jueves, 29 de marzo de 2012

ELVIRA SUAREZ PAREDES - FINALISTA- ADIOS PALABRAS


 
He sentido su tacto. Pero ha llegado el momento.
He decidido escupir todas las palabras que llagan mi pensamiento. No dejaré ni una migaja de ellas. Morirán en estas páginas.
La tristeza fue mi compañera, pero su último suspiro llegará cuando esboce el punto final.
Ésta es mi historia:
Los colores del otoño ya habían irrumpido en el paisaje. Cuando conocí a “M” (no quiero pronunciar su nombre), mi vida estaba marcada por la confusión. Hacía dos meses que había roto una relación y no sabía muy bien qué camino seguir. “M” hizo que todo cambiase, mi mente olvidó la indecisión y comencé a creer de nuevo en el amor. Fue un flechazo.
A los pocos días de empezar a salir con él, ya me prometió amor eterno. Me agasajó con regalos y palabras edulcoradas. Me enamoré. Sería una falsa si ahora dijese que no. Como una adolescente que acaba de descubrir la pasión, me zambullí en una aventura que nunca antes me había arriesgado a vivir. Cada amanecer, unos versos de amor descansaban en mi felpudo. A mí me parecían los versos más hermosos del mundo.
Llantos en mis ojos si tú no estás,
alegría en mis labios si te beso sin cesar,
un mar en calma que me hace gozar,
ojos limpios imposibles de ignorar.
Si existe la belleza, sólo tú lo eres.
Si mi vida se evapora, sea contigo.
Reina de todos los seres,
por ti vivo.

Hoy, leo estas palabras y entiendo que no estaban cinceladas en sinceridad. Eran simples atrezos de un teatro que ahora mismo acabo de desmantelar. ¡Al infierno con los versos esculpidos en hipocresía!
“M” utilizaba una gran sonrisa como máscara seductora. En muchas ocasiones me he preguntado por qué no me di cuenta de su disfraz. Da igual: adiós a esa maldita pregunta. Jamás volverá a merodear en mi cabeza. Sé de sobra que estas preguntas nacen y mueren sin respuesta.
La relación circulaba a velocidad de vértigo, quizás ello ayudó a no ver ciertas cosas con la claridad que aporta el paso sosegado. Es curioso, pero si echo una mirada atrás (lo hago para no tener que volver a hacerlo), veo con luz racional lo que la nebulosa del amor me impedía advertir. ¡A la mierda con esas miradas atrás! A partir de ahora miraré sólo hacia delante.
<<“M” es un encanto de hombre>>, me dijo en una ocasión mi mejor amiga. Ya ves, Lucía, tú también te lo creíste.
La primera vez no fue la última. Ojalá hubiese sido. Pero, ¿qué estoy diciendo? Jamás debió haber una primera vez. ¡Qué cabrón! Su mano, ésa que tantas veces acaricié, se quedó marcada en mi rostro. Pero lo peor de todo es que esas marcas siempre calan hasta lo más hondo del alma, que es donde el dolor puede reírse de nosotras con más alevosía. Aquel fatídico día, aquel infierno que quemó las raíces de mis valores e inhumó los sueños que me habían acompañado hasta el momento, debe morir hoy. ¡Que te jodan, puto día!
Hubo una segunda vez, y una tercera…Sí, de acuerdo, ¿Por qué no denuncié antes?, ¿por qué no huí de aquella prisión? ¡No lo sé! Estaba totalmente anulada como persona. Llegué a sentir pena por mi verdugo. No podía imaginar una vida sin él. Porque, evidentemente, después de los malos modales y de los golpes, siempre venían las palabras robadas del teatro: <<Te quiero, mi amor. Perdóname. No puedo vivir sin ti>>. ¡Bolsa de basura!, ¡ábrete!, que lanzo todas estas mentiras a tu interior.

Yo, que fui maltratada por el hombre que amaba, sé lo que son los sentimientos envenenados. Conozco esa ansiedad que aprieta hasta dejarte sin un ápice de tranquilidad. He nadado en rompientes donde ni el salvavidas podía ayudarme. He llorado hasta que mis ojos ya no han podido fabricar más lágrimas. He sido escupida por la mala suerte que a veces nos tiene reservada el destino. He maldecido hasta la afonía sin que nadie pudiera escucharme. He creído que el único sentido de la vida era sufrir hasta el último bombeo del corazón. He pensado -sin querer pensarlo- que yo tenía la culpa. Me he deslizado por caminos donde las espinas brotaban a ambos lados. He conocido a la soledad en su apariencia más cruel.
Pero ya no habrá más. La pesadilla ha finalizado. “M” arderá en la hoguera de los hombres cobardes. Sus cenizas serán polvo del olvido.
¡Adiós, palabras! Ya nunca habitaréis en mí.



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