jueves, 23 de febrero de 2012

BROMA NAVIDEÑA - finalista- Consuelo Durandez



BROMA NAVIDEÑA

Pese al frio, aquel sábado por la mañana salí a correr por el parque como venía haciendo las últimas semanas. Subí hasta el Retiro por Alfonso XII y entré por la puerta del Angel Caido. Ya desde allí comencé con un trote ligero para que mis piernas, no tan en forma, fueran cogiendo calor y compás. A la altura de la Rosaleda, la marcha ya tenía el ritmo habitual con el que me despachaba los kilómetros que tenía marcados como objetivo.
Tras una hora de carrera y ya con todos los músculos, incluido el corazón, al límite de mis humildes posibilidades deportivas, acabé con el ejercicio buscando agotado un rincón en el que recompensar mis esfuerzos. Eché una ojeada y localicé un banco que me invitaba acogedor al reposo del guerrero que me había autoimpuesto llegar a ser.
Me desplomé sobre la dura tabla de madera abrazando el respaldo con ambos brazos y me dispuese a ojear el tendido, actividad siempre placentera y más tras la tunda que me acababa de meter. En el recorrido visual un períodico, escondido apenas bajo el banco, me llamó la atención. Doblando el espinazo con holgazanería recogí del suelo el ADN olvidado para echar un vistazo perezoso a los titulares.
Una fotografía me hizo incorporarme y mirar con interés la noticia. Allí estaba yo, con un décimo de loteria navideña delante de la cara, entre una multitud de burbujeantes personajes empuñando botellas de Freixenet. No puede ser, a mi nunca me había tocado la loteria y desde luego no estábamos en navidad. Pese a sentir que era una tonteria repasé mentalmente el calendario del dia en que me hallaba, 17 de noviembre, miré la fecha del períodico que tenía entre las manos, 22 de diciembre, ¿quién o qué me estaba gastando una broma?. Miré a mi alrededor y no ví nadie semiescondido riendose del pasmo de mi cara, no obstante recompuse el gesto. Seguro que me estaban tomando el pelo. Me levanté, y primero discretamente y luego sin ningún pudor, busqué al autor del cachondeo. Nadie, no había nadie en los alrededores. Bueno, todo se aclarará en algún momento, pensé y con el diario bajo el brazo y la cabeza dándome vueltas, me dispuse a volver a casa. ¿Qué otra cosa podía hacer?.
Desde aquel día, pese al convencimiento de ser víctima de una burla, mi lado menos racional, ese que jamás reconocería en público, me llevó a buscar con la ayuda de internet y en todas las administraciones de loteria del país, el número premiado que aparecía claramente en la foto del ADN. Tenía que hacerme al menos con un billete de ese número para el sorteo de navidad del diciembre que aún no había llegado.
La certeza de lo absurdo de la situación no me impedía que me concomiera el desasosiego, y al final la decepción cuando comprobé que no había posibilidad alguna de satisfacer el “por si acaso”. Todos los boletos de todas las series del dichoso número estaban ya vendidas.
Pasé todo el mes de diciembre entre el malestar y el escepticismo, y finalmente llegó el día del sorteo. Como todos los años, sobre las ocho y cuarto de la mañana saqué la radio que, para ocasiones como esa, tenía en el cajón de los trastos de mi mesa, y sintonicé con radio nacional que era mi emisora favorita para adormecer la mañana de todos los 22 de diciembre al runrun de la cantinela de los niños, ahora tambien niñas, de San Ildefonso.
Comencé a trastear con el ordenador para inaugurar la rutina del trabajo diario mientras mi oido se acomodaba a los ruidos de telón de fondo del salón del sorteo y a la voz del locutor de turno, que iba reiterando los pormenores de los preparativos del juego tambien como cada año. Al rato comenzó la letanía de los premios. Dos mil cuatrocientos setenta y cuatro, y su réplica, mil euros… Y de vez en cuando el ronroneo de las bolas rotando perezosas en los bombos, acompañado de alguna anécdota del periodista que conducía el programa.
Eran las doce de mediodía y mis nervios y expectación se unían a los que emitían los espectadores del sorteo desde la retrasmisión de la radio. Ya se habían cantado los dos cuartos, el segundo y el tercero y siete quintos, y aún no había salido el gordo. Setenta y cinco mil ciento cuarenta y uno, mil euros… Un temblor en la voz del niño me alertó: Treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno, y a continuación el grito, ¡tres millones de euros!, ahí estaba, ¡treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno!, ¡tres millones de euros!, el 37.951, era el número, era el número, ¡treinta y siete mil novecientos cincuenta y uno!, tres millones de euros…
