entonces dónde está el infierno, dentro o fuera? No sé, como siempre muchas preguntas y ninguna respuesta. Una vez leí que solo las respuestas justifican las preguntas y que una pregunta sin respuesta es simplemente una pregunta mal planteada. Quizás no debiera leer tanto. Pero ahora será mejor que preste atención a lo que estoy haciendo, no vaya a ser que el cuello del taxista, donde tengo apoyada la punta de mi navaja, sufra algún daño mayor que las pequeñas laceraciones que mi nervioso pulso tatúa en su piel. Al fin y al cabo, aunque sea la recaudación de toda una noche de curro, la vida vale mucho más, sobre todo cuando tienes un negocio que atender y un compromiso con los clientes. Me joden estas cosas, en la cárcel no tenía necesidad de dar por saco a nadie y si lo hacía era a algún cabronazo toca huevos.
            Siempre he tenido una gran empatía por los demás. Así, viendo los asustados ojos de aquel  hombre reflejados en el retrovisor, podía sentir la humedad de su frío sudor, el vacío que en el estómago le provocaba el miedo y la tensión de todos sus músculos. Incluso podía apreciar el acelerado ritmo del corazón a través del movimiento del bolsillo de su camisa.
            Quise tranquilizarle ofreciéndole un cigarrillo, y aunque pareció balbucear que no fumaba, el caso es que lo aceptó; me imagino que por aprovechar que ya estaba encendido. Era tan evidente que no había fumado nunca como que no echaba de menos la abstinencia, pues en poco más de tres caladas lo había consumido entero. Le encendí otro.
            Ya parecía entender mejor mis monótonas y emotivas órdenes: derecha, izquierda, ¡pon los intermitentes de una vez, joder!; y es que estos tíos no tienen remedio, les trae sin cuidado el que venga detrás cualquiera que sea la situación.
            El tipo comenzó a ponerse parlanchín. Después de una breve predicción meteorológica para los próximos siete días y de un fino análisis socio-político acerca de los ciclos económicos, pasó a hablarme de que si llevaba solo un año con el taxi, que si lo había cogido para complementar su sueldo de adjunto a la cátedra de Computación Psicoactiva, que no le llegaba para pagar el costoso tratamiento al que su mujer se estaba sometiendo en una prestigiosa clínica de Houston, para la reconstrucción mamaria de sus tetas, después de que estas pasaran por el concurso televisivo “Tenga usted las Tetas que tanto gustan a los amigos de su marido”.
            Me empezaron a entrar ganas de vomitar, incluso de hacerlo encima suyo. Mi víctima pasaba por momentos de pobre diablo a gilipollas contumaz con su propia estupidez.
            Entonces al tipejo se le empezaron a saltar las lágrimas. Decía, mientras encendía un nuevo cigarrillo, que si le ocurría algo, su mujer no podría hacer frente a los elevados pagos del tratamiento y que tanto ella como los hijos de esta, a los que él había dado sus apellidos, se verían obligados a traficar con drogas, especular con activos financieros tóxicos, o a meterse en política; siguiendo todo un camino de depravación personal.
            A pesar de que toda empatía había desaparecido hacía algunas calles, seguía sintiendo el sudor frío, el estómago estragado y los músculos crispados, si bien, ahora, se trataban de los propios.
            Noté como comenzaba a faltarme el aire. La navaja se me escurría entre los dedos y el puto taxista, que no dejaba de hablar y de fumarse mi tabaco, hacía la alineación y estrategia de la selección española para el próximo campeonato, en el que las líneas medular y de tres cuartos deberían juntarse más con el fin de achicar espacios. Empecé a encontrarme francamente mal. Un extraño olor sulfuroso impregnaba todo el ambiente, la vista se me nublaba distorsionando el aspecto y la dimensión de las cosas y la navaja qué no sé donde andaba. Mientras el taxista, al que parecían haberle crecido dos pequeñas protuberancias en los extremos de la frente, no paraba de reírse en mi cara, además de mostrar una malévola mirada por cuyo interior parecían desfilar los acontecimientos más turbulentos de mi vida. El calor se hizo sofocante y arrastrado en un vórtice infernal perdí el conocimiento, solo para recuperarlo al sentir como un ardiente puño helado me atravesaba el pecho arrancándome el corazón.

