BROMA NAVIDEÑA
Pese al frio, aquel sábado por la mañana salí a correr por el parque como venía haciendo las últimas semanas. Subí hasta el Retiro por Alfonso XII y entré por la puerta del Angel Caido. Ya desde allí comencé con un trote ligero para que mis piernas, no tan en forma, fueran cogiendo calor y compás. A la altura de la Rosaleda, la marcha ya tenía el ritmo habitual con el que me despachaba los kilómetros que tenía marcados como objetivo.
Tras una hora de carrera y ya con todos los músculos, incluido el corazón, al límite de mis humildes posibilidades deportivas, acabé con el ejercicio buscando agotado un rincón en el que recompensar mis esfuerzos. Eché una ojeada y localicé un banco que me invitaba acogedor al reposo del guerrero que me había autoimpuesto llegar a ser.
Me desplomé sobre la dura tabla de madera abrazando el respaldo con ambos brazos y me dispuese a ojear el tendido, actividad siempre placentera y más tras la tunda que me acababa de meter. En el recorrido visual un períodico, escondido apenas bajo el banco, me llamó la atención. Doblando el espinazo con holgazanería recogí del suelo el ADN olvidado para echar un vistazo perezoso a los titulares.
Una fotografía me hizo incorporarme y mirar con interés la noticia. Allí estaba yo, con un décimo de loteria navideña delante de la cara, entre una multitud de burbujeantes personajes empuñando botellas de Freixenet. No puede ser, a mi nunca me había tocado la loteria y desde luego no estábamos en navidad. Pese a sentir que era una tonteria repasé mentalmente el calendario del dia en que me hallaba, 17 de noviembre, miré la fecha del períodico que tenía entre las manos, 22 de diciembre, ¿quién o qué me estaba gastando una broma?. Miré a mi alrededor y no ví nadie semiescondido riendose del pasmo de mi cara, no obstante recompuse el gesto. Seguro que me estaban tomando el pelo. Me levanté, y primero discretamente y luego sin ningún pudor, busqué al autor del cachondeo. Nadie, no había nadie en los alrededores. Bueno, todo se aclarará en algún momento, pensé y con el diario bajo el brazo y la cabeza dándome vueltas, me dispuse a volver a casa. ¿Qué otra cosa podía hacer?.
Desde aquel día, pese al convencimiento de ser víctima de una burla, mi lado menos racional, ese que jamás reconocería en público, me llevó a buscar con la ayuda de internet y en todas las administraciones de loteria del país, el número premiado que aparecía claramente en la foto del ADN. Tenía que hacerme al menos con un billete de ese número para el sorteo de navidad del diciembre que aún no había llegado.
La certeza de lo absurdo de la situación no me impedía que me concomiera el desasosiego, y al final la decepción cuando comprobé que no había posibilidad alguna de satisfacer el “por si acaso”. Todos los boletos de todas las series del dichoso número estaban ya vendidas.
Pasé todo el mes de diciembre entre el malestar y el escepticismo, y finalmente llegó el día del sorteo. Como todos los años, sobre las ocho y cuarto de la mañana saqué la radio que, para ocasiones como esa, tenía en el cajón de los trastos de mi mesa, y sintonicé con radio nacional que era mi emisora favorita para adormecer la mañana de todos los 22 de diciembre al runrun de la cantinela de los niños, ahora tambien niñas, de San Ildefonso.
Comencé a trastear con el ordenador para inaugurar la rutina del trabajo diario mientras mi oido se acomodaba a los ruidos de telón de fondo del salón del sorteo y a la voz del locutor de turno, que iba reiterando los pormenores de los preparativos del juego tambien como cada año. Al rato comenzó la letanía de los premios. Dos mil cuatrocientos setenta y cuatro, y su réplica, mil euros… Y de vez en cuando el ronroneo de las bolas rotando perezosas en los bombos, acompañado de alguna anécdota del periodista que conducía el programa.
Eran las doce de mediodía y mis nervios y expectación se unían a los que emitían los espectadores del sorteo desde la retrasmisión de la radio. Ya se habían cantado los dos cuartos, el segundo y el tercero y siete quintos, y aún no había salido el gordo. Setenta y cinco mil ciento cuarenta y uno, mil euros… Un temblor en la voz del niño me alertó: Treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno, y a continuación el grito, ¡tres millones de euros!, ahí estaba, ¡treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno!, ¡tres millones de euros!, el 37.951, era el número, era el número, ¡treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno!, tres millones de euros…
Se produjo el habitual revuelo a mi alrededor, ¿dónde ha tocado?, ¿has apuntado el número?, ¿en que ha acabado? ¿a quien le ha tocado la porra este año?. Yo estaba noqueado y repetía la letanía; es el número, es el número.
Sonó mi teléfono y al cuarto timbrazo reaccioné descolgando el auricular ¿si?. ¡Nos ha tocado, llevamos el gordo! chillaba mi madre, ¿llevas el gordo? más que preguntar exclamé yo, ¡lo llevamos todos!, ¡tambien tu hermana! continuó mi madre entusiasmada, pero ¿con quien, donde?, le contesté agitado, ¡ayer!, decía mi madre mientras iba subiendo el ruido de fondo, ya estoy camino de la administración, ayer pasé por delante del despacho que está frente al mercado ¡y decidí comprar tres billetes, uno para cada uno de nosotros!, como ya no llevo lotería con la tía, que era de la que os guardaba…, ¡ay! cómo pesa la cuesta, cuelga hijo, luego te llamo. Colgué un teléfono ya sin comunicación, como yo mismo. Me levanté, cogí la chaqueta y el abrigo y me lancé al aparcamiento a por el coche. Fué el viaje mas extraño de mi vida, la alegría se mezclaba a partes iguales con la confusión, incluso llegué un instante a temer que mi propia madre fuera la bromista invisible de aquel sábado pasado. Llegué a mi barrio y aparqué el citroen en una esquina, malamente, y salí escopetado hacia la administración de loterias que según mi madre nos había proporcionado el gordo de navidad. Y allí estaba ella, en medio de un jolgorio de gente saltando y celebrando su suerte. Me vió y fuimos uno hacia otro, nos abrazamos, reimos, besamos a todo quisque que nos felicitaba, y en aquella barahunda de alegria sin límite noté un ruido característico de una réflex ¡clik!.
Entre vecinos, curiosos, periodistas, agraciados, mi madre y mi hermana incluida, que había acudido con toda su prole al festejo, acabamos aquel sarao entradas las tres de la tarde, achispados, afónicos y agotados del exceso de felicidad.
El resto del dia pasó entre llamadas y felicitaciones de toda la gente inimaginable, hasta que, sobre las once de la noche decidí cortar comunicación con el mundo y caí molido sobre la cama en la que, sin más preámbulos dilatorios, me quedé sopa desde ese mismo momento.
