lunes, 19 de marzo de 2012

PEDRO FERNANDEZ GARCIA- FINALISTA-Vietnam, Motos y Clark Gable



 Aterricé en el aeropuerto de Da Nang, República Popular del Vietnam a las 18:30, hora local. Mientras el avión descendía, un pequeño nudo en el estómago hizo su aparición. Era una sensación, ya demasiado familiar, con la que mi cuerpo me alertaba, de manera inconfundible, cada vez que me dirigía hacia otro continente que apenas conocía y hacia un país, como en este caso, del que poco sabía con antelación. Y es que, sin ubicarse claramente y aturdido tras las largas horas de vuelo es cuando un descuido puede hacerle a uno perder hasta la camisa… como me había pasado hacia tan solo  tres años antes en Lima..
 Tras recoger mi equipaje, conseguí, al salir de la terminal, enlazar con el último autobús que partía inmediatamente rumbo a Hue, la ciudad imperial. Antes de iniciar mi tour por Vietnam, me había planteado la posibilidad de comprar una motocicleta y recorrerme el país de Norte a Sur. A priori, puede sonar como un plan estupendo y relativamente 'de moda' entre ciertos viajeros en el sudeste asiático aunque, en realidad, poca gente tiene las agallas de hacer ese recorrido dada la inseguridad en las carreteras: peligro de accidente casi garantizado, riesgo de ser timado por los locales en caso de avería y, sobre todo, que oficialmente un turista no puede comprar una motocicleta en Vietnam, por lo que no existe seguro ni para la moto ni  mucho menos contra terceros. “Si atropellas a una persona, su vida vale 4000 USD”  me dijo un vietnamita que conocí en un viaje de negocios a San Francisco hace unos años y que se dedicaba a la exportación de motocicletas Honda 'Made in Vietnam'.
   No obstante, me gustan las motos, soy un apasionado, si así lo quieren entender, así que tenía previsto alquilarme una tan pronto como me fuese posible, aunque por tan solo unos días, con la excusa de visitar, además de la histórica ciudad de Hue, los campos de batalla de la guerra contra los americanos en las tierras altas del norte de la antigua República de Vietnam, el valle de Aloui, en el límite con el país vecino, la misteriosa República Democrática Popular Lao.
 Al final, negocié con el hosco propietario de una tienda de motos el alquiler de una  Honda Win de 110 cc por 8 USD al día y la recogí a la mañana siguiente. Partí entonces desde Hue, temprano, enfilando a continuación la teóricamente más rápida Highway One, que cruza de norte a sur el país. La HW 1 está atestada de camiones, motos, autobuses y... baches. En una motocicleta, con lluvia y a 90 kilómetros por hora, uno la siente como granizo y, además, me veía obligado a llevar gafas de sol, para evitar las piedras, el polvo y el humo de camiones y autobuses, por lo que esa carretera  se convirtió en una pesadilla.
 Finalmente a última hora de la tarde, alcancé el pueblo de Aloui, en el oscuro valle de A Shuan, escenario dramático de la guerra del Vietnam por su proximidad a Laos y las infiltraciones del ejército norvietnamita. Ya en el valle, mi objetivo era localizar la montaña Ap Bia, también conocida como colina 937 o Hamburguer Hill. Un lugar tan recóndito y abandonado que era, sin lugar a dudas, una zona nada recomendable para turistas y demás aventureros del Coronel Tapioca…
  Salí del asfalto a pocos kilómetros de un poblado de cuatro cabañas, como indiciaba un viejo mapa de la región que había comprado a mi llegada en Danang. Databa del año 67, pero era lo único que había logrado encontrar en inglés.
Tenía que darme prisa porque de noche no sería capaz de orientarme en mitad del campo.  A unos cien metros, una vereda atravesaba el camino y se prolongaba a lo largo de las plantaciones de té de montaña. Divisé, allí mismo, una pequeña multitud congregada. Reduje a segunda y  continué  lo más discretamente posible. Pese a todo, esas personas ya se habían girado hacia mí y permanecían observándome, inmóviles, en silencio, impidiéndome continuar hacia delante. Estas gentes no están acostumbradas a los forasteros y, mucho menos, a un “nguoi my” (nariz larga),  así que uno debe intentar  actuar con naturalidad, siempre sin dejar de sonreír, si no quiere tener problemas.