jueves, 27 de enero de 2011

SU MIRADA. De Silvia Dominguez


Salgo del hospital con una sensación de angustia que me ahoga, doy tres pasos rozando los charcos y me paro, la lluvia acaricia mi rostro, mi cabeza no para de darle vueltas a la conversación de hace unos minutos, no ha sido una noticia tan mala como la que esperaba, pero ha cambiado mi mirada, mis ojos copian la lluvia en una oleada de sollozos, y mis manos se funden con mis mejillas sintiendo su piel mojada. Comienzo a andar tras un momento de confusión y vuelvo a estar entera, mis manos se despiden de mi piel y mis ojos se olvidan de mis lágrimas, pero mi mente todavía me deja un resquicio de realidad con la que seguir peleando.
Sin salir del recinto del hospital, y aun andando lo que a mi me parecen kilómetros, me encuentro con un hombre, está apoyado en una valla  y tiene una bolsa de plástico en las manos, la gente que le rodea lo hace sin percatarse de su presencia, todos van al compás de un ritmo acelerado, ni aun  rozándolo podrían sentir que es un cuerpo lo que están tocando, pero yo noto su calor en la distancia. Su rostro muestra inocencia y sus manos piden ayuda extendidas hacia la humanidad que, sin mirarle, pasan de largo hacia sus respectivos destinos.
            No para de llover, se está mojando, su pelo y su barba se adornan con gotitas de agua que parecen brillar, da la impresión de que no le importa estar empapado, pero me fijo en su mirada y no es como la de los demás transeúntes, la tristeza que en ella encuentro es tan grande, que no se asemeja a ninguna otra que pueda recordar. El azul de sus ojos se vuelve más intenso a medida que me acerco, sus labios, agrietados por el frió, parecen gritar de dolor y agonizar en llanto.
 Ya frente a él mi mano rebusca en mi bolsillo y siente el vacío, solo pelusas que se enredan en mis dedos, él no para de mirarme y extender las manos. Abro el bolso y veo mi monedero blanco, la cremallera tarda en deslizarse, está atascada, y cuando por fin se abre, en mis ojos se vislumbra la angustia, solo llevo chatarra, veinte céntimos, quizás treinta. Mis dedos, temblorosos, se introducen en el compartimiento y sacan el dinero, en ese momento pienso: “ojalá por arte de magia se convirtiera en un fajo de billetes para poder cambiar la mirada de ese hombre”, pero no es así, mi mano roza la suya cediendo el poco dinero que puedo darle. Cuando logro contemplar su gesto, veo en el un atisbo de esperanza. Mi voz, quebrada, intenta disculparse por solo poder darle chatarra, pero una sonrisa entrecortada da paso a una voz grave que me hace ahogar el llanto, cuando me dice que lo que importa es la voluntad, y sin dejar de mirarme a los ojos, me desea un buen día,”lo mismo le deseo a usted” le digo, pero se que su día no será tan bueno como el mío, a pesar de la mala noticia que me han dado en el hospital hace tan solo unos minutos.