A la mañana siguiente desperté recordando rápidamente el dia anterior y una sonrisa boba se me instaló en la boca. Inmediatamente después tambien recordé lo ocurrido el dia del parque del Retiro, pero lo desheché con celeridad. No estaba dispuesto a que ninguna complicación me estropeara las estupenda sensación de fortuna que me inundaba.
Para dar un toque de exotismo a la mañana, previa llamada al trabajo al que no pensaba acudir el resto de la semana, y tras una limpieza rápida de legañas, me bajé a la cafetería más cercana a mi edificio. Miré el reloj y vi que marcaba las diez y diez, una hora estupenda para cafelito y churros. Entré en el local y encaramado al taburete pedí al camarero que, tras la ya consabida felicitación, me pusiera uno con leche en vaso y ración de churros. Mientras esperaba que me sirvieran descubrí un ejemplar de ADN sobre la barra. Parecía un ejemplar idéntico al que llevaba guardado en mi casa desde el mes anterior. Y lo era, ¡con la misma fotografía, el mismo décimo y la misma algarabía alrededor de gente y champán barato!. Un terremoto pulverizó el alegre festín emocional con que me había despachado por la mañana.
Y justo en ese momento topé con la clásica frase pelma de divulgación filosófica del día, que aparecía en la parte superior de la portada, “la prensa nunca miente, si la realidad no está a la altura de la noticia, fabricamos la realidad”.
jueves, 23 de febrero de 2012
BROMA NAVIDEÑA - finalista- Consuelo Durandez
domingo, 19 de febrero de 2012
LINEA 8. DESTINO COLOMBIA -finalista- ISABEL GALAN
-Dame tu mano- dijo ella alargando la suya hacia él.
-Hace apenas once meses que te marchaste, que enjugaba mis lágrimas contemplando tu cadáver, que fijaba mi vista en tus párpados esperando que abrieras de nuevo tus enormes ojos castaños y ahora estás aquí, entre esta muchedumbre que no conozco, pero que me es tan familiar.- dijo Roger sin descansar un segundo a tomar aliento, de carrerilla, como si estuviera respondiendo a su profesor cuando le preguntaba la lista de los reyes godos”.
~
Aquella mañana el andén de la estación de Nuevos Ministerios en dirección al aeropuerto de Barajas estaba más lleno de lo habitual. Eran las ocho menos cuarto de la mañana de un martes como otro cualquiera. Me dirigí al segundo vagón, el que pensé que estaría algo más despejado. Conseguí entrar y situarme cerca de la puerta, mientras escuchaba en mi mp4 a Ismael Serrano, “…vértigo que el mundo pare, que corto se me hace el viaje, me escucharás, me buscarás cuando me pierda…”. El tren se puso en marcha y canturreando hacia mis adentros y soñando con subir un día al escenario con él, me vi interrumpida por el improvisado murmullo de algunos viajeros que dirigían su mirada hacia el suelo del vagón. Escuché un ¡ay! pero no alcanzaba a ver el objeto de la curiosidad de mis compañeros de viaje. Segundos después, la locución anunciaba “próxima estación: Colombia. Correspondencia con línea: 9”. A pequeños empujones y varios “disculpe, señor”, conseguí aproximarme algo más y vi a un hombre joven, de pelo negro y mirada trémula intentando levantarse.
-No quiero sentarme. Por favor, sácame de aquí- dijo clavando la mirada en el infinito.
Miradas. Sólo miradas ¿Nadie cercano le escuchó? Quizás nadie quiso hacerlo. Todos tenían prisa por llegar a su destino. Yo también, pero mi corazón y mi conciencia me dijeron lo que debía hacer y decidí que ese martes saldría más tarde del trabajo.
Me abrí paso entre la gente, llegué hasta él y le agarré del brazo. A duras penas le saqué del vagón.
-¿Hemos llegado a Colombia? Debo apearme, creo- dijo él con voz entrecortada e intentando reconocer alguna similitud con el paisaje cotidiano.
-Sí, es tu parada- le dije.
“Debería tumbarle antes de que él lo haga conmigo”, pensaba mientras ya vislumbraba el sitio adecuado. Un rincón despejado cercano a una puerta que indicaba “Prohibido el paso”. Aquí pasaremos más desapercibidos.
Minutos después se acercaron un hombre y una chica jovencita, estudiante probablemente como pregonaba su mochila llena de libros, que habían visto cómo le ayudaba a recostarse.
-¿Tenéis alguna prenda para colocarle bajo la cabeza?-pregunté mientras recordaba la primera vez que sufrí un ataque de pánico en el metro tras el atentado del 11M, las sensaciones que tuve que aprender a conocer hasta conseguir controlarlas y las palabras que me repetía a mí misma mientras respiraba de forma entrecortada.
Me apresuré a terminar de liberar la corbata que él desequilibradamente había comenzado a desanudar. La cogí y la colgué en mi cuello, junto a la correa de mi bolso, el cual llevaba cruzado. Fui desabrochando los botones de su camisa azul hasta la altura del pecho, mientras el hombre que se había acercado a nosotros, Francisco dijo llamarse, le daba aire con el diario matutino.
-No dejes de abanicarle, por favor.
Me arrodillé a su izquierda, acomodé sus largas piernas sobre mi hombro derecho de forma que la circulación sanguínea discurriera en sentido inverso, hacia el resto de los órganos. Pesaban, pero no existía otro lugar donde apoyarlas. Tomé su mano y descubrí que era grande aunque frágil.
-Intenta respirar despacio, inspira de forma sosegada por la nariz y expulsa suavemente el aire por la boca. Ya han avisado al SAMUR. No te preocupes, voy a estar aquí contigo hasta que lleguen- le dije con voz apacible mientras intentaba tomar su pulso.
Él no entendía qué estaba ocurriendo. El chico miraba de un lado a otro y esto me hizo suponer que ideas sin sentido estaban paseando por su cerebro y que su mente estaría intentando entrelazar las imágenes y las palabras, aunque la situación le estaría resultando contradictoria.
-Te has desmayado ¿Te ha ocurrido esto alguna vez?- le pregunté sin dejar de acariciarle la mano, cada vez más tensa y más fría.
-Nunca me había sucedido algo parecido. Me faltaba el aire y sentía muchas náuseas. Después sólo recuerdo que abrí los ojos y estabas tú.
-Ya que vamos a pasar juntos un rato, dime, ¿cómo te llamas?-pregunté.
-Roger. Trabajo aquí cerca, en la Caixa- contestó.
-Yo soy María, ¿cuántos años tienes?- preguntó la estudiante.
-Veintiocho- contestó Roger.
-¡Si podría ser tu madre!- exclamé intentando que el andén se convirtiera en un lugar cálido y acogedor.- María me miró con cara de extrañeza, le guiñé un ojo y asintió sonriendo.
