domingo, 2 de enero de 2011

LA ESTACION PERDIDA de Mar Perdices

FINALISTAS del Certamen Literario

Aquel día había quedado con Mario. Nunca he sido puntual pero, por una vez en mi vida, aquella tarde salí de casa con tiempo de sobra. Según mis cálculos me sobraría más de media hora, pero era principio de verano y pensé que bajándome dos paradas antes del metro podría caminar un poco. Al llegar a mi estación, me bajé casi vomitada por un tren demasiado lleno. Miré mi reloj, eran las nueve y media, perfecto para pasear hasta el punto de encuentro; así que, entre las cuatro opciones de salida, elegí una al azar ya que dominaba perfectamente la zona. Tal vez debí ponerme en alerta al observar que, entre la masa humana que había salido conmigo del vagón, era la única en hacerlo por allí, pero aún así me dirigí a las escaleras mecánicas sin darle mayor importancia. Al salir, lo primero que me sorprendió fue la rapidez con la que había oscurecido para ser el mes de junio. Miré al cielo pensando que tal vez no fueran más que nubes anunciando una tormenta, pero mi sorpresa fue en aumento al descubrir un cielo plagado de estrellas en pleno corazón de La Castellana. Estaba tan absorta mirando el cielo, que apenas me di cuenta hasta pasadas dos manzanas que iba caminando sola. Nadie me rodeaba, no se veían coches… de hecho, aquella calle no era La Castellana. Me paré un momento para poder pensar mejor y miré a mí alrededor. Todos los edificios eran iguales: grises, uniformes, oscuros, ni siquiera una ventana iluminada en ellos. Sentí frío a pesar de los más de veinticinco grados que había al salir de mi casa y observé ahora que en la calle tampoco había mucha iluminación. Empecé a inquietarme y volví a iniciar la marcha. “Sin duda alguna – pensé – me equivoqué de parada de metro, o tal vez de línea”. No me preocupé demasiado, pero apreté el paso deseando encontrar algo que me resultara conocido. Como estaba realmente intrigada con aquella extraña calle, saqué una libreta y un boli de mi bolso y comencé a apuntar las manzanas recorridas desde el metro para consultar un callejero al llegar a casa. Anduve bastante rato sin conseguir ubicarme en aquella especie de vacío que me rodeaba. Consulté mi reloj, pero comprobé con asombro que, a pesar de que el segundero se movía, las agujas seguían marcando las nueve y media. A pesar de mi perplejidad, me auto convencí de que la pila estaba fallando. “Tal vez debería llamar a Mario y contarle lo que me ocurre…” - pensé. Saqué el móvil del bolso mirando a mí alrededor, para poder darle alguna referencia concreta, pero ni siquiera llegué a marcar ya que nada de lo que veía me parecía lejanamente familiar. De todas formas al mirar la pequeña pantalla del teléfono me di cuenta de que hubiera sido inútil ya que ni siquiera tenía cobertura. Empecé a angustiarme de verdad. No había árboles, ni tiendas, ni siquiera semáforos. Aquella anchísima y maldita avenida sólo tenía edificios cuadrados, impersonales, fríos… No había a mí alrededor ni la más mínima señal de humanidad, ni rótulos luminosos, ni nombres de calles, ni números en los portales. Nada. Sólo bloques de hormigón y cristal sin señales de vida. No podía más, sentí un terrible dolor de cabeza. Me senté en el suelo agotada y, al no oír ni mi propio sonido en el asfalto, me di cuenta de que lo que tenía no era un dolor de cabeza, era el peso del silencio más absoluto. Tenía que hacer algo para salir de allí, pero ¿Qué? Miré la libreta con las veinte marcas que había ido haciendo a lo largo de mi peculiar paseo. No era tanta la distancia, así que decidí volver sobre mis pasos. Algo más tranquila, empecé la vuelta, caminando bastante rápido al principio, casi corriendo a continuación y al final en una alocada carrera. Por fin, tras un camino que a mí se me hizo eterno, encontré un hueco que se internaba en el suelo anunciando las escaleras de acceso al metro. Por curiosidad, me paré un instante y miré hacia arriba, pero por más que miré a mí alrededor, no conseguí ver ningún cartel con el nombre de la estación. Aún así no dudé en bajar de tres en tres los escalones y tomar el primer tren que llegara. Llegué al andén justo a tiempo de montarme en un bullicioso vagón donde nadie parecía especialmente preocupado por nada. No sé bien muy bien las paradas que pasaron hasta que empecé a recuperar mi normalidad y, casi como una autómata, me bajé en Nuevos Ministerios. Por pura rutina, miré mi reloj… eran las nueve y media.

Al cabo de un rato charlaba con Mario en un bar. “Mira, en Madrid ya no existen calles sin coches, es más mira tu reloj, funciona perfectamente, son las diez, si incluso has llegado puntual. Sin duda alguna debiste quedarte dormida en el trayecto del metro” - comentaba escéptico. No le contesté de inmediato. Miré mi reloj y comprobé que efectivamente iba en hora. Le sonreí, y sacando del bolso mi libreta nerviosamente garabateada, le contesté: “Ya sé que todo esto sobrepasa con creces los márgenes razonables de cualquier mente, pero nunca, jamás, he escrito dormida… Aunque quizás en una cosa si que tengas razón, es muy posible que acabe de escapar de una pesadilla.”

2 comentarios:

Pako dijo...

Bonito Mar,
Desde tu nombre que suena poético, con truco pero poético, Mar de Perdices que predispone al lector al viaje imaginario, compartido en parte por tantos a los que al leerlo nos parece haber 'revivido' una experiencia familiar.
Gracias

Bea dijo...

Tu relato y el mío se cruzaron por el camino virtual, fueron los primeros que compartimos y tras ellos vendrán muchos más. Enhorabuena por escribir como lo haces y por ser como eres. Besos.