                                                                                                                              MORGANA

domingo, 23 de enero de 2011

ASCENDER SIN TREPAR por Isabel

                                                                                             
Una dominical y soleada mañana de comienzo del otoño, después de caminar tres kilómetros desde la casa hasta el pequeño pueblo de la sierra madrileña para comprar la prensa y el pan, tomé asiento en la terraza de una cafetería que ofrece unas magnificas vistas a la montaña.
El camarero se acercó a la mesa preguntando qué deseaba tomar, pedí una copa de vino y mientras él se alejaba en su búsqueda comencé a ojear la prensa. Páginas que hablaban de economía, la huelga en Francia, la crisis, el cultural de fin de semana y los deportes, hasta aquí las noticias que forman parte del ritual de los últimos fines  de semana.
Me sorprendió el titular de una pequeña columna que decía: “Rescatan de la copa de un árbol a una mujer de 74 años que salió a buscar setas”. Sin leer la noticia pensé, ¿pero cómo ha podido trepar una mujer de esa edad hasta la copa de un árbol? y claro,  lo que aún se me hacía más extraño  es que después de la proeza de trepar no supiera descender por si misma y tuvieran que rescatarla. Paré la maquinaria mental limitando la acción a la simple lectura de la  columna.
Los hechos según relataba la prensa habían ocurrido en el  Parque Natural de Benifasar,  en Castellón. Al  parecer la mujer salió con otros familiares a recoger setas, dicen que la tarde entraba ya en noche cuando al  levantar la vista  y no ver a sus acompañantes la mujer se sintió confundida, cuentan que estos  al echarla de menos buscaron por toda la zona sin encontrarla ni poder explicarse la absurda pérdida, que suspendieron la búsqueda en la oscuridad de la noche e informaron a las autoridades competentes en materia de  desapariciones.
Con el despertar de la noche se activo el equipo de búsqueda y rescate que dirigiéndose a la zona empezó la matinal tarea de peinarla en busca de la mujer. Perros rastreadores, ojeadores a pie y voladores ojos bajo hélices de helicópteros junto a algunos familiares buscaron hasta encontrar, supongo (esto no lo dice la prensa) que no sin asombro a la mujer de 74 años encaramada en la copa del árbol en el que había pasado  la noche.
El periodista cuenta que al parecer cuando la mujer se había perdido la tarde anterior, dio vueltas y más vueltas intentando encontrar a los suyos,  hasta llegar a la completa desorientación y que  “dirigió sus pasos a una zona escarpada en la que resbaló para quedar enganchada en la copa de un pino”.

jueves, 20 de enero de 2011

LA CIGÚEÑA QUE NUNCA VÍ por Angela Suarez

Nací un día de invierno de hace muchos años en una tierra muy fría. Nunca me contaron si lo pasé mal al llegar  pero lo cierto es que soy la persona más friolera del  mundo.
Todos esperaban la llegada de un varón (entonces no se sabía el sexo hasta el día del nacimiento), por lo que imagino se sintieron algo decepcionados al ver que era otra niña, la quinta., el niño llegó después de otra  más, bueno éramos una gran familia numerosa que en esos tiempos resultaba muy normal.

Recuerdo cuando llegó la sexta hermanita. Era uno de esos días luminosos y largos del mes de Junio. Yo tenía 4 años. En la casa había mucha agitación, cargaban palanganas de agua caliente y sábanas limpias. Oía a mi madre en el dormitorio dando gritos y a mi padre tratando de calmarla. Yo estaba muy asustada, pensaba que algo grave ocurría e intentaba asomarme al dormitorio, pero no había forma de ver algo.

 Mi padre me cogió de la mano y junto a mis hermanas un poco mas mayores que yo, nos acompañó hasta la entrada del portal de la vivienda donde había una especie de banco para sentarse y señalando al cielo nos dijo: “Mantener los ojos muy abiertos, pues en pocos minutos vereis aparecer una gran cigüeña que en su pico y envuelto en algodón os traerá a un nuevo hermanito”. Llega de la misma manera que lo habeis hecho vosotros.

Aquellas palabras se grabaron como fuego en mi cerebro. Miré al cielo y esperé y esperé. Me dolía el cuello terriblemente y me escocían los ojos pero no me atrevía a bajar la vista al suelo por si me perdía la llegada de la  gran cigüeña.
No recuerdo el tiempo que permanecí allí, quieta, casi sin respirar y esperando….

Fue la voz de mi padre la que me devolvió a la realidad. ¿Pero no habeis visto a la gran cigüeña con vuestra hermanita colgando del pico?. Es una niña muy guapa como vosotras y se llamará Isabel en recuerdo de vuestra tía fallecida recientemente.

Como explicar la desilusión que sentí en ese momento. Quizá, no había estado suficientemente atenta al cielo, quizá en algún segundo de debilidad la cigüeña había pasado velozmente y no la había visto. Había perdido una oportunidad única y quizá no volvería a tener otra  nunca más.

La  recién llegada no me interesaba demasiado, sólo mi madre, sólo ella .Quería saber si el dolor de tripita se le había curado para poder preguntarle por la cigüeña. Ansiaba conocer de donde venía, si había una montaña cerca del cielo donde muchos niños esperan viajar en su nube de algodón hasta sus nuevas mamás,  cómo había entrado en  la casa sin que yo la viera y si pensaba regresar pronto. Me hubiera gustado darle las gracias por haberme traído hasta aquí.