Se produjo el habitual revuelo a mi alrededor, ¿dónde ha tocado?, ¿has apuntado el número?, ¿en que ha acabado? ¿a quien le ha tocado la porra este año?. Yo estaba noqueado y repetía la letanía; es el número, es el número.
Sonó mi teléfono y al cuarto timbrazo reaccioné descolgando el auricular ¿si?. ¡Nos ha tocado, llevamos el gordo! chillaba mi madre, ¿llevas el gordo? más que preguntar exclamé yo, ¡lo llevamos todos!, ¡tambien tu hermana! continuó mi madre entusiasmada, pero ¿con quien, donde?, le contesté agitado, ¡ayer!, decía mi madre mientras iba subiendo el ruido de fondo, ya estoy camino de la administración, ayer pasé por delante del despacho que está frente al mercado ¡y decidí comprar tres billetes, uno para cada uno de nosotros!, como ya no llevo lotería con la tía, que era de la que os guardaba…, ¡ay! cómo pesa la cuesta, cuelga hijo, luego te llamo. Colgué un teléfono ya sin comunicación, como yo mismo. Me levanté, cogí la chaqueta y el abrigo y me lancé al aparcamiento a por el coche. Fué el viaje mas extraño de mi vida, la alegría se mezclaba a partes iguales con la confusión, incluso llegué un instante a temer que mi propia madre fuera la bromista invisible de aquel sábado pasado. Llegué a mi barrio y aparqué el citroen en una esquina, malamente, y salí escopetado hacia la administración de loterias que según mi madre nos había proporcionado el gordo de navidad. Y allí estaba ella, en medio de un jolgorio de gente saltando y celebrando su suerte. Me vió y fuimos uno hacia otro, nos abrazamos, reimos, besamos a todo quisque que nos felicitaba, y en aquella barahunda de alegria sin límite noté un ruido característico de una réflex ¡clik!.
Entre vecinos, curiosos, periodistas, agraciados, mi madre y mi hermana incluida, que había acudido con toda su prole al festejo, acabamos aquel sarao entradas las tres de la tarde, achispados, afónicos y agotados del exceso de felicidad.
El resto del dia pasó entre llamadas y felicitaciones de toda la gente inimaginable, hasta que, sobre las once de la noche decidí cortar comunicación con el mundo y caí molido sobre la cama en la que, sin más preámbulos dilatorios, me quedé sopa desde ese mismo momento.
A la mañana siguiente desperté recordando rápidamente el dia anterior y una sonrisa boba se me instaló en la boca. Inmediatamente después tambien recordé lo ocurrido el dia del parque del Retiro, pero lo desheché con celeridad. No estaba dispuesto a que ninguna complicación me estropeara las estupenda sensación de fortuna que me inundaba.
Para dar un toque de exotismo a la mañana, previa llamada al trabajo al que no pensaba acudir el resto de la semana, y tras una limpieza rápida de legañas, me bajé a la cafetería más cercana a mi edificio. Miré el reloj y vi que marcaba las diez y diez, una hora estupenda para cafelito y churros. Entré en el local y encaramado al taburete pedí al camarero que, tras la ya consabida felicitación, me pusiera uno con leche en vaso y ración de churros. Mientras esperaba que me sirvieran descubrí un ejemplar de ADN sobre la barra. Parecía un ejemplar idéntico al que llevaba guardado en mi casa desde el mes anterior. Y lo era, ¡con la misma fotografía, el mismo décimo y la misma algarabía alrededor de gente y champán barato!. Un terremoto pulverizó el alegre festín emocional con que me había despachado por la mañana.
Y justo en ese momento topé con la clásica frase pelma de divulgación filosófica del día, que aparecía en la parte superior de la portada, “la prensa nunca miente, si la realidad no está a la altura de la noticia, fabricamos la realidad”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Eres lo más, chiquitina...Ya imaginaba yo un final semejante al que tú le has dado según iba leyendo, y no es de extrañar. Sólo puede ocurrírsele a un espíritu libre como el tuyo, que disfruta mientras escribe y cuyas palabras aterrizan en el papel sin haberlas digerido siquiera el pensamiento. Enhorabuena guapa!!! Algún día tú y yo recordaremos juntas estos cuentos en alguna feria literaria, disfrutando de un pito y un café...mmm..., mientras los fotógrafos se pelean porque la suya sea portada, y es que a nuestro lado también estará "nuestro calvo de la lotería"!!! El de verdad! Un besote. Isa

administrador dijo...

No es hasta el final cuando se descubre el asunto. A mi me gusto, no deja de ser hasta una paradoja de la vida misma