-¡De acuerdo, lo dejaremos en tu hermana mayor!- repliqué mientras les miraba gesticulando con las manos.
-¿Quieres que llamemos a tu trabajo y digamos lo que ha sucedido?-preguntó María.
-No, gracias. Cuando me recupere, avisaré yo.
De pronto, su mirada se transformó, aterrorizada, como si se hubiera presentado ante él el mismísimo diablo. Me pidió que le bajara las piernas, pues no las sentía. Lo hice muy despacio y noté los músculos de sus pantorrillas muy tensos.
-¡Mira mis manos, se están agarrotando! ¿Qué me está pasando?-balbuceó Roger.
Me asusté. Yo no era médico, ni ATS, ni siquiera auxiliar clínico. Sólo formaba parte de los Equipos de Primera Intervención en mi trabajo y había asistido a un curso de Primeros Auxilios. Mi experiencia era nula, pero pensé en cuán importante es transmitir tranquilidad. Me ayudó el recuerdo de mi padre. Vi su cara de nuevo, sus ojos hablándome, transparentes y luminosos, aun sabiendo que el maldito cáncer de esófago estaba ganando la batalla. Percibí la serenidad en sus palabras cuando le visité en urgencias la tarde en que le trasfundieron dos bolsas de sangre.
-Hija, por un momento creí que ya iba a doblar la servilleta- me había dicho papá sonriendo.
-No es tan fácil que acaben contigo, ¿eh?-le contesté, tragando saliva con sabor a hiel, la que me abrasaba la garganta y no era capaz de desviar hacia ningún recodo de mi interior en el que se percibiera olor a caramelo.- Además, aún nos quedan muchas cosas por decir y mil secretos que contarnos, papá.
Mientras evocaba las palabras de mi padre, tomé las manos encorvadas de Roger y comencé a masajearlas para lograr que se produjera algo de distensión. Si en este instante tuviera que fotografiar las garras de un águila cuando está a punto de capturar a su presa, tendría ante mis ojos el objetivo mirando a cámara.
-¿Sientes mis manos? Voy a presionar más fuerte, dando un profundo masaje- le dije.
De pronto sus ojos irradiaron luz y arrojó al espacio una leve sonrisa. Roger asía mi mano con enorme intensidad, de la misma forma en que un bebé agarra el dedo de su madre cuando le da el pecho e imaginé a mi hija Inés, el bien más preciado de su abuelo Manuel, con su cara sonrosada tras saciarse de leche hace ya más de quince años. Acaricié la mano de Roger con delicadeza, como si fuera a convertirse en diminutos cristales en cualquier momento y mirándole a los ojos negros le dije:
-No te sueltes de mi mano si te sientes más seguro.
Roger cerró los ojos un instante y al ver nuevamente la luz, se incorporó y sonrió.
-¡Llevas la misma ropa que vestía ella el día que murió! Tienes sus mismos ojos castaños y su mismo cabello rizado. Y si cierro los ojos, puedo percibir su sonrisa, su mirada limpia y sus palabras, como si estuviera acurrucado en su regazo, acariciándome. Dime que esto es un sueño, por favor- suplicó Roger con voz casi inteligible y respirando con dificultad.
-Puedes considerarlo un sueño, Roger, aunque sólo hayan transcurrido cuarenta y cinco minutos desde que te desmayaste en el metro. Me llamo Isabel y he estado a tu lado todo este tiempo.
Me incliné despacio, rocé su mejilla y acercándome a su oído, meciéndole, tarareé mi canción “… qué sano es arrancarte esa risa y ahora cambiemos el mundo, amigo, que tú ya has cambiado el mío…” Él, sin abrir los ojos, sonrió.
Los servicios del SAMUR llegaron minutos después de que a Roger se le parara el corazón.
Falleció en el andén de la estación de Colombia, línea 8 del Metro de Madrid, en mis brazos, los de una mujer que se dirigía al trabajo un día más. Se fue mientras le acariciaba el pelo y le hablaba del sonido del viento, del color de las hojas en el otoño de las Ramblas, de la luz de Santa María del Mar, del horizonte infinito y el sabor de la sal del Mediterráneo.
miércoles, 15 de febrero de 2012
CADENAS ROTAS de Concha Gomez de Andres
Han transcurrido 40 años pero para algunos recuerdos parece que no existe el tiempo.
Deseaba poder hacer algo, deseaba que pudiera salir de allí, él y muchos otros que también estaban en aquel lugar, pero no podía ser. Aquel era su sitio
Así estaban las cosas. Ya me lo habían explicado, no podíamos hacer nada. Era la Ley, era la Norma, eran sus cadenas invisibles.
Unos meses atrás, en mi primer día no podía imaginarme……..
Estábamos en los últimos años de la dictadura y todavía existía el “Servicio Social”, que al cumplir los 18 años era de obligatorio.
Para aquellas jóvenes afortunadas que sabíamos leer y habíamos estudiado, podíamos elegir entre distintos trabajos de carácter social. Me ofrecieron varios. No sé por qué pero no lo dudé había que ayudar en un centro de acogida de niños de corta edad. Estaban escasos de personal.
El primer día estaba expectante. Al principio, lo habitual: Controles firmas y presentaciones. Me asignaron a una cuidadora y la acompañé.
Llegamos a una gran sala. Estaba completamente vacía, pero totalmente llena de luz. Era todo silencio. En una pared había grandes ventanales y enfrente varias puertas cerradas.
Sonó una campana y a continuación las puertas se abrieron. El silencio se rompió y todo fue un griterío. En un abrir y cerrar de ojos me encontré rodeada de aquellos gritos, de aquellos brazos y de diminutas manitas que tiraban de mi ropa, poco más allá de mis rodillas..
Y sus palabras que no paraban de repetir mientras tiraban de la ropa era las mismas: ¡¡Dame un beso, dame un beso ¡!
Y ¡cómo no!, me incliné ante sus demandas, pero era imposible ¡cada vez eran mas!.
- ¡No les hagas caso, me dijo la cuidadora. Si les haces caso estás perdida ¡son tantos!
Pero me daba igual, aquellos pequeños necesitaban besos, abrazos, juegos,….
Y yo estaba allí. Y lo tuvieron.
Pero aquello era como querer curar una herida que permanecía abierta.
Por las noches, al costarlos suspiraban por su mayor anhelo ¡El domingo va venir mi mamá a verme!. Me ha regalado un caballito y me ha dicho que me va a traer otro.
Pero pasaba un domingo y otro y otro y el caballito seguía solo.
Eran historias tristes, la mayoría de abandonos. Ellas existían pero no para ellos. No estaban en su realidad, pero sí en su corazón y en sus anhelos.
Unos anhelos que se alentaban cada seis meses. En el límite del tiempo se hacían reales pero para ellos era solo volver a empezar. No se podían adoptar.