Me acerqué a la cuna donde dormía la recién llegada y me pareció un poco fea, arrugada y muy colorada. Es posible, pensé, que en el viaje hasta la casa le hubiera dado mucho el sol y se habría quemado un poco.

Mi madre me sonrió, -Ven acércate. Siento mucho que no hayas visto la cigüeña que trajo a tu hermanita. Te prometo que la próxima vez,  que ya serás una mujercita, estarás muy pegadita a mí y la verás mejor que nadie-.

Pasé mucho tiempo en la habitación viendo dormir plácidamente a mi madre y a la nueva hermana. Creo que en algún momento me quedé dormida yo también y cuando desperté me encontré que había pasado a compartir el dormitorio con mis hermanas mayores. Yo también empezaba a serlo. A partir de ese instante me iba acercando a la promesa que me había hecho mi madre de estar a su lado en la próxima visita de la cigüeña.

Pasaros dos años. Un buen día al llegar del colegio encontré mucho movimiento en casa. Era raro, mi madre estaba en la cama pero cuando me fui por la mañana no parecía estar enferma. Ignoraba que podía haber ocurrido en ese tiempo. Pronto lo descubrí. Y las lágrimas corrieron como ríos por  mis mejillas. De nuevo la cigüeña había venido, en mi ausencia, sin advertirme, y todos estaban como locos de contento. Un precioso niño reposaba en la cunita de siempre y mis padres no paraban de hacerle carantoñas.

Salí corriendo de la habitación seguida de mi padre que intentaba alcanzarme Las lágrimas me ahogaban,  no quería saber nada, pero él me  estrechó entre sus brazos y trató de explicarme lo sucedido.

Mamá está muy apenada por no poder cumplir la promesa que te hizo. Ella esperaba que la cigüeña vendría entrado el verano, pero no ha sido así, se ha adelantado, quizá se equivocó de ruta y nos ha dejado un precioso niño al que estoy seguro querrás muchísimo. Yo te prometo que habrá una nueva visita y que tú estarás junto a nosotros para verlo.

Nunca más volvió la cigüeña a visitarnos. Se había acabado el envío de hermanitos a nuestra casa. Quizá no quedaban más, o ya éramos suficientes; la verdad es que estábamos viviendo un poco apretados, pero  me hubiera gustado tanto verla.

Han pasado 50 años, todavía me acuerdo de aquello y en la sierra, cada vez que miro a lo alto de la iglesia del pueblo donde paso los veranos, veo el nido y pienso que a lo mejor era de allí de donde venían los hermanitos nuevos.

Estoy  mirando al cielo y observando el vuelo majestuoso de una cigüeña  que ha salido a buscar comida para sus crías y me ha parecido ver entre sus alas como una gran bola de algodón de la  que colgaban dos  piececitos.


domingo, 16 de enero de 2011

INMORTALIDAD por Jesús Lazaro

finalista del certamen literario Alberto N Garcia Prieto

Había estado un largo rato hojeando aquel informe médico y no había encontrado la fatídica palabra. Entre ese galimatías de grafismos impronunciables no había ni rastro de ella. Era evidente que no estaba allí, que nadie había querido que quedara reflejada explícitamente entre aquella monótona repetición de sufijos que se debatía cansinamente entre las -itis y las -osis.

No obstante, él sentía la resonancia del vocablo dentro de sí, como un enorme badajo que golpeara en su interior y esparciera la reverberación por todo su cuerpo.

Hacía más de un año, mucho antes de que recibiera el fatídico sobre, que sentía que su tiempo se acababa, que su fecha de caducidad, ésa que está escrita con tinta invisible e indeleble en cada niño que nace, ya estaba próxima. Durante todo este tiempo había pensado qué haría, cómo lo afrontaría, qué sería lo último que le gustaría hacer. Pero ahora, que la sola omisión de una palabra le confirmaba la cruda verdad, se encontraba perdido. La inmediatez de la nada con su corolario, el olvido, lo sumió en un profundo y devastador silencio.

Al deambular por la casa sus pasos le llevaron a la biblioteca. Su colección de novela negra estaba allí esperándole, siempre fiel. Cogió su libro favorito…

Marlowe estaba en su negra oficina esperando un caso lo bastante interesante como para que mereciera la pena escribir una página más. En la pieza entró un hombre, delgado, enjuto, ni demasiado viejo ni demasiado joven, llevaba un sobre color sepia que se agitaba continuamente con el temblor de su mano.