 Esa gente vestía ropas más humildes de las que yo había visto hasta ahora en Vietnam. Eran campesinos 'Meos', una tribu marginada de las montañas, muy pobres y poco amigos de los forasteros. Dos de ellos, de mediana edad, me dirigieron unas palabras que no acertaba a entender y, entonces, vi lo que estaban haciendo. Se trataba de una especie de funeral. En la vereda tenían depositado dos pequeños féretros de madera pintados en tonos ocres. Los féretros eran apenas superiores al medio metro de largo cada uno y no podían portar en su interior sino cuerpos de infantes... La escena era demasiado tétrica para querer soportarla demasiado tiempo. Intenté preguntarles donde estaba 'Ap Bia y el más robusto de los que me habían dirigido la palabra anteriormente cambió bruscamente la expresión de su cara y me indicó que si continuaba adelante “You kaput You kaput!!!”. Su agresividad empezaba a ser más que latente, como la del resto de esa muchedumbre extraña, así que, prudentemente, arranqué de nuevo la moto, me di media vuelta y salí literalmente ¨zumbando¨ con tanto miedo como nunca había tenido en mi vida.
 Abatido por tener que regresar y abandonar la búsqueda de 'mi colina', conseguí, a pesar de todo, en el único bar de Aloui, que un lugareño que chapurreaba algo de inglés me explicara que necesitaba un permiso ´especial´ de la policía para llegar a Ab Bia, así que me dirigí al cuartel de la milicia local a solicitar dicho permiso.
 En tono desdeñoso, y tras una  larga hora de espera en el patio del recinto, me recibió sentado en su despacho el comisario de la milicia, un tipo de mediana edad y bigote fino a lo Clark Gable que lucía un polo blanco de tenis y unos pantalones cortos de color kaki, al que intenté explicar mi intención de visitar la colina
  Sin levantar la cabeza, me dio a entender de mala gana que no podía ir a Ap Bia, era zona prohibida, y si me dirigía allí… ¨you pum pum, you die¨, haciendo un ademán claro de que me largarse de su despacho de inmediato.
Abandoné humillado su despacho, dirigiéndome al patio del encinto, donde había aparcado la moto, dispuesto a poner 'pies en polvorosa' lo antes posible. Sin embargo, mi paso fue detenido por uno de los lugartenientes del comisario. Este, con tono grave y marcial, me pidió en vietnamita que le mostrara de inmediato los papeles de la Honda Win, los cuales no poseía, algo que él ya sabía, puesto que la tienda de alquiler no me había extendido ningún recibo. ¨Está claro¨, me dio a entender el lugarteniente. Esto significaba que la Honda era robada y que debían denunciarme y detenerme en su cuartelillo. Me ordenó que me quedará ahí, junto con un miliciano, mientras iba a buscar de nuevo al comisario.
  Aún no puedo explicarles qué me pasó esos momentos por la cabeza, si me vino de repente todo el estrés y frustración de un día demasiado largo, o si la idea de pasar toda la noche en un calabozo vietnamita se mi hizo tan insoportable que cometí una terrible estupidez: en un  despiste del miliciano de guardia, que se volvió para encenderse un cigarrillo, me monté de un salto en la moto, la arranqué  y me largué a toda velocidad...
[…] Estoy llegando a un cruce de caminos de gravilla, llevo menos de media hora de marcha, un joven en un viejo ciclomotor, que lleva en la parte de atrás un pequeño cajón con lo que parece una gallina, me salé inesperadamente por la derecha de la carretera.  Horrorizado, freno bruscamente, inclinándome hacia el interior de la calzada, pierdo el control de la moto y salgo disparado hacia la cuneta. La Honda se lanza sin decelerar sobre el joven y le arrolla despidiéndole contra una roca. El cajón con la gallina se precipita al mismo tiempo sobre el barranco del valle…
 Tardo varios segundos en ser consciente de lo sucedido. Postrado todavía en el suelo, siento un fuerte dolor en el cuello. Al menos el casco de fabricación china me ha protegido la cabeza... Consigo, finalmente, ponerme de pie y me doy cuenta de que tengo las manos completamente quemadas y mi pierna izquierda con la piel en carne viva.  Pero, ¿dónde está el chico?, me pregunto.
Al borde de la cuenta hay una roca que está teñida de rojo. El joven yace ahí mismo. Tose.  Está agonizando. Aparece de la nada un desvencijado jeep ruso del que salta el comisario del bigote a lo Clark Gable y,  señalándome, con su sonrisa maliciosa, pronuncia en un inglés tosco pero autoritario :  ¨You kill boy , you kill boy!!¨.
No creo que salga nunca de este maldito valle y el nudo en el estómago, que nunca ha querido abandonarme, me golpea con más fuerza que nunca...

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