Esos niños seguirían teniendo su madre apenas real y mientras, en la oficina, montones de expedientes, de peticiones de otros corazones que esperaban a ser sus madres de corazón, en la realidad. Y nuevas esperas. Otros seis meses.
Y allí seguían, encadenados a aquel lugar. Eran sus cadenas invisibles.
Y nosotras lo veíamos y nos entristecíamos. Veíamos aquellas cadenas invisibles pero no podíamos hacer nada. Solo desear. Desear que hubiera alguien desde su fuerza, pudiera romperlas. Y deseamos intensamente. Y deseé.
Y el tiempo pasó y seguí deseando que cambiaran las cosas, que cambiara aquella dura realidad.
Y ¡por fin! llegó un día que ¡me alegré! pues hoy sé que en algún sitio alguien que también deseó hizo posible que cambiara aquella cruda realidad.
Alguien que hizo posible que cambiara aquella absurda norma.
Hoy sé que ahora tienen una oportunidad.
¡Hoy sé que están las cadenas rotas!
domingo, 12 de febrero de 2012
tacones de infarto 5 CLASIFICADO, Beatriz Llueca
Abstraído del habitual bullicio del tren por las mañanas, saqué mi pequeña libreta de la mochila, la que siempre va conmigo a todas partes, y comencé a escribir:
“La primavera, portadora de las primeras flores, cuyo aroma embriaga las calles, es la estación del año en la que todo es posible; los primeros calores hierven la sangre y desinhiben, provocando una explosión de sensaciones. Con ella llegan las minifaldas, dando vida a hermosas piernas durante meses apresadas por la lycra de los pantis, las camisetas escasean en tela librándonos de la obligación de tener que adivinar las formas que dibujan los ombligos tras ellas y las botas comienzan a ser desterradas a sus cajas para ser sustituidas por cómodos calzados que muestran tobillos perfectos.
Aquella mañana de primavera me sentía más cansado que otros días, por lo que mi pugna por hacerme con un asiento en el tren fue más contundente.
Me senté y, periódico en mano, comencé a devorar las noticias como si del desayuno se tratara. Artículos que van y vienen, como yo, y que apenas permanecen en las memorias perdiéndose en el olvido.
De repente, el vagón sufrió un brusco frenazo y fue entonces mi vista la que se perdió, se distrajo de ese montón de letras para aterrizar en unos zapatos color hueso con algo de brillo. Iban atados a un tobillo con una pequeña hebilla y alzados sobre un tacón cubano. Su punta redondeada daba apariencia de unas dimensiones muy reducidas a ese atractivo pie.
No sé si fueron los zapatos, los pies de princesa o el conjunto en sí; lo cierto es que consiguieron acaparar mi atención convirtiéndome en la diana de un extraño flechazo.
Pensé que si mi temperatura corporal había subido sólo con mirar una mínima parte de las extremidades inferiores de ese ser mágico, lo que me esperaba debía ser espectacular y, tímidamente, fui alzando mi vista, recorriendo esas largas piernas y ese busto de infarto, hasta aterrizar en un rostro celestial de penetrantes ojos azules.
Su gesto serio tornó en una amplia sonrisa ante mi notoria impresión y sentí que me deshacía cual reloj de Dalí.
Se levantó y, como si hubiese leído mi pensamiento, se acercó hacia mí, pegó sus carnosos labios a mi oído y en un susurro me preguntó…”
La historia surgía tan deprisa de mi cabeza que apenas tenía tiempo de escribirla. Pretendía deslizar el bolígrafo tan rápido por esas pequeñas hojas que, en un acto descontrolado, resbaló de mi mano y cayó al suelo.
Sin duda era el destino pues, al girar la cabeza, mi mirada se posó en unos zapatos similares a los de mi protagonista.
Si la historia se cumplía, ya sabía lo que me preguntaría, así que, lejos de precipitarme en mí respuesta, decidí estudiar bien ese zapato intentando determinar algunos rasgos de la personalidad de su misteriosa dueña.
Mi cenicienta era algo más atrevida ya que sus zapatos eran de un color azul celeste, probablemente a juego con sus ojos. Llevaba unas pequeñas mariposas bordadas lo que me hizo pensar en una mujer independiente, viva, que despliega sus alas para disfrutar de la vida. La talla, algo mayor que la que yo había imaginado, me descifraba una mujer alta y, por el tamaño de sus talones, estilizada.
Mi dama escondida pisaba sobre tacones más finos, lo cual achaqué a una elegancia indiscutible.
Si a todo ello añadimos que el zapato era cerrado y también atado a los tobillos, sumaba dos rasgos más a su carácter: discreción y capacidad para hacer frente al compromiso.
Con todos estos detalles que yo había dado por supuesto, emprendí el viaje a las alturas; nada deseaba más que oír su sensual voz.
Mis ojos se fueron elevando, primero por esas piernas perfectamente depiladas pero algo más musculosas; después, por su pecho, bastante más exagerado y del todo artificial. Continué por su cuello, sin duda sospechoso, su prominente barbilla y sus insinuantes labios humedeciéndose una y otra vez, hasta que vislumbré la sombra de una rasurada barba oculta tras una capa de maquillaje.
Intuí una voz grave y no quise escuchar su pregunta. Retrocedí hasta su hipnotizante calzado, recogí el bolígrafo y continué con mi relato.
miércoles, 8 de febrero de 2012
RECUERDA DE Raquel del Valle (cuarto ganador)
Sus recuerdos giraban en torno a otra casa, mas lejana en el tiempo, aquella que conoció su niñez, los escalones que subía corriendo y gritando de alegría, el coro de la vecindad, la casa donde vivía con su madre viuda, la casa en la que compartieron los miedos de una guerra civil donde los obuses se paseaban por sus tejados y carreras a media noche para resguardarse de los bombardeos en el sótano. Se acuerda del panadero que le daba la llave cuando volvía del colegio pero ella no subía porque tenía miedo de estar sola en casa y esperaba a su madre sentada en las escaleras hasta que regresaba del trabajo. Se acuerda de sus compañeras de oficio y de esa modista que le enseñó todo lo que sabía y contaba las películas que había visto en el cine tan bien que aguardaba impaciente al día siguiente en que siempre le pedía lo mismo: - Pepita, por favor, cuénteme la película que vio ayer, no hay nadie que sepa contarlas como usted. –
Así pasaban los días, eran tiempos difíciles pero había alegría en sus corazones, la alegría de la juventud, de salir del taller de costura para ir al baile, a las chicas no les costaba dinero y le gustaba tanto bailar, no importaba el ruido de los bombardeos y el traqueteo de los disparos que a veces se entremezclaban con la música, vivían el momento, - No se que pasará cuando salgamos de aquí - Pero no se puede esperar para ser feliz, sobre todo cuando se vive una guerra y el futuro no existe.