- Sr. Marlowe, he pensado que quizá usted necesite un ayudante.

- Ha pensado usted demasiado, ahórrese el esfuerzo. Yo trabajo solo -dijo el detective con una voz tan ronca que parecía salir del fondo de la voluta de humo que exhalaba su negra boca.

- Pero, yo podría …

- Silencio, ya he dicho mi última palabra, por favor, váyase y no olvide cerrar la puerta.

- Entonces, no me deja usted otra opción…

De repente, el extraño personaje sacó de su bolsillo un reluciente Smith and Weson y descargó su cargador sobre el detective, que apenas tuvo tiempo de levantarse de la silla. Una vez cometido el abominable crimen, el asesino arrastró el cuerpo a la habitación contigua, limpió la sangre y, plácidamente, se sentó a esperar en la misma silla en la que el detective había estado sentado minutos antes.

Al poco se oyeron pasos y la puerta se abrió dejando entrar una corriente gélida, estremecedora.

- Lo que usted busca está en la habitación de al lado -dijo el intruso-. Lléveselo. ¡Ah!, y llévese también este sobre.

Al caer la tarde, se oyeron otra vez pasos en el corredor y la puerta de la oficina se abrió de nuevo.

- ¿El Sr. Marlowe?

- El mismo, ¿qué se le ofrece?

- Verá, el caso es difícil de explicar.

- No se preocupe, tenemos una eternidad de tiempo por delante. Cuénteme…

Una gris madrugada lo encontraron, sentado en el sofá de su casa, con un libro abierto en el regazo y en su rostro, la sonrisa etrusca de la inmortalidad.

viernes, 14 de enero de 2011

EN BUSCA DE LA FELICIDAD por Ignacio Lopez

finalista del certamen literario Alberto N Garcia prieto

Vuelvo a subir el Himalaya de la desesperación. Desde aquí, desde lo alto, o desde lo bajo, siempre termino por ver Driet, antaño pueblo olvidado, a menudo quimérico, accesible únicamente para unos pocos, pero desde su redescubrimiento, hace escasos años, ciudad recurrente, de obligada visita.

Antiguamente Driet era un tabú que únicamente se podía encontrar en novelas de ficción y en la historia oral de algunas familias, casi nadie pensaba en Driet como finalidad, ni como meta o destino, ni tan siquiera se tomaba en serio a la gente que hablaba de ello, se la consideraba loco. Muy pocos eran los mapas que la incluían en su geografía, y tan sólo un par de guías de viaje hablaban de Driet como “atracción turística”. Era una olvidada. Hoy Driet es distinta, muy distinta. Hoy Driet es una ciudad enérgica, bulliciosa, hiperactiva, cosmopolita, abierta. Su centro, Nogüer, es el barrio más caro del mundo . Los mejores hoteles adornan sus calles con lujosos vestidos, y las rentas más altas juegan en la abundancia. No se es nadie si no se ha estado por lo menos un día paseando por sus calles … Así, hoy, cuando el valor más en alza es hiperrealismo y curiosamente nadie cree en las metafísicas, Driet resurge, más que nunca, alentada por esa revalorización que tiene lo que nunca acaba de morir, alentada por el querer conocer lo desconocido, y alentado, por qué no decirlo, por el interés de algunos en que se conozca…

Supongo que no en vano el que los habitantes de Driet sigan dedicándose a lo mismo que hace siglos, “venta de escaleras hacia la felicidad”, es por lo que los negocios han prosperado, supongo que es la razón por la que la demanda de sus productos es ascendente, y también que es el motivo fundamental por el que hay cada vez más compradores dispuestos a pagar lo que sea por una de las escaleras que allí se venden. Y en Driet, como es lógico, cada vez hay más vendedores que ofrecen las mejores escaleras, con los mejores materiales y las más altas calidades. Los comercios se han profesionalizado, las tradicionales familias de artesanos “escaleros” han dado paso a verdaderos emporios basados en la venta agresiva y en unos comerciales hiperespecializados en labores de marketing directo e indirecto, que extienden su producto mucho más allá de las redes habituales. De esta forma las escaleras de Driet ganaron fama mundial, y así, hoy, todo el mundo se establece como objetivo conseguir una de las escaleras que allí se venden, da igual credo, país, sexo, raza, edad, estado civil… da igual origen, motivaciones, moral o inquietudes.

