domingo, 8 de abril de 2012

ELVIRA SUAREZ PAREDES- FINALISTA- DEL PERIÓDICO LA ENCICLOPEDIA DE LAS PALABRAS



La Enciclopedia de las Palabras es un periódico, o eso dicen. En realidad tiene el formato de un periódico al uso, pero sus contenidos no tienen nada que ver con lo que cualquier persona con dos dedos de frente espera encontrarse en las páginas de un diario. Cuando llegué a esta ciudad, el aburrimiento me hizo leer y leer sin descanso. Un día, la casualidad (aunque me gusta más pensar que fue el destino), quiso que La Enciclopedia de las Palabras llegase a mis manos. A un pobre hombre le cayó de la bolsa de la compra y, en condiciones normales, se lo hubiese dicho: <<¡Eh, señor, le ha caído el periódico!>>. Pero en aquel momento no lo hice, algo dentro de mí me impulsó a no pronunciar esas amables palabras. Me agaché y lo cogí. Para evitar que el hombre se percatase, giré en la primera calle que me encontré. Al principio me dije a mí mismo que no me había comportado como un buen ciudadano, pero pronto expulsé esos minúsculos remordimientos de mi mente con la certeza de que si la casualidad o el destino habían actuado así, por algo sería.
Serenado y acompañado de una buena cerveza, me dispuse a leer aquellas páginas. Después de un buen rato, mis ojos se toparon con la sección de anuncios. En el centro de la página cuarenta y cinco había un rectángulo que destacaba sobre todos los demás, era como si la editorial apostase por aquel anuncio. Leí lo siguiente:
 
MUJER, 45 AÑOS, BUSCA HOMBRE INFIEL.
Harta de novios fieles y perros rastreros, busco algo nuevo. He salido con cuarenta y cinco hombres. Todos ellos llenaban su boca con palabras acarameladas y me hacían regalos. ¡Qué asco de tíos! Con el último sólo aguanté cuarenta y cinco días. Si eres infiel, llámame. Juntos podremos ser felices. No necesito más de cuarenta y cinco minutos para saber si eres mi hombre. Te espero. Teléfono: 87990234.
 Nada más leer estas palabras, no pude resistirme a coger el teléfono y teclear el número que la señora ofrecía. Con el aparato apoyado en mi oreja, me vino a la cabeza una pregunta: << ¿Qué cojones estoy haciendo?>>, no me dio tiempo a responderme a mí mismo, pues una voz femenina, dulce y melodiosa, me sorprendió:

-¿Digarr? –pronunció con un acento que nunca antes había oído.
-Eh…, ho…hola. Lla…llamaba… -las palabras parecían quedar pegadas en mi garganta.
-Hola, tranquilorr. Sé de sobrar por qué llamas. Por el anuncior, ¿verdad?
-Sí, sí. Así es.
-¿Erres infiel?
No estaba preparado para responder a esta pregunta, ¿cómo diantres lo iba a estar si nunca había tenido novia? Para ser infiel había que tener pareja, digo yo. Durante unos segundos, que a mí me parecieron eternos, el silencio se incrustó en el teléfono. Fue la voz femenina la que rompió esos instantes de agonía.
-Te preguntor que si erres infiel. Infiel. Necesito saberrlo, no tengo ganas de perderr el tiempo.
Mi pensamiento circulaba a un ritmo demasiado lento, pero a pesar de todo, fui capaz de decir lo siguiente:
-¡Sí!
-¡Oh, estupendo! Entonces podemos verrnos a las 22:45 en el pub Cuarrenta y cinco copas. ¿Sabes dónde está?
-Sí, creo que sí.
-De acuerrdor, allí te verré.
Nada más pronunciar estas palabras, colgó el teléfono, como si tuviese prisa por hacer otras cosas.
Antes de que las manecillas de mi reloj acariciasen las nueve, comencé a acicalarme para convertirme en un nuevo hombre. Los nervios me atenazaban sin compasión, no quería parecer un completo imbécil, aunque en realidad, así me sintiese. Abrí la puerta de mi casa y me dije: << ¡Vamos, Emilín! El mundo está en tus manos>>.
En mi caminar, atravesé una pequeña crisis, pues la pregunta: << ¿qué cojones estoy haciendo?>>, volvió a posarse en mi cabeza como una molesta mosca. Conseguí evadirme de ella imaginándome el cuerpo de la mujer que iba a conocer. Cuando quise darme cuenta, las luces de neón del Cuarenta y cinco copas llamaron mi atención. Conté hasta diez, respiré profundamente y aceleré mi paso para entrar en el local.
Había muy pocas personas, así que, no me resultó complicado vislumbrar a una mujer solitaria. Me dirigí hacia ella como si la conociese de toda la vida.
-Hola, soy Emilín. Hablé contigo por teléfono.
La mujer posó en la barra el vaso que sostenía y miró su reloj.
-Empezamos mal, Emilín.
Me quedé atónito. <<Con esta cara de memo, ¿dónde vas, Emilín?>>, me dije a mí mismo.
-¿Cómo te llamas? –le pregunté.
-Mabely, hijo, Mabely –dijo, esbozando una sonrisa socarrona.
-¿Qué pasa, no soy tu tipo? –quise saber.
-Crreo que no, ¿has visto que horra es? Hemos quedado a las 22.45 y son las 22.35.
-Pero… ¿qué problema hay? He sido puntual, ¿no?
-¡Sí!, demasiado puntual. Me gusta esperrar por los hombres. ¿Es qué no has estado con la otra?
-¿La otra?, ¿qué otra?
El rostro de la mujer se ensombreció, como si mis palabras le hubiesen hecho un daño terrible.
-¡Maldita sea! ¡Me dijiste que erras infiel! Me has engañado.
-Sí, pero a quien tengo que serle infiel es a ti, ¿no?
-Déjalo. Date la vuelta, quierro verr tu cuerrpo serrano.
Le hice caso y, como el mejor de los modelos, di varios giros sobre mí mismo. Sentí cómo sus manos palpaban mis nalgas.
-Bueno, no estás mal. Esperra, voy al aseo.
Esperé y esperé, pero la mujer no regresó.
Desilusionado, decidí pagar para irme, pero… ¡mi cartera! La mujer me había robado la cartera.
Tuve que salir de allí haciendo uso del arte del disimulo.
Cuando llegué a casa, cogí La Enciclopedia de las Palabras y le prendí fuego.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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