También fue la primera casa que tuvo con su marido, no importaba que el salón se compartiera como dormitorio y que la abuela tuviera que esperar para acostarse a que terminaran aquellos programas de radio que tenían tanta audiencia. Son los tiempos tan felices que ella recuerda, es la vida que le quedó marcada, es su vida pasada.
Su vida fue mejorando con el tiempo, quizá porque se conformó con poco, llegó a tener en abundancia, e hizo reales todos sus sueños y sus deseos. Ahora su día a día no tiene recuerdos, pero no le importa porque ella ya tiene su historia, la única que recuerda, la única importante, compuesta por algunos seres que ya no están a su alrededor, porque todos partieron, a veces se dice a si misma - si que estoy yo viviendo años - Se quedó sola en su generación, como cuando era pequeña en las escaleras de su casa pero ya no tiene miedo, se siente segura porque sabe que siempre hay alguien que está cerca, no importa que no esté en su historia, pero está allí con ella, se quedó atrapada en esta otra casa de la que solo puede acordarse de que allí vivieron también seres queridos, aquellos que tiene fotografiados en innumerables retratos que llenan el mueble del salón, al que acude de vez en cuando para estirar las piernas y al mismo tiempo hacer un recorrido visual por todos ellos, empieza siempre por las mas antiguas, aquellas fotos en blanco y negro recopiladas en un marco de madera envejecida, son las que mas le gustan, un brillo acuoso se instala en sus ojos cansinos cada vez que las mira, era joven y bonita y pasea por una calle central, una niña pequeña va cogida a su mano y la otra se la da a un apuesto señor, es su marido y estas otras señoras parecen mas mayores de lo que son, porque siempre iban vestidas de negro y llevaban un delantal con peto para estar en casa, son las abuelas y mi padre, aquí está murió tan joven, está vestido de guardia, siempre recuerda lo difícil que era tratar con estos jodidos estudiantes tan revolucionarios; acto seguido vuelve su mirada a aquel otro que recoge a sus hijos, sí, también se acuerda de ellos, y aquellas otras con tanto colorido, son sus nietos y biznietos, ya no tiene fuerzas para acordarse de todos ellos, solo se enternece mirando aquellos bebés tan bonitos y acude al sofá donde tiene acumulados sus peluches que la han ido regalando porque siempre dice que le gusta tener algo entre sus manos, los estrecha y los acaricia con tanta dulzura como le permiten sus arrugadas y ya deformadas manos.
Después vuelve a sentarse en su mecedora, esa persona que trastea por la casa, es muy cariñosa con ella, de vez en cuando le pone discos de canciones antiguas que la gustan, ella mientras las escucha mira a través de la ventana aquellos árboles que envejecieron con ella, están tan grandes y tupidos que ya no puede ver la fachada de enfrente, su mente vuela con las letras de las canciones que marcaron parte de su vida.
- Reloj no marques las horas …….-,- Mirando al mar soñé ……..-
y tímidamente abre el cestito de la costura que tiene a mano, ese cestito que nunca la abandonó y la sacó de tantos apuros, que dejó la marca en sus dedos, para sacar una foto pequeña de carnet que ha encontrado en algún cajón del escritorio, es de su marido, temblorosa se la acerca a los labios, le roba un beso y la esconde rápidamente para que nadie la vea. Es su pequeño secreto, solo se lo cuenta a aquellos en quien confía, mira, mira lo que tengo aquí y saca su pequeña foto, un poco estropeada por el uso que en su día se le debió dar en algún documento oficial.
Día tras día la mecedora sigue su continuo balanceo, curiosamente está situada en el mismo lugar de la casa donde años atrás estuvo su madre, aquella con la que compartió su pequeña gran historia que ella cuenta vez tras vez con los mismos sucesos, idénticas palabras, a veces pregunta - no se si ya te habré contado esta historia - pero no importa, cuéntala de nuevo, me gusta escucharla de sus labios.
Es fin de semana, se despierta asustada en otra casa que no conoce:
- Que pesadillas he tenido, no sabía donde me encontraba, solo veía mi casa, la de mi niñez y oía voces y carreras, íbamos a escondernos y casi nos atropellábamos unos a otros, abrí los ojos y no reconocía esta habitación –
Todo está bien, está bien, no tengas miedo, estás a salvo.
martes, 31 de enero de 2012
NADA SE ACABA HASTA ESTE FINAL de Susana Alonso
Sobre el asiento del copiloto está mi móvil… después de una curva pronunciada lo agarro y me muevo a través de su menú, leo de nuevo el mensaje es de mi mujer…
En la pantalla:
22 Dic 2008
Nadia
Recog tus cosas.
M he enterado.
Como pueds haberm engañado d esa manera!
Llevo el volante con una mano y con la otra sigo agarrando el teléfono, miro de nuevo hacia la carretera… el corazón me late fuerte. La radio no está encendida pero el sonido de mi corazón la suple. “Siento m.i.e.d.o. al imaginar su reacción cuando me vea”.
Me intento serenar, sólo quiero pensar en lo que me espera ahora, ni siquiera soy valiente para plantearme que tipo de persona soy por haberla hecho durante tanto tiempo esto… intento prepararme para encajar sus “golpes” pero… la falta de sinceridad me ahoga.
“¿Cuánto sabe de este asunto?, ¿por qué lo sabe?” Me pregunto.
De nuevo miro el móvil queriendo leer en la pantalla más de lo que pone… “Yo creo que lo sabe todo.” Me digo.
[…]
Nadia:
Recuerdo cuando en 2º de carrera conocí a Ángel Lasa… y lo recuerdo junto, quiero decir, su nombre y apellido porque cuando tu nombre es común, como por ejemplo “Ángel” en mi clase, diferencias unos de otros por el apellido, incluso simplemente les llamas por el apellido pero no se porque a él le estuvimos llamando durante todo el curso Ángel Lasa.
Estudiábamos Periodismo o como lo empezaban a llamar: “Ciencias de la Información”, pero la verdad que siempre pensé que Ángel Lasa no era un tipo de letras, pero sí de grandes frases… y sobre todo de acción y por ello era terriblemente encantador… su sonrisa pequeña y fina de dibujito _ manga fue lo que hizo que me enamorara de él locamente.
Al principio no me cayó bien, pero luego poco a poco y no sé de que manera, terminó consiguiendo que le necesitara y que su falta provocara que todas esas mariposas “estomacales” de las que hablaban mis amigas, terminaran habitando en mi…
El edificio en que estudiábamos era feo, oscuro y frío… y eso que es muy fácil encontrar edificios en Madrid relacionados con la cultura hermosos… pero Periodismo no tenía nada que ver. En un principio era un proyecto de cárcel pero finalmente terminó albergando a estudiantes, también es verdad que éramos en aquella época el 90% de nosotros unos: “inestables_peligrosos”.