Como cualquier otro artículo en alza, las escaleras se han diversificado y hay diferencias en precios y terminaciones: peldaños más o menos altos, materiales más o menos nobles, bases más o menos seguras, y por supuesto, fábricas con mayor o menor grado de fama y reputación. No es raro ver en Driet familias que se hacen fotos al lado de tal o cual comercio, juntos a una u otra base de asentamiento escaleril, o que piden a cualquier transeúnte que le saque un retrato al lado de un archiconocido comercial de cualquier SuperEmpresa. Hasta se ha creado merchandasing, y catálogos web de productos Driet: camisetas I Love Driet, Escalera hacia el cielo, Yo estuve en Driet y pude contarlo, From Driet to Heaven… existen también tazas grabadas con un “Ponga a Driet en su vida”, “Busque y compare, pero termine en Driet”… Las propias escaleras tradicionales finalizan en el último peldaño con cartelitos que dicen: “si lo hubiera comprado en Driet su ascenso no finalizaría aquí”. Es tal la popularidad de sus productos que si no se tiene uno, uno queda casi apartado del resto. BIENVENIDOS A DRIET, se puede leer en las cajas de algunas marcas de preservativos.

¿Qué es lo que hay cuando uno llega arriba de cada escalera?. Depende. Hay gente que habla que notaron durante segundos una sensación irrepetible, totalmente nueva… la mayoría, sin embargo, no dice nada, baja tal y como subió, pero recomienda a otros que vayan a Driet a comprar una escalera, a vivir la experiencia, esa experiencia única que es poder llegar a tocar la felicidad.

Lo más curioso de Driet, como de muchas cosas afamadas, es su origen. Hasta donde pude saber, la fundación de Driet correspondió involuntariamente a una mujer, casada, con hijos, que cierto día de invierno se bajó del autobús en el que viajaba, apeándose en una parada inesperada e inhóspita y comenzó a andar sola hacia ninguna parte conocida aparente. Días más tarde la encontraron y le preguntaron que por qué se había bajado de aquel autobús y que cómo había podido mantenerse viva. Ella dijo que había visto la felicidad por una ventanilla y que tenía nombre y apellidos, los suyos propios… “dejé de creer, cuando empecé a pensar… en mí” dijo ella. La mujer desapareció, pero desde entonces, todo el mundo quiso aspirar, si acaso, a atisbar la sombra de lo que aquella mujer estaba hablando, y se asentaron en ese mismo lugar.

Por eso hoy, desde el Himalaya de la desesperación, sigo viendo Driet con relativa facilidad, pero aún continúo preguntándome más por esa mujer y por si, tal vez, sólo tal vez, la solución pudiera estar efectivamente, sólo en mí. Afortunadamente, desde esta cota, puedo preguntárselo a los cuatro vientos, no hay riesgo de aludes, ni tampoco hay riesgo de que alguien me pueda responder.

miércoles, 12 de enero de 2011

AQUELLO QUE VIVÍ EN LA INDIA por Concepción Gomez De Andres

finalista del certamen literario Alberto N Garcia Prieto

Habíamos llegado. Al fondo se adivinaba. Era el Ganges.
Había algo de claridad, pero aún no había amanecido.
Aquel lugar era especial para los sentidos. En parte desconocido, en parte misterioso.
Se respiraba una mezcla de aromas intensos, no definidos.
Se sentía el bullicio de la gente, con su ir y venir a no se sabía donde, dentro de una bruma, que más parecía niebla. Y, al fondo, la luz incipiente del alba.
Éramos extraños en aquel lugar, pero tenía algo que lo hacía familiar. Estaba absorta en estos pensamientos, cuando, de repente, sentí un suave roce en mi hombro. Me volví. Allí estaba. Era una mujer vestida con un sari blanco, de apariencia frágil y de gestos dulces.. Tenía una mirada profunda.
Alargó su mano hacia mí, con la palma hacia arriba. En aquel momento sentí que lo que me rodeaba se había desvanecido. Solo existía aquella mujer que me pedía ayuda. Lo que podía ofrecerle era algo de dinero. Las mujeres viudas tienen una vida difícil en India –pensé-.
Llevaba a mano unas pocas rupias. Era una pequeña cantidad, pero a ella podían servirle para varios días, así que, las puse en su mano. ¡Qué expresión de gratitud la de aquella mujer!. No hacían falta palabras.
De repente, oí mi nombre. Me estaban esperando. Tenía que darme prisa. Me había olvidado del “grupo”. Corrí hacia ellos. Caminamos. Empezamos a ver el Gran Río.
Pág.1
AQUELLO QUE VIVÍ EN LA INDIA (Cont.)
Estábamos llegando a la orilla del Ganges. Según me iba acercando, se hacía cada vez más grande y poderoso. Los primeros rayos de luz lo hacían brillar como si fuera de plata. Allí nos esperaba una pequeña barca. Teníamos que coger las flores para hacer las ofrendas en el Ganges.
Tomé en mis manos una de aquellas flores y subí a la barca. Mientras nos separábamos de la orilla me dí cuenta que una mujer vestida con un sari blanco me miraba. Era la misma que, momentos antes me pedía ayuda. Me había seguido.
Nuestras miradas se cruzaron. Entonces, ella juntó sus manos cerca del corazón y se inclinó ligeramente, con una maravillosa expresión de agradecimiento.
Le respondí con el mismo gesto. Su rostro se iluminó y, de nuevo, juntó sus manos y se inclinó. Toda ella transmitía agradecimiento. ¡Cómo se puede conectar con una persona sin mediar palabra!.
Aquella mujer me hizo un gran regalo.
Me mostró EL VALOR DEL AGRADECIMIENTO.

lunes, 10 de enero de 2011

MANUEL de Isabel Galán

finalista del certamen literario Alberto N Garcia Prieto

… Las vetustas escaleras de madera crujieron cuando sus pisadas plasmaron en cada escalón su huella. Llegó a la habitación 27, en la segunda planta. Apenas una tenue luz asomaba a través de los cristales que adornaban la lamparita de la mesilla, la suficiente para ver la silueta de la mujer que le esperaba impaciente sentada en el borde de la cama. Él se acercó y ella, clavando las pupilas en sus ojos, hablándole con la mirada limpia como tantas veces había hecho antes, se levantó. Le acarició la cara y le abrazó, susurrándole al oído un te quiero que latió en su sienes durante un minuto. Le besó la cara, los ojos, acarició sus cejas, su nariz, sus labios, para que se quedara grabada esa imagen para siempre en sus manos. Tomó por la cintura a esa mujer, la que sin pretenderlo, había conquistado su alma. Él le dijo algo al oído y ella se estremeció. Permanecieron abrazados, sin moverse, y un instante después comenzaron a quitarse el uno al otro la ropa. Lentamente, él desató el lazo del vestido rojo que llevaba anudado en su cuello, bajó la cremallera y suspiró. Los botones fueron cayendo, frágiles como si fueran de coral. Sus besos eran cada vez más cálidos, se rozaban con sus lenguas, marcando el perfil de sus labios, para que permanecieran allí sellados, para que nunca se marcharan. Él la tomó en sus brazos y suavemente reclinó su cuerpo sobre la cama, un mar de sábanas blancas que desprendían olor a flor de azahar. Comenzó a desnudarla mientras la besaba y ella inclinaba su cuello, haciendo sitio para que cupieran sus besos, dejándose amar. Cuando sus manos alcanzaron el pubis, pudo sentir su sexo húmedo, sus pechos turgentes, sus pezones agrandándose hasta tomar forma de fresa madura para ser comida, para acariciarlos con la lengua hasta no dejar semilla. A ella le gustaba y él lo sabía. Gemía con sus caricias, las de sus labios, las de sus manos, las del sexo que explotaba de emoción al notar su contacto.