Recuerdo un día que terminé llevando a Ángel a su casa, se había emborrachado después de salir de clase, así que le aconsejé que no se llevara su coche que ya lo hacía yo… él me hablaba y me hablaba… se notaba que había bebido porque no callaba, llegamos a su casa y aparqué bajo su ventana…. Subimos… y le ayudé a desnudarse. Al quitarle los zapatos… aquellos viejos zapatos de cordones que debía haber tirado hace, al menos, dos años … pude ver como sus dedos gordos salían a través de sus calcetines, así que comencé a reír… él se dio cuenta y comenzó a reír también… al final nos reímos tanto que no podíamos respirar de la risa… adquiriendo un tono azulado en la tez… nos empezamos a dar de tortas para reaccionar y que nos entrara algo de oxigeno a los pulmones… pero al ver la situación todavía nos reíamos más… estuvimos a punto de morir de risa, ¡qué hay más bonito que no parar de reír juntos!
Desde que conocí la manera de ser de Ángel descubrí cual era mi intención y era la de quererle, y quererle con locura… que curioso… ¿no? le encanta escucharme decir “te quiero con locura”… pero que diferente es el significado de las palabras según quien las diga.
[…]
Sara:
Hoy hemos vuelto a quedar; estoy en casa “apañándome” en 30 minutos hemos quedado en la Plaza Mariano de Cavia a unos veinte minutos de casa, así que lo hago algo acelerada.
Estoy en el baño… me miro al espejo mientras me pongo el corrector de ojeras y me echo un poco de Boss solo y todo eso… como siempre en el cuello y en la muñeca derecha….desenfoco… y en el reflejo veo el momento en el que estábamos de pie apoyados en la barra de ese pequeño bar que daba a la calle Goya… Es invierno… él estaba frente a mi ambos apoyados en la barra… se acercó y me besó… qué sensación… que maravilla –“jamás podré sentir nada parecido” – pensé… y eso fue mentira porque cada día que nos besábamos era más hermoso… mucho más hermoso… no podía dejar pasar algo así de manera inadvertida… eso debía de atraparlo con fuerza y no dejarlo escapar jamás.
domingo, 15 de enero de 2012
ALBA por FATIMA FERNANDEZ (segunda clasificada)
Alba está en su cama en compañía de su mamá, que le está terminando de dar la medicina, no sin el sinfín de objeciones que pone la pequeña. La mira con ternura mientras le acaricia el pelo, no deja de tener cinco años y lleva demasiado tiempo en cama. La niña le está explicando la película de dibujos que acaba de ver, pero se pone nerviosa llegando al final y le da un pequeño ataque de tos.
– Alba, debes descansar un ratito – le indica su madre.
– Joo - Suenan pitos en su pecho. La niña se da cuenta – Vale, ¿pero me traes a Bolita? Luego te prometo dejarlo en la mesilla. Porfiii – Dice con vocecita ronca.
Su madre suspira, pero accede. Se gira hacia el escritorio para coger la jaula.
– Así le cuento la historia que estoy leyendo- dice Alba, con el libro de cuentos entre las manos – Mamá, ¿tu crees que la señora vendrá luego? No ha venido en toda la tarde y ayer me prometió volver – pregunta Alba cambiando de tema.
– Quizá… o puede que ya venga mañana – responde su madre un tanto asombrada por la imaginación insistente de la niña.
La señora lleva un rato observando a Alba desde el rincón. Ésta está leyendo en su cama, tiene la carita roja, hoy ha tenido mucha fiebre y tose a menudo. La niña no parece percatarse siquiera cuando lo hace, como quien ha acabado por resignarse. Se gira para coger el vasito de agua de la mesilla y ve a su acompañante.
| Fatima es la tercera por la izquierda |
La señora asiente y busca la silla por el dormitorio. La localiza contra una pared, al lado de la estantería de cuentos. Va en su busca para poder acercarla a la cama.
- Jovencito, a tu sitio – Dice Alba mientras se pone de rodillas en la cama y coge la jaula de Bolita con ambas manos para poder colocarla en la mesilla, como todas las noches. Justo antes de que la jaula toque la mesita de noche, la puertecita se entreabre con un vaivén. Alba no se da cuenta. Apoya la jaula en la mesilla y la puertecita se abre por completo. Antes de que Alba pueda reaccionar, Bolita ya se está deslizando por el hueco.
- ¡Bolita! Ven aquí – En lo que Alba se dispone a cogerlo, éste se lanza de la mesilla al suelo. Aterriza con las patitas abiertas y un poco aturdido, pero se recupera y echa a correr viéndose en libertad.
- ¡Quieto, Bolita! - Ordena Alba.
El hámster corre por el suelo de la habitación haciendo zig-zag, corre sin ver, chocándose con una de las zapatillas de Alba y con la pata de la cama. Se mete por debajo de ésta y sale por el otro lado, estrellándose directamente contra… el pie de la señora, paralizada y con la silla todavía entre las manos.
La mascota no se mueve, ha caído fulminada.
- ¿Bolita? - Alba está asustada. Salta de la cama a coger a su hámster, que yace tumbado al lado del pie derecho de su compañera. Alba lo recoge del suelo y lo examina con detenimiento. – ¿Qué le has hecho? – pregunta Alba muy enfadada. - ¡Di! ¿Qué le has hecho?- A medida que se va poniendo nerviosa, sube el tono de voz. – ¡¿Es que no ves que es muy pequeño y hay que tener mucho cuidado?! ¡Seguro que le has pisado y le has hecho daño! – Alba tiene lágrimas en los ojos – ¡Vete! ¡No quiero que vuelvas nunca más! Has hecho daño a mi Bolita. ¡Vete! - Alba se derrumba y se echa a llorar. – ¡Mamááá, ayuda! ¡Bolita se ha hecho daño! Ven por favor…
La señora apoya la silla de nuevo en el suelo y deja a Alba con su dolor justo en el momento en que la puerta se abre bruscamente para dar paso a sus padres que vienen a ver qué es lo que está sucediendo.
Alba se encuentra tumbada en su cama dispuesta a dormirse pero no concilia el sueño. Sus padres le han dejado que duerma por esta noche con la luz de la mesilla encendida. Tiene la cara enrojecida y los ojitos hinchados por el disgusto. Aunque ya está más tranquila, no respira muy bien y aún hipa un poco.
-Por favor, vuelve. Por favor... – Dice casi en un susurro y con la mirada un poco perdida – Por favor, perdóname, vuelve…- Tiene la esperanza de que su amiga oiga llamarla y venga a verla. – No estoy enfadada, de verdad. Ven…
La señora acude a petición de la niña. La silla está junto a la cama, Alba la había preparado por si aparecía su acompañante.
Alba se incorpora y sonríe. Está muy contenta de ver a su amiga.
- Gracias por venir – dice.
Su compañera no se inmuta. El semblante de la niña se torna triste de nuevo.
- Perdóname, por favor. No debí decirte todas esas cosas feas. Siéntate conmigo. Mis padres me han contado lo que le ha pasado a Bolita, ¿quieres que te lo cuente?
Ante la curiosidad que siente por las palabras de Alba, la señora se sienta donde le ha pedido la pequeña.
- Es que Bolita no estaba acostumbrado a estar libre y como se había escapado se había puesto muy nervioso. Los hámsters tienen el corazón muy pequeñito y como se puso tan nervioso se le puso muy malito de lo rápido que le latía, se le ha roto y ahora no le funciona y se ha dormido para siempre. – Repite Alba la explicación de sus padres - Yo les he dicho a papá y a mamá que es que me había enfadado mucho contigo porque estoy segura que le habías hecho daño, pero mis padres me han dicho que estuviese la amiga que estuviese aquí conmigo seguro que no podría haber evitado que se durmiese y que seguro no le habría hecho daño alguno.
La señora escucha con atención la historia de Alba.
- Así que no te preocupes que no ha sido tu culpa. Estoy muy triste porque no voy a poder volver a jugar con Bolita, y lo estaba todavía más porque pensaba que te habías enfadado y que no ibas a querer volver nunca. – Dice Alba con voz lastimera - ¿Me perdonas? – Pregunta con una sonrisa de medio lado.
La señora asiente con la cabeza. Alba sonríe aliviada, aunque sus ojos siguen estando tristes.
- ¿Y volverás mañana otra vez, para que podamos hacer cosas juntas como estos días? - pregunta la pequeña ilusionada.
Su compañera le indica que si con la cabeza y Alba aplaude un poquito con las manos. La señora hace un ademán de levantarse para marcharse.
- ¡Espera! – Dice Alba mientras se incorpora un poco más hacia delante – Que te ibas sin un abrazo de buenas noches.
Y sin que Muerte pueda evitarlo, Alba se lanza a sus brazos, feliz de no haber perdido a su amiga…
lunes, 2 de enero de 2012
RELATO GANADOR 2 CERTAMEN LITERARIO ALBERTO N GARCIA PRIETO
miércoles, 28 de diciembre de 2011
fotos DEL SEGUNDO CERTAMEN LITERARIO ALBERTO GARCIA PRIETO
jueves, 22 de diciembre de 2011
EQUIPO DE GANADORES y GANADORA 2º CERTÁMEN LITERARIO ALBERTO N. GARCÍA PRIETO...
- hacer del sindicalismo, mas allá de su oficio natural, un servicio para la convivencia de todos los trabajadores y trabajadoras
- y una herramienta para la construción de proyectos comunes
sábado, 17 de diciembre de 2011
FALLO DEL JURADO ALBERTO N. GARCIA PRIETO
| Nos gusta esta foto dedicada a los participantes |
viernes, 12 de agosto de 2011
II CERTÁMEN LITERARIO "ALBERTO N. GARCÍA PRIETO"...


Convoca CCOO CEPSA Madrid desde el MEGAFONOBAÚL de las letras...El año 2010 fue un éxito de participación y de calidad. El año 2011 con toda seguridad será mucho mejor y con sorpresa…
Volvemos con 150 € gratificación al ganador/a.También vuelve un 2º y 3er premio con 50 y 30 € de gratificación.
Igual que el año anterior, los tres primeros trabajos elegidos como los mejores, se publicarán en formato cuadernillo. Y los restantes en megafonobauldelasletras.com.
Tenéis hasta el día 30 de noviembre para escribir y presentar vuestros trabajos y para que vayáis haciendo boca os adelantamos…
¿Extensión máxima?: Cuatro folios por una cara, tipo letra times new roman, doble espacio, tamaño fuente 12
¿Dónde lo envío?: bauldelasletras@hotmail.com
¿Quién puede participar?: Cualquiera que trabaje o haya trabajado en CEPSA o el GRUPO CEPSA de Madrid
Anima a tus colegas y lánzate tú también al mundillo de las letras, cuanta mas calidad y cantidad, mejor.
martes, 7 de junio de 2011
el niño que no creia en dios

Cuando era niño, en una ocasión estuvo enfermo, más que enfermo podría decirse que estuvo gravemente enfermo. Cuando salió de la unidad especial, ese lugar dónde la vida y la muerte luchan cuerpo a cuerpo y con los ojos vendados en la mayoría de las teleseries americanas, tardó tres días en volver a mover los dedos de los pies y una semana, cinco días y algunas horas en incorporarse y mantener en pie su propio peso.
El cirujano estaba tan orgulloso del éxito de la operación que envió rápidamente a un enfermero, cámara en mano, para que retratase el esperpéntico resultado y engrosar así, su colección de preoperatorios y posoperatorios eficientes, con el fin de brindar seguridad y protección a sus pacientes más indecisos. Su supervivencia constituía un reto superado para el contingente de señores ataviados con bata blanca. El chico no acababa de catalogar aquello de éxito, se sentía como en un concurso de la televisión. Para toda aquella gente se había convertido en una especie de electrodoméstico despiezado que era preciso reparar de forma minuciosa, con detalle y mucha parsimonia, así que; ante tal circo, decidió no entorpecer demasiado y mantenerse al margen lo máximo posible. Su madre parecía casi tan entusiasmada como el señor doctor, y el chico no acababa de averiguar el porqué. Ella sonreía de oreja a oreja la mayor parte del tiempo, llenando su cara de arrugas finas y gráciles. Después besaba en la frente a su hijo, mientras murmuraba repetidas veces que era un auténtico milagro. Aquellas palabras mágicas se quedaban apresadas entre los labios y minutos más tarde se asomaban de nuevo entre sus dientes. El pequeño enfermo no sabía que le acompañarían durante toda la vida.
El aspecto de una de las enfermeras que se ocupaban de medicarle era realmente particular, su labio inferior estaba deformado y su ojo derecho se hundía más de lo normal en un rostro salpicado de pequeñas cicatrices. Hacía turno de noche y llevaba unas trenzas de colegiala que le daban un aire absurdo y casi amenazador. Pero al chico le gustaba la enfermera del ojo casi cerrado, en las noches en las que no lograba conciliar el sueño, mientras ella le cambiaba el suero, lo distraía con cuentos sobre otros mundos de los que el chico no sabía nada. Al niño no le gustaban mucho sus historias, de hecho era una narradora desastrosa, pero le resultaba muy tranquilizador escuchar su voz. Cuando ella no miraba, el niño observaba de forma furtiva las cicatrices de su rostro, pero muerto de curiosidad decidía que era mejor no preguntar y desviaba la mirada. Ella siempre terminaba dándose cuenta casi siempre, sin embargo, nunca dijo nada. Una noche, en medio de uno de aquellos relatos soporíferos, le preguntó qué era un visionario.
_ Un señor que puede adivinar el futuro- respondió ella, vagamente.