Entonces ella, hablándole bajito le pidió que se tumbara. “Cierra los ojos” –dijo- y él sorprendido, se dejó hacer. Empezó a acariciar su pelo, su cuello, sus oídos y besó sus ojos cerrados, los que veían a través de los párpados porque estaba emocionado; sus labios poco a poco entreabrieron su boca con la lengua, agotando todas las posibilidades antes de entrar en el juego del beso íntegro. Terminó de desnudarle lentamente, acariciando cada una de las partes de su cuerpo, mordisqueándole los pezones chicos que apenas resaltaban emergiendo de su blanca piel. Le besó infinitamente antes de que su sexo cálido rozara el ombligo de su amante. Resbaló por su pecho y plácidamente lamió el sexo erecto que se mostraba ante ella, que convulsionaba reaccionando a la excitación; le besó los muslos, su entrepierna y buscó ese lugar dormido donde nunca nadie había entrado. Poco después, ella tomó de nuevo entre sus manos aquel sexo, montó en su vientre y lo introdujo tímidamente en su abismo. Ahí estalló ese momento de locura que durante tanto tiempo había soñado.

“Quiero que estés dentro de mí”- susurró en su oído. Ella subía y bajaba, cabalgando en prados imaginarios, dibujando círculos con su cuerpo, con sus caderas, mientras él ya no era consciente de la realidad. Tomó sus pechos, tomó sus pezones con los dientes, con los labios para no hacerle daño, la besó con pasión. Al mismo tiempo, los rizos de su melena marrón, destellos color como el de las hojas de otoño mojadas, caían sobre sus ojos, y él enredaba sus dedos en ellos, entrelazándolos mientras la miraba con dulzura, como sólo esos ojos oscuros que se tornaban del color del azabache, sabían decir. Él la penetró una y otra vez, con la ternura que desprendía su cuerpo y al tiempo con frenética pasión. La tomó entre sus brazos y con sutileza dirigió su boca al pubis, a su sexo, empapado de cariño. Lo lamió mientras ella no dejaba de gemir, de apretar su cabeza contra su todo, contra su vientre. Su clítoris aumentaba de tamaño, desprendía fuego y él supo que estaba gozando. Apartó su boca y ella le invitó de nuevo a entrar en su ser, mientras le decía que apretara, hasta el fondo, hasta lo más profundo de su cálido hogar. Ella tumbada boca arriba, apoyó la planta de sus pies en el pecho de aquel hombre; él estaba de rodillas, le acariciaba las piernas, besaba sus pies, no dejaba de moverse. El tacto de su piel presagiaba que cerca estaba el fin, que el relámpago llegaría en cualquier momento. Y así fue, agotando los segundos, unidos el uno al otro, besándose con pasión, empapados en sudor, estallaron de gozo, sin aire, con mil palpitaciones en su haber. Se abrazaron intensamente y desnudos, sobre las sábanas blancas, se miraron y no hubo otra palabra porque sus ojos todo lo decían. Se acariciaron los labios, como al principio y se fundieron en un beso que les pareció interminable. Horas, minutos o segundos después, ella se incorporó y sonriendo le miró. Le tendió la mano y juntos se incorporaron y se abrazaron. Fue en ese momento, al girar la vista, cuando en el espejo que descansaba sobre la cómoda, encontraron el desnudo reflejo de la felicidad. Caminaron abrazados hasta la ventana y a través de los visillos de organza, vieron cómo hacía explosión otro obús, cerca de la Estación de las Delicias.

Algo así debió ocurrir aquella tarde, el día en que mis abuelos le engendraron en un hotel de Madrid, una tarde tibia de verano. Era once de agosto y aunque lucía el sol, ella tenía las manos frías.

Setenta y ocho años después, intento imaginar, recrear en mi mente la escena de cómo sucedió y todo lo que se dieron. Para dar vida a un ser que irradia luz, que rebosa de alegría, que es fuerte en momentos terribles, que regala besos a diario, que llora a oscuras y en silencio para que nadie sienta su malestar, que da todo sin pedir nada a cambio, que sonríe al más malvado, debe haberse puesto mucho amor y sensibilidad. Manuel me fue mostrando a lo largo de su vida cómo debían tejerse las inquietudes y las ilusiones; cómo aprender a afrontar el devenir de los acontecimientos, los tristes, los inesperados, los sorprendentes y hasta los que pueden producir enajenación temporal. Ahora no puedo pedirle una respuesta si una duda asalta mi interior. Se durmió hace siete años, pero sé que en sus sueños yo también amo y sonrío...Hay algo suyo en mí. Alberga parte de mi corazón y puedo sentirle cuando, en mis sueños, me abraza.