_ ¿Cómo Dios?
_ Bueno, si Dios pudiese hacerlo, dudo que ninguno de los dos estuviésemos aquí. Tú no estarías enfermo y yo no tendría que cuidarte-respondió para volver con su historia.
El chico se fue de allí una semana y media después, en brazos de su padre. Sentía que alguien le había robado algo que sólo le pertenecía a él y como nadie le había encontrado una utilidad concreta se deshicieron de aquella pequeña parte que no entendían. Su padre dijo: “Gracias a Dios” y el chico no puedo evitar pensar en que Dios quizás fuese un poco estúpido, o estuviese un poco loco. No terminaba de encajar en su mente el Dios de la enfermera, que no sabía nada del futuro.
Luego pensó que todas esas hipótesis debían de ser muy viejas. De la noche de los tiempos. Es posible que nadie estuviese dispuesto a ser Dios, quizás fuese elegido el menos capacitado (como suele ocurrir con el delegado de clase o con el ministro de Economía). Pero alguien tenía que hacerlo, por inútil que fuese, así que en cuanto encontraron a un idiota dispuesto a ello, decidieron que el cargo sería vitalicio y llenaron su pecho de plegarias y alabanzas. Le construyeron un hermoso palacio en el reino de los cielos y allí lo dejaron, reinando, tranquilo, hablando solo, mientras algunos llegaban apuntándose la sien con el dedo índice y otros se marchaban lanzando miradas compasivas. El chico sintió lástima por aquel Dios, que loco o idiota, pasaba sus días creyendo que sus oraciones servían para algo, mientras que en otros lugares, la gente enfermaba, mataba, lloraba o se moría.
Sentía lástima pero, desde luego, a diferencia de su padre no creía tener nada que agradecerle al Dios estúpido. Años más tarde decidió cambiarle el nombre al Pobre Idiota y, con un cierto grado de ternura, decidió llamarlo Suerte.
Mar
Mar, en cambio, no sentía lástima de Dios. Mar lo odiaba. Odiaba a aquel maldito sádico con toda su alma. Mar era diferente. Mar no es que fuese especialmente bonita, era bonita de una forma peculiar, como lo son las inundaciones o las tormentas, pero no de la misma forma en la que las chicas suelen ser bonitas.
Tenía unos ojos azules y grandes que formaban la parte principal del esquema a partir del cual se configuraban los demás rasgos de su rostro. Tenía una nariz pequeña y fina, rodeada de algunas pecas y una boca diminuta, que nadie sabía muy bien cómo podían caber allí las sonrisas, con unos labios rosados y finos como papel de fumar, que le conferían un cierto aire infantil. Sus cejas arqueadas parecían formular siempre, una pregunta sin respuesta y con frecuencia fruncía el entrecejo, creando un aura de escepticismo curioso. Su piel era clara como la luz de los días buenos y le gustaba llevar el pelo muy corto y despeinado.
Su padre la llamó Mar porque estaba completamente seguro del azul de su mirada mucho antes de que naciese. Tendría los ojos de su abuelo Sebastián y el color sería tan puro que dolería sostenerle la mirada. Su abuelo siempre puntualizaba que se había ganado la vida ganado la vida como marino, ni como marinero ni como pescador. Y seguía siendo un marino, un viajero indómito, un navegante de deseos. Finalmente, el padre de la niña, que siempre había sido un tipo con suerte, acertó con sus predicciones.
Algunas noches, cuando nadie estaba despierto, Sebastián caminaba despacio hasta la cuna y se asomaba a ella como si se encontrase en el borde de un acantilado y observaba cómo dormía Mar, mientras, no dejaba de preguntarse que coño sueñan los bebés, los gatos o las plantas. Se sentía un extraño, un forastero en territorio comanche, una especie de niñera ridícula y esperpéntica con jersey de lana, zapatillas a cuadros y gorra de capitán. Lo que más le jodía a Sebastián de todo aquel asunto del tiempo eran sus ojos. No soportaba aquel azul grisáceo. Cada vez que veía a Mar recordaba con una mezcla de orgullo y tristeza que años atrás su iris parecía algo tan etéreo, que resultaba difícil pensar que existiese un color tan íntegro y exento de la mezcla de otras tonalidades. Ahora se reflejaba en los cristales y no podía evitar pensar que algo se había muerto en sus pupilas y no lograba recordar con exactitud cuando había ocurrido tal cosa.
Mar se movía como si por dentro estuviese llena de plumas. Se deslizaba, ligera, flotando, grácil e ingrávida. Mar soñaba con ser actriz, quería ser hoy Lady Macbeth y mañana . Quería llenar su cuerpo de aplausos y vaciar su cabeza de sus propios pensamientos, quería ser aire. A Mar le gustaba sentirse otras personas. Estudió Arte Dramático en una ciudad cercana y le fue bastante bien. Decían que tenía talento. Sus profesores le auguraban un futuro benévolo. Pero las predicciones, no dejan nunca de ser predicciones y, por tanto, no tienen porqué cumplirse. En ese momento, las esperanzas de la gente se convierten en realidades futuras que alguien tiene que arrastrar, se convierten en expectativas.
Algo así le ocurrió a Mar, el primer año después de terminar los estudios, como todos esperaban, consiguió un papel protagonista en una de las obras teatrales con más éxito del país. Se enamoró de un actor de la compañía, un tipo arrogante, pero con buen corazón (una actitud muy propia del éxito juvenil) y unos meses después decidieron alquilar un piso en la capital y vivir juntos.
Mar había demostrado que corría mucho más rápido que las expectativas, en la segunda vuelta ya las había dejado tan lejos que por mucho que volviese atrás la vista no alcanzaba a verlas. Pero las expectativas decidieron volver para vengarse en una de esas noches de verano, en las que se oyen grillos y murmullos alegres y se pueden divisar las luces de los televisores en las ventanas abiertas. Mar y el actor orgulloso, regresaban en su coche a casa después un largo ensayo.
El accidente le desfiguró la cara a ella y el otro conductor murió en el acto. Mar dejó de recibir papeles y el actor orgulloso se marchó. Dijo algo así “no es por ti, es por mi” y se libró del asunto con rapidez.
Son las dos de la mañana. Llueve un poco. Hace frío fuera, es noviembre. Mar dormita en una sala del hospital. Sueña con Sebastián y sus jerseys de lana. Sebastián se ríe de algo que Mar no puede entender mientras anda sobre las aguas como Jesucristo. Mar se despierta.
_ ¿Mar?
_ Si -responde bajito mientras se despereza.
_ Hay un niño en la 325 que acaba de salir de una operación complicada, administrale calmantes cada tres horas, si hay alguna complicación, ya sabes, me avisas.
_Bien-dice mientras coge sus cosas y se encamina a la habitación.
A Mar no le gustan los niños.
El hijo